Diego Cabot es Prosecretario de Redacción de La Nación, pero hoy es, sobre todo, el periodista que impulsó la investigación que dio origen a la Causa Cuadernos. En diálogo con Quorum, reconstruye el detrás de escena: las noches de trabajo secreto, las decisiones que tuvo que tomar en el proceso, el miedo, la soledad, la exposición inesperada y el costo personal de incomodar al poder real. “Mi expectativa es que el juicio tenga una sentencia”, afirma.
¿Cómo es hacer periodismo de investigación en Argentina?
Es apasionante porque pasa de todo, porque hay cantidad de zonas oscuras, porque hay muchísimos lugares inexplorados, territorios vírgenes para hacer periodismo de investigación. La verdad es que es lindo por eso; es desafiante porque los datos muchas veces no están a la vista. Hay un laburo muy grande para conseguirlos. De hecho, cuando vos vas… Yo me acuerdo: hice un posgrado en Estados Unidos en 2010, y en ese momento el desafío de ellos era cómo mostrar la cantidad de datos que les daba el gobierno. O sea, pedías un dato y te daban todo. Entonces el desafío era toda la parte interactiva y demás para ver cómo presentar esos datos. Porque también, cuando tenés un cúmulo enorme de información… En Argentina no sucedía eso: estábamos todavía en una etapa muy preliminar, que era conseguir los datos primero. La verdad es que es desafiante por eso, muy desafiante. Es lindo, y es riesgoso en algún punto, porque las fuentes se cierran muy rápido. Es un núcleo relativamente pequeño. Cuando vos empezás a ver lo que se llama -Macri lo inauguró, como se ha dicho- “el círculo rojo”, pero que en realidad es el lugar donde pasa gran parte de la información política, económica y demás, te das cuenta de que es un núcleo relativamente chico, y muchas veces las fuentes se cierran rápido. Pero no deja de ser entretenido. Y lo que tiene es que es un trabajo de construcción lenta, porque vos tenés que tener armado un engranaje de fuentes que te respondan en tiempo y forma. Si ahora me contesta, por ejemplo, un ministro de la época de Menem, se hace historia: no es periodismo. Entonces lo que tenés que lograr es que te conteste el ministro hoy, cuando pasa algo. Por eso es desafiante: tenés que construir una red de engranajes larga. Pero a mí me gusta. Me gusta mucho.
¿Cómo se vive hoy? Hoy estamos en un tiempo de súper inmediatez…
Ese es un problema, porque no tenés tantos lugares donde puedas trabajar con tiempo. Yo te hablo desde un lugar, por así decirlo, de privilegio, donde sí me dan ese tiempo. Pero, por ejemplo, cuando se habla de periodismo de investigación, la gente suele imaginar automáticamente la política, y no es así. En el diario tenemos -y siempre lo pongo de ejemplo- a un periodista que se llama Sebastián Torok, que hizo investigaciones deportivas impresionantes. Él contó la historia de un tenista que era agredido por el padre, y fueron veinte años de relación hasta que ese jugador se lo confió. Terminó siendo una gran historia que después derivó en una serie de Netflix. ¿Y por qué se la contó? Porque él se había convertido en una persona creíble. El ex jugador -que hoy tiene mi misma edad, 55 años- le reveló un drama que había vivido. Por eso digo que investigar no es solamente meter las narices en la política: es agarrar un tema, ir a fondo, estudiarlo y convertirte en alguien confiable. La confianza se construye; no es inmediata. Todo eso lleva tiempo y, lamentablemente, la inmediatez que mencionás muchas veces no te da margen. Hay pocos lugares donde te dan el tiempo y el espacio para dedicarte a eso. Igual, te digo: yo no empecé haciendo lo que hago hoy, pero siempre le dediqué tiempo -de mi vida, de mi trabajo- a seguir escribiendo, a tomar café, a armar un esquema de fuentes. En el fondo, eso madura con el tiempo; no madura de un día para el otro. Te podés encontrar con un dato o hacer una investigación espectacular, pero, en general, estar todo el tiempo haciendo investigaciones profundas requiere un esquema de fuentes que seguramente te llevó mucho tiempo construir.
Hoy sos un referente del periodismo de investigación, ¿te lo imaginabas al comienzo de tu carrera?
En algún punto yo siempre fui ambicioso. No me da lo mismo que una nota mía vaya a la tapa o que quede en la página 23. Es el día de hoy que eso todavía me enoja. O sea, en algún punto tengo ambiciones profesionales. Pero no es algo que busqué deliberadamente: no me dediqué a perseguirlo. Me dediqué a trabajar en lo que más o menos me movía bien y ahí fui andando. Pero bueno, es una combinación de varias cosas, incluso del hecho de que también te destacás porque hay pocos. Porque muchos medios no se pueden dar el lujo de tener periodistas a los que les den tiempo, recursos y margen para meterse en las notas o en las historias. Entonces también estoy -como te digo siempre- muy consciente de ese lugar de privilegio en mi trabajo.
Te lo han preguntado mil veces, pero igual te lo tengo que preguntar…
(risas) Me siento como los Chalchaleros con los clásicos. Pero está bien: a Dua Lipa la criticaron porque no tocó sus clásicos en el recital.
¿Cómo llegaste a los Cuadernos de Centeno?
