“El desafío es no perder la coherencia o por lo menos no ser hipócrita” 

Abogado, especialista en Derecho Penal y Doctor por la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires. Francisco Castex asegura que eligió esta rama del derecho cuando su padre estuvo preso durante la Dictadura, defiende la independencia de las instituciones, cree en el valor de la palabra y el trabajo duro y afirma que la mentira le hace muy mal a la sociedad.   

¿Qué es la justicia para vos?
La justicia es resolver conforme los hechos y el derecho aplicable al caso con independencia de cualquier factor externo, cosa que es muy difícil de lograr hoy en día. Sin sesgos, con coherencia y sin importar quién es al que estemos juzgando, si es de un color político u de  otro. Analizar el caso desde el velo de la ignorancia, eso es lo que debería suceder. Lamentablemente hoy ello no ocurre en los casos de mayor trascendencia pública.

No hay independencia…

Hay muy buenos jueces que hacen lo que corresponde, pero en particular hay un sentido de resolver ciertos casos conforme su repercusión política o social. Allí radica un grave problema pues denota que falta atenerse a las evidencias y juzgar conforme a las pruebas del caso. Sin importar si quedo bien con la prensa o si me gano la simpatía de ciertos  actores políticos. Se resuelve más pensando en cómo voy a quedar, por cómo me van a ver y qué me van a comentar. La verdad que para ser juez tenés que sacarte esas cuestiones de encima. No estás obligado a ser juez, no estás obligado a ser fiscal. Ahora, si uno quiere ser fiscal o quiere ser juez, tiene que resolver conforme hechos, pruebas y derecho aplicable. Y no pensando en si el caso me va a servir como trampolín para un concurso, si voy a quedar bien con tal político o voy a quedar mal con otro, si me van a sacar en un diario o me van a criticar desde otro medio de prensa. Me parece que si no estás dispuesto a soportar esa presión, tenés que renunciar y dedicarte a otra cosa. Podés ser profesor universitario, podés ser abogado en la matrícula y elegir los casos que querés o cualquier otro oficio, pero no ser juez o fiscal. Esa me parece que es la gran crisis, designar como  magistrados a personas que no tienen la convicción y el coraje suficiente para serlo. Hay un montón de jueces que sí tienen una convicción fuerte. Por ejemplo, en la  Corte Suprema está Carlos Rosenkrantz que tiene la convicción y fortaleza que se requiere y lo demuestra con sus fallos. Ustedes le hicieron una reciente entrevista a Ivana Bloch, otro magnífico ejemplo, también Daniel Rafecas y muchos más. Como dijo Ivana en Quórum hay que “juzgar sin miedo” y conforme la ley aplicable.

¿Por qué elegiste Derecho Penal?

Es una pregunta más para el psicoanalista. Cuando era chico, mi padre estuvo preso durante la Dictadura. Creo que elegí Derecho Penal para sacarlo de la cárcel. Era muy chico, tenía diez años, y me acuerdo que íbamos a verlo con mi hermano regularmente y me quedó muy grabado: soñaba con lograr su excarcelación. Después, ya en la secundaria me gustaba mucho la Economía y cuando empecé a estudiar comencé con ambas carreras, luego seguí con Derecho y me especialicé en Derecho Penal económico, así que ahí viene la fusión. Como te dije, si bien es un tema más de diván que de entrevista periodística, creo que mi vocación profesional vino por ahí. Cada vez que me tocan casos, por ejemplo con niños y padres involucrados, me viene todo un flashback de esa época. Sobre todo cuando se trata de detenciones arbitrarias o de cuestiones donde uno ve lo que hace el Derecho Penal, que no solo es la restricción de los derechos de  los justiciables, sino como todo ello trasciende a su entorno y cómo sufre la familia. Recuerdo que tomé la primera comunión en Devoto, mi viejo había sido jesuita y pudo organizar con el cura de la cárcel una ceremonia para que él estuviese. Cuando pienso en esos momentos y veo a los chicos que sufren por las detenciones de sus padres o madres, me trabaja mucho la cabeza y me da la sensación que es producto de todo ello la decisión de ser penalista. Ese sueño de lograr ese Habeas Corpus o esa excarcelación.

¿Y cómo terminó el caso de tu padre?

Terminó bien, aunque fueron dos años duros como todas las cuestiones propias de esos tiempos. Después lo dejaron en libertad, estuvo un año exiliado en Estados Unidos y regresó cuando volvió la democracia. Las primeras veces que fui a Tribunales iba como hijo de un detenido con prisión preventiva. Y también mi abuelo fue juez, el padre de mi madre, pero cuando lo conocí había dejado de serlo. Él me enseñó mucho del Derecho, pero no tanto de la cuestión penal.

