Donde el encierro se transforma en esperanza: la revolución silenciosa de los Espartanos

Lo que empezó con una pelota de rugby hoy es un camino de transformación que redefine el sentido del encierro. Espartanos no sólo cambia la vida de quienes cumplen condena: también deja huella en jueces, funcionarios y voluntarios, recordando que incluso tras los muros más altos, la libertad comienza adentro.

Durante décadas, el sistema penitenciario argentino ha sido sinónimo de hacinamiento, abandono y reincidencia. Las cárceles, en lugar de cumplir su promesa de reinserción, se convirtieron en fábricas de frustración y violencia, en espacios donde la sociedad deposita aquello que no quiere ver. La percepción generalizada es dura y certera: quienes entran, muchas veces, salen peor de lo que estaban. Sin embargo, en medio de ese panorama oscuro, un grupo decidió romper con la lógica del castigo y apostar por algo radicalmente distinto: la esperanza. Así nació el Proyecto Espartanos, una iniciativa que eligió al rugby como punto de partida para transformar vidas.

La historia comenzó con la visión de Eduardo “Coco” Oderigo, abogado y exjugador, que un día cruzó los muros de una cárcel y quedó impactado por la crudeza de lo que vio. Desde entonces, decidió llevar al encierro lo único que conocía capaz de cambiar destinos: el rugby. El primer entrenamiento fue difícil y desconfiado, pero la perseverancia le ganó al escepticismo. Con el tiempo, la pelota ovalada se transformó en un símbolo de disciplina, respeto, inclusión y compañerismo, valores que empezaron a infiltrarse en un entorno acostumbrado a la violencia y la desconfianza. El deporte funcionó como un caballo de Troya: entró como un juego y se convirtió en una revolución silenciosa.

Esa revolución se sostiene sobre cuatro pilares profundamente entrelazados. El primero es el Deporte, la puerta de entrada a una transformación mayor. El segundo, la Educación y el Trabajo, con talleres de oficios, capacitaciones y vínculos con empresas que abren puertas a la reinserción laboral. En 2013 se incorporó la Espiritualidad, no en un sentido estrictamente religioso, sino como un espacio de introspección, perdón y búsqueda de sentido. El cuarto pilar es el Acompañamiento, que asegura que el apoyo no termine con la libertad, sino que continúe afuera, con tutores que guían el proceso de reinserción.

“La mitad de esto se resuelve empezando por el jardín de infantes. Muchos llegan acá porque no tuvieron educación ni contención alguna. El Estado los abandonó y los sigue abandonando ahora”, reflexiona un integrante del Servicio Penitenciario. Y con crudeza, agrega: “Viene alguien y me pregunta qué necesitamos, y yo pido. Si esperamos que autoricen y cubran el gasto, pueden pasar seis meses. Mangueamos, hacemos, y cuando finalmente nos dan el ok, ya está funcionando”.

Una visita que cambia miradas

El martes 23 de septiembre de 2025, la Unidad Nº 48 del Servicio Penitenciario Bonaerense abrió sus puertas a una jornada distinta. En el marco de la Diplomatura en Lavado de Dinero de la Asociación de Magistrados y Funcionarios de la Justicia Nacional, jueces, fiscales, funcionarios judiciales y estudiantes participaron de una experiencia inmersiva que fue mucho más que una visita institucional. Hubo entrenamiento junto al equipo Espartanos, charlas con los internos, palabras de Oderigo y del equipo de la fundación y un recorrido por las instalaciones.

El objetivo era claro: acercarse a la realidad carcelaria desde un lugar humano y transformador, lejos de los estereotipos y más cerca de las oportunidades. Y el escenario no pudo ser más elocuente: en un rincón silencioso del penal, el ruido del encierro se apaga frente al sonido de una pelota de rugby que rebota en el pasto. Allí, un grupo de hombres entrena, estudia, reza, aprende… y cambia. Ser espartano no es simplemente integrar un equipo: es elegir otra forma de vivir la condena.

Al llegar, las visitas fueron parte de la ronda junto a aproximadamente 90 reclusos, donde el “Tirrí”, uno de los integrantes de Espartanos, agradeció la presencia y contó que hay tres turnos de entrenamiento en los que participan los pabellones 7, 8, 10 y 12, aunque siempre esperan sumar algunos más. En ese marco, afirmó: “Cometimos un error, pero estamos trabajando para recuperarnos de vuelta. Queremos volver con nuestras familias”.

También tuvo palabras de agradecimiento para Santiago Aparicio, quien jugó al rugby en el Liceo Naval y quiso participar del entrenamiento. Estudiante de Ingeniería, Aparicio es hijastro del defensor oficial Juan Manuel Nicolosi López y escribió, a sus 13 años, un trabajo para ingresar a la ORT titulado “El deporte mejora vidas: Proyecto Espartanos”. “Era un sueño para mí jugar con ustedes”, aseguró ante la mirada emocionada de Nicolosi.

Además, se puso la camiseta y la ropa de entrenamiento, el secretario del Juzgado Penal Económico Nº 10, Leonardo Jorge. Ambos no sólo fueron muy bien recibidos por los Espartanos, sino que se hubieran quedado mucho más tiempo si la delegación no hubiera tenido que partir.

Más que un pabellón, un proyecto de vida

Espartanos no es un espacio más dentro del penal: es un ecosistema de segundas oportunidades. Allí se dictan talleres de computación, costura, construcción en seco, coaching y habilidades financieras. Se enseña a armar un currículum o abrir una cuenta bancaria. Cada actividad es una pieza del complejo rompecabezas que implica reinsertarse en la sociedad.