¿Cómo fue tu derrotero en la justicia?

Empecé en Tribunales en 1992 cuando cursaba el CBC o el primer año de la facultad, no recuerdo exactamente. El padre de una amiga mía, Martín Vázquez Acuña, un tipo muy interesante en ese momento que trabajaba mucho en SIDA y cárceles, me invitó a ser meritorio en un Tribunal Oral y ahí conocí gente maravillosa como Ricardo Giudice Bravo y Luis María Ragucci. Después fui al juzgado a cargo de Gabriel Cavallo. Me recibió muy bien Gabriel y trabajé un tiempo en el fuero Federal. Luego partí a la fiscalía que tenía a cargo Luis María Bunge Campos hasta que mi profesor de penal en la Facultad, Joaquín Pedro da Rocha, me invitó a participar de su estudio y me pareció una buena idea. El “Chango”, también fundador de Fundejus y muy activo en el derecho, en la política y sobre todo en lo institucional, fue quien me llevó a ejercer la matrícula y siempre se lo voy a agradecer. En los ‘90 todos queríamos salir de Tribunales. Hay algunos que les gustaba ser académicos y se fueron a estudiar afuera y también había una generación que le atrapaba mucho el litigio, estar y ejercer el derecho en términos de dar buenas razones, estar ahí en la trinchera, discutir, debatir, en fin el placer de litigar. También tengo muchos amigos que se fueron a estudios corporativos en lo civil y comercial, cosa que hoy no es lo común. Después Maximiliano Rusconi, quien se había ido a la Procuración con Nicolás Becerra, me invitó a que lo sustituyese en el Estudio Iribarren, donde me quedé hasta que me hicieron socio. Cuando los Iribarren se retiraron quedé como responsable de la firma. La verdad fue una experiencia maravillosa. Conocí un montón de gente del derecho a través de Alfredo. Ahora está retirado, pero es una mente distinta, ingeniero del Derecho en términos de un gran estratega. Quizás no tenía una gran proyección académica, pero era un excelente abogado que leía a la perfección los conflictos, comprendía como nadie los hechos. Siempre nos decía “a los hechos”, cuestión que en la Facultad a veces se ve poco. Él venía de una formación muy fuerte porque había sido socio de Laureano Landaburu y Genaro Carrió y entonces era como encontrar centenas de libros en la biblioteca del estudio de profesores como Roberto Vernengo, Eduardo Aguirre Obarrio, Norberto Spolansky, Guillermo Moncayo. Otro gran maestro fue Miguel Almeyra, quien por suerte todavía nos acompaña. Pero bueno, eran todos personajes que uno leía en los libros y de golpe tenerlos interactuando era maravilloso.

¿Si tuvieras que revelar un secreto por el cual llegaste a donde estás hoy, cuál sería?

A mí me gusta navegar a vela y una vez hablando con Julito Alsogaray, cuatro veces competidor olímpico, me dijo que todo es una cuestión de  “orá-culo”, que se debe leer como horas puestas en la silla. La verdad es que es mucho estudio y después hacer lo que a uno le gusta. Trabajaba muy duro al comienzo, pero nosotros lo disfrutábamos. Obviamente que en algunos momentos no la pasábamos del todo bien, recuerdo que había una frase de Iribarren que era “constricción al trabajo”. Pero aprendí a valorar el esfuerzo y me enamoré de la profesión.

¿Quiénes son tus principales competidores?

Dentro del Derecho Penal Económico está lo que se denomina a nivel global “White Collar Crime” o en habla hispana conocido como delitos de cuello blanco. En este ámbito hay muchos  estudios penales corporativos que intervienen. Hay dos grandes diferencias: los estudios que se dedican a empresas y actores privados y los que se especializan más en clientes políticos. Los defensores de las empresas son más independientes de los vaivenes políticos. Puede haber simpatía azul, amarilla o roja, pero se centran en la defensa de las empresas. Hay muchos estudios en esta especialidad. Históricamente éramos nosotros, el estudio Durrieu, Landaburu Carrió & Feder, que era una escisión de Iribarren. Después en los ‘90 se fueron armando otros estudios, apareció el estudio de Pizarro Posse con García Santillán, quien actualmente está con Guillermo Rivarola; Diego María Olmedo, quien también formaba parte de ellos. Mariano Cuneo Libarona, quien al irse del Estudio Iribarren armó un estudio muy destacado con sus hermanos. Hay muchos actores en esto.

Después tenés estudios más académicos. El estudio de Daniel Pastor; el de Nicolás D’Albora; el de Fernando Díaz Cantón, todos grandes abogados. Y dentro de los políticos, los más conocidos son Arslanián, Beraldi y Rusconi. Es un poco variado y uno aprende con el tiempo a convivir con todos y tratar de tener una cordial relación. Después tenés otro perfil de abogados diría más mediáticos, que es otra cosa distinta.. El debate académico en Derecho Penal en la ciudad de Buenos Aires  se da básicamente en la Universidad de Buenos Aires (UBA), donde están o estuvieron los titulares más reconocidos Sancinetti, Maier, Zaffaroni, Spolansky, Righi y Hendler; y la nueva generación encabezada por Pastor, Córdoba, Sarabayrrouse, Rusconi  y  Villar. Después tenés muy buen   Derecho Penal en la Universidad Austral, Di Tella y San Andrés pero el núcleo duro es casi todo originario  de la UBA. 

¿Y qué diferencias notás entre la UBA y el resto de las universidades?

Amo la Universidad Buenos Aires, es como mi segunda casa. Pero si vas a la UBA tenés que saber elegir y optar por lo mejor, aunque te cueste más, aunque no sea fácil aprobar. Tenés los mejores profesores y además todo lo que rodea a la universidad:  investigación, diversidad, posibilidad de conocer gente con múltiples facetas e intereses. El prestigio lo da la UBA.

¿Qué desafíos tenés por delante?

Primero, seguir haciendo lo que me gusta y no arrepentirme de eso. Ver crecer a mis hijos, me enorgullece estar todo el tiempo que pueda con ellos, jugar y divertirme. No claudicar, seguir tratando de ser auténtico. No ser hipócrita. La verdad es que después lo demás viene solo. Me gusta lo que soy, me gusta lo que hago, lo disfruto. El desafío es no perder la coherencia o por lo menos no ser hipócrita. Lo que muchas veces a uno le molesta en la profesión es la falta de criterio y objetividad, la mala fe. Tuve experiencias de litigio en los Estados Unidos y siempre me impactó cómo los fiscales se relacionan con los abogados. Hay acuerdos donde uno se da la mano y no hay zancadillas, no hay mala leche. Me parece que es lo que le falta hoy al servicio de justicia. Con el poco valor de la palabra que hay en Argentina esto no se da, está muy bastardeada la credibilidad. 

¿Qué opinas de las neurociencias en el derecho?

Me acerqué a las neurociencias por Facundo Manes, a quien conozco desde hace 20 años. Soy muy amigo de su hermano y su socio, Marcelo Savransky. Facundo nos hizo zambullir en ese tema y ahí lo sumamos a Daniel Pastor. Fundamos un Centro de Derecho y Neurociencias, se llama INEDE y funciona muy bien en INECO. Posteriormente Daniel extendió el proyecto a la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, donde tiene un laboratorio vinculado a lo que es inteligencia artificial, tecnología y derecho. Son nuevas herramientas a las que creo que hay que valorar y prestar mucha atención.

¿Creés que el juicio por jurados es la mejor forma de resolver un conflicto?

El juicio por jurados es la forma más romántica de resolver un conflicto. Me parece genial la idea de un juicio por jurados pero no todos los casos se pueden resolver de esa manera. En Estados Unidos es icónico el juicio por jurados, pero menos del 5% de los casos se resuelve por jurados. En Argentina si bien es un mandato constitucional desde 1853 y se ha dilatado bastante su puesta en funcionamiento, se está instalando la idea en casi todas las jurisdicciones. En CABA por ejemplo fue excelente el debate y el proyecto que impulsó el legislador Leandro Halperin. Creo que con el poco valor de la palabra que hay en Argentina el juicio por jurados le da una enorme transparencia a la administración de justicia. Son 12 personas las que deciden si un acusado es inocente o culpable. En los casos penales de mayor trascendencia pública está muy desvirtuada la presunción de inocencia, parecería ser que ya desde el inicio la persona es culpable. Por ello cuando absuelven a una persona acusada, se suele atribuir esa decisión a que la justicia está corrompida. Con lo cual creo que la resolución de un jurado le da un plus de transparencia al servicio de justicia. Cuando absuelve o condena un jurado hay una sensación de mayor equidad y justicia, pues la decisión la tomaron los propios conciudadanos.

¿Qué opinas de los falsos testimonios?