“Quienes participan saben que su conducta tiene consecuencias. Si hay violencia o consumo, se pierde el beneficio. Ser espartano implica asumir valores y dejar atrás ciertas conductas”, explica Tamara Salomón, agente del Servicio Penitenciario (SP) que acompaña el programa desde sus inicios, allá por 2008, cuando el ingreso de voluntarios era apenas una novedad.

La dimensión espiritual también tiene un rol clave. Todos los viernes, entre 50 y 80 voluntarios ingresan al penal a rezar el rosario con los internos. Pero más allá del acto religioso, lo que se construye allí es un espacio de encuentro humano: se comparten mates, historias, penas y palabras de aliento. Para muchos, ese es el único abrazo que reciben en meses.

También se fomenta el intercambio deportivo. Ya sea organizando encuentros entre penales, recibiendo visitas especiales como, por ejemplo, Los Pumas o los All Blacks. Además, se han realizado partidos con otros clubes de rugby a los que suelen concurrir las familias de los detenidos.

“Ser espartano es entender que podés ser visto de otra manera”

Vene, un interno venezolano que llegó en 2019, condensa en su historia la esencia del proyecto. Robó, causó un daño irreversible y pasó por cárceles en varios países. “Antes no me importaba lo que pensara nadie. Yo tenía la razón y punto. Hoy aprendí respeto, empatía y el valor de los otros”, cuenta.

Hay una frase de Coco que lo marcó: “No te voy a ayudar a irte un día antes de tu condena, pero sí a salir con la mentalidad de estar dispuesto a comer arroz un año antes que milanesa un solo día”. Esa idea -entender el dolor causado, valorar lo simple, dejar de culpar al mundo- es el corazón del cambio.

“Hoy me miran por respeto, no por miedo. Puedo hablar con alguien sin que me vea como peligroso. Eso nunca me había pasado, ni siquiera con mi familia”, dice Vene, quien por primera vez se animó a pedir perdón. No sabe si su víctima lo escuchó, pero entendió que el primer paso era reconocer el daño.

Más allá del expediente

La experiencia no transforma únicamente a quienes están privados de la libertad. También deja huella en quienes trabajan del otro lado de los muros. “Fue una experiencia buenísima. Recorrimos, conversamos, compartimos. Y comprendí que detrás de cada causa hay personas, historias y oportunidades reales de cambio”, reflexiona el juez de Ejecución Penal Marcelo Peluzzi tras su paso por los pabellones.

Este año, Espartanos dio un paso más y se convirtió en serie. Allí se recrean muchas de las vivencias de Coco Oderigo y parte de la historia del proyecto. Como toda ficción, generó defensores y detractores, aunque en líneas generales la recepción fue muy buena. Conversando con algunos de los “pilchas” -como se conoce a los agentes del Servicio Penitenciario- surgió cierta incomodidad con la imagen sombría con la que fueron retratados.

“Por supuesto que, como en todo, hay agentes corruptos o que buscan aprovecharse del poder que les da la estructura. Pero la mayoría somos personas comprometidas, que intentamos encontrar un equilibrio entre el respeto a la autoridad y la convivencia”, expresó uno de ellos.

La serie toma historias reales y las reinterpreta desde el lenguaje audiovisual. Una de ellas tiene como protagonista al propio juez Peluzzi, quien lo descubrió recién durante la visita. Coco relató el caso de un detenido que, tras participar en Espartanos, debía ser trasladado al sistema federal, dado que había cumplido una de sus dos condenas, la que tenía en la provincia de Buenos Aires. Por falta de espacio, terminó en Rawson, donde su vida corría peligro. Con insistencia y la intervención de un juez conocido, Oderigo logró que el “Chino” regresara al penal de San Martín. Finalmente, Peluzzi revirtió la situación, y la conversación entre ambos quedó plasmada en la ficción. “A veces las cosas funcionan así: buscando alternativas, mirando más allá del expediente”, resumieron.

Una revolución que sigue creciendo

Ser espartano no es un privilegio, es un compromiso. El ingreso depende de entrevistas, referencias y cupos limitados -hoy hay más de 1.100 internos en un espacio diseñado para 480-. Pero quienes lo logran encuentran algo que el encierro suele arrebatar: esperanza.

La transformación no termina en la puerta del penal. A través del programa tercer tiempo, se abren oportunidades laborales para el momento en que recuperen la libertad. Algunas empresas capacitan dentro del penal y luego incorporan a los egresados. Otros participan en actividades deportivas fuera, un paso más hacia la reinserción.

Y aunque implica más trabajo para el personal -más controles, ingresos, egresos y medidas de seguridad-, todos coinciden en que vale la pena. Porque en un entorno que muchas veces degrada, Espartanos demuestra que el encierro también puede educar, sanar y reconstruir.

De la oscuridad al horizonte

“Este camino nos transforma. Nos enseña paciencia, tolerancia, empatía, agradecimiento, humildad… miles de virtudes nacen de este proceso”, dice Vene. Su deseo es claro: que Espartanos se replique en todo el país. “En otros lugares la mierda se vuelve más mierda. Pero de un abono nace una flor, nace una cosecha. Eso lo hace Espartanos. Solo Espartanos puede lograrlo.”
En la cancha donde comenzó todo y que ya no es improvisada, la pelota sigue girando. Cada pase lleva consigo una lección aprendida; cada try, una victoria sobre el pasado. Ser espartano no borra lo que fue, pero ilumina lo que puede venir. Porque incluso tras los muros más altos, la libertad empieza adentro.

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