Creo que no le estamos prestando la debida atención al falso testimonio. Y vuelvo a la idea de la importancia de la palabra. Yo no sé si por la influencia del protestantismo, como explica Max Weber, o lo que fuera, pero en el sistema anglosajón, sobre todo en Estados Unidos, mentir  es peor que cometer el delito. Si vos engañas a un fiscal en un acuerdo de colaboración, no diciéndole toda la verdad o ocultando parte de la verdad, es mucho peor que haber cometido el delito. Hay que repensar todo el tema del falso testimonio, de la denuncia falsa. También lo del prevaricato, que a los jueces no les sea gratuito fallar contra la ley. O los testigos que mienten o que no dicen toda la verdad. El mentir no solamente es afirmar falsamente, sino callar cuando uno sabe. Eso es una tarea para trabajar a fondo, no modificar leyes, porque el tipo penal existe, pero sí tener conciencia de que mentir no nos hace bien como sociedad y desarrollar una política criminal en esa dirección. Volver a darle valor a la palabra.

¿Qué beneficios te da pertenecer a la International Bar Association?

Está buenísimo porque nos juntamos anualmente abogados de distintas nacionalidades, donde uno conoce gente que ejerce el derecho penal y el derecho corporativo. Tenemos dos reuniones. Un encuentro general de Abogados que se hace a fin de año generalmente y un encuentro por especialidad. Por ejemplo, nosotros tenemos un grupo de Derecho Penal Económico que nos juntamos todos los años, esta vez fue en mayo en Londres. Es más chiquito, te hacés más amigos, generás una red de relaciones, de contactos, de referencias recíprocas.

Además practicás el inglés. Sobre todo vas entendiendo que hoy por hoy el Derecho Penal ya es muy transnacional, más en la disciplina de Whitecollar. Los problemas que tenemos acá lo vimos en el Lava Jato, la causa de los Cuadernos, en temas de la FIFA, por ejemplo todos casos que trascienden fronteras. Todo eso es lo que nos enriquece.

 ¿Creés que hoy los medios de comunicación pueden estar resolviendo un caso?

Los medios van generando una opinión de los casos, es la función de los periodistas y cada uno puede dar una interpretación. El problema es que el juez no tiene que resolver o acusar conforme al diario, sino conforme a los hechos y las pruebas que hay en el caso a resolver. No es culpa de los medios, ahí está el error. Los medios hacen lo que tienen que hacer. Tienen todo el derecho del mundo a informar, es propio de la libertad de expresión. El problema es el que resuelve y no lo hace conforme su convicción sino por temor a lo que digan los medios.

¿Y cómo ves a la justicia hoy?

Creo que tenemos una Corte Suprema que ha mostrado independencia y que está dictando fallos con cierto coraje. Un ejemplo es lo que sucedió en la pandemia, con toda la disputa vinculada a la proscripción de las clases presenciales en las escuelas. Después tenés cámaras y jueces razonables que hacen un gran trabajo. Se ha renovado el Consejo de la Magistratura y está volviendo a ser amplio, como el vigente hasta el 2005. Creo que ese fue un Consejo que funcionó muy bien. Tuve la suerte de ser secretario letrado de Jorge Yoma cuando era consejero. En ese momento estaban Miguel Ángel Pichetto, Jorge Casanovas, Marcela Rodríguez, Beimusz Smukler. Un montón de personas que prestigiaron este Consejo de la Magistratura. Recuerdo los debates que se daban porque eran personas que pensaban distinto, pero se ponían a deliberar y a consensuar, y tomaban decisiones que sirvieron de mucho. Destituyeron a muchos jueces que habían cometido actos impropios y que despretigiaban al Poder Judicial. Lamentablemente después este funcionamiento se perdió con la reforma de 2006 y comenzó una especie de automatismo en las decisiones con mucha influencia política del oficialismo y sin la posibilidad de que los integrantes tengan vuelo político propio, algo que también pasó en Diputados y el Senado. El Parlamento y el Consejo de la Magistratura tienen que volver a tener independencia.

Después puede haber un presidente de uno u otro signo político, pero cada legislador debe asumir lo importante de ser independiente en el ejercicio de su función.

Por último, ¿debería ampliarse la Corte?

Los mejores fallos de la Corte Suprema que tuvimos en materia de Derecho Penal se dieron entre el ‘83 y el ‘89 y fue con cinco miembros. La verdad es que me parece que esa cantidad está muy bien. Quizás podrían ser siete, ¿pero 25? No, no tiene ningún sentido.