Bueno, ahí también tenés algo de casualidad y bastante de causalidad. Porque este hombre, que fue mi fuente, había leído mis libros. De hecho, nos unía una relación increíblemente distante: alguna vez, hace 15 o 20 años, su hijo había comido en mi casa. Él le regaló mi libro y lo leyó. Un día me vio -porque éramos vecinos, pared de por medio, prácticamente en edificios pegados- y empezó a contarme historias de un amigo suyo que tenía vínculos muy cercanos con Julio De Vido y con ese mundo. Enseguida me di cuenta de que él sabía cosas. Porque cuando sos periodista y estás metido en esos temas, te das cuenta rápido si alguien te está mintiendo o fabulando. Y él mencionaba información con la que yo no convivía: gustos personales, cuestiones íntimas, detalles de cómo ellos lo usaban -a él y a su amigo- para temas personales, casi como remiseros. Entonces empecé a prestar atención. Hasta que un día me contó que su amigo tenía miedo de que lo allanaran porque sus jefes -De Vido y Roberto Baratta- estaban presos. Me dijo que le habían llevado una caja llena de documentos. Y él decidió entregármela. Fue una traición. Y nosotros, los periodistas, muchas veces nos nutrimos de traiciones: de los despechados, de los que quedaron afuera, de los que no participaron en los negocios. Siempre les digo a mis alumnos: si alguna vez te cruzás con un despechado o una despechada, agarralo del cuello y no lo largues. Yo me pregunto siempre por qué alguien me cuenta algo. Somos humanos: a veces pensás “¿por qué me llama este tipo?”. Pero en algún punto te tirás de cabeza para ver si es real o no. Mucho más allá de la psicología de quien te lo da. Es como si en el Watergate nos hubiéramos detenido a analizar qué le pasaba por la cabeza al que llamó a la redacción. Quizás tenía mil motivaciones. Pero lo cierto es que el periodista se tira de cabeza para ver si es verdad. Y ahí arrancó un camino con muchos condimentos del periodismo que uno idealiza.
¿Y cómo fue ese camino?
Fue muy en secreto. Nos juntábamos a trabajar de noche, yo hacía mi trabajo normal durante el día, y muy poca gente en el diario sabía. Tenía esa mística del periodismo: silencio, protección, trabajo meticuloso. Mientras nadie sabe en qué andás, estás protegido. Yo nunca fui un periodista de perfil alto; al contrario, siempre fui un bicho de redacción. Y de golpe, con esta investigación, pasé a tener una exposición enorme. Eso fue un shock. Ahí perdés ese halo de protección. Durante la investigación trabajamos en silencio, tomándonos todo el tiempo, chequeando información, trazando estrategias que íbamos cumpliendo. Pero la transición más angustiante fue que la prueba era muy endeble para publicarla. Podíamos quedar muy expuestos. Porque, si lo pensás, ¿qué era eso? Un diario íntimo. Era como agarrar tu diario personal y decir: “Esto lo voy a publicar”. Si él decía que era una fábula, todo se complicaba. Entonces decidí someterlo a un doble chequeo: que lo hiciera la Justicia. Que llegara una decisión. Si no avanzaban, veríamos qué hacíamos. Si avanzaban, cubriríamos el caso y tendríamos todo el ADN porque nosotros lo habíamos denunciado. Ese fue el camino. Y resultó como resultó. También se alinearon los planetas. Fue un momento de mucha desconfianza: entre el fiscal, el juez y yo. Ellos desconfiaban de mí porque era periodista y podía publicarlo. Yo desconfiaba de ellos. No teníamos relación previa. Pero se dio ese silencio necesario. El factor sorpresa fue determinante para consolidar muchas pruebas, porque cuando investigás al poder tenés que saber que del otro lado siempre hay anticuerpos. Ahí aparece lo que te decía del medio: fue fundamental. Nunca me preguntaron “¿cómo vas?”. Yo les contaba un poco porque me hacía bien, porque necesitaba validación. José Del Río y Fernán Saguier eran los únicos que sabían. Y esa validación me servía. El diario tuvo una paciencia enorme. No sólo paciencia: tuvo en algún punto cierta grandeza. Porque era posible perder todo. Fernán un día me dijo: “Entonces, lo que vos me estás diciendo es que la primicia más grande en la historia de La Nación se la vamos a dar a un juez y a un fiscal”. Si lo decís así, suena cruel. Pero tenía una razón. Y me dijo: “Bueno, convenceme”. Yo me había estudiado todo porque no es menor decirle a un dueño de diario: “¿Viste esta primicia en la que vengo trabajando hace tres meses? Bueno… la vamos a perder”. Le expliqué mis razones, una por una. Y él me dijo: “Dale, avancemos. Manejá vos los tiempos”. Esa validación fue fundamental. No sé qué hubiera pasado sin ese respaldo. Posiblemente, las consecuencias hubieran sido otras. Esto fue un trabajo en el que yo tenía confianza en el diario, y el diario me entregó toda su confianza a mí para tomar una decisión así. Son circunstancias que se dan en un momento preciso. Si hubiera pasado diez años antes, no sé qué hubiera salido. Fue ahí, y por algo suceden las cosas. En ese momento el diario confiaba en mí. Mi manera de trabajar estaba validada. Y me dieron absoluta libertad.



Vos dijiste que había desconfianza entre vos, el fiscal y el juez y viceversa, ¿cómo se pudo revertir?
Ellos no me conocían a mí. Yo no trabajaba en Comodoro Py ni cubría temas judiciales. Toda mi vida trabajé en economía. Desde economía, desde la regulación, desde los servicios públicos y desde ese mundo de la obra pública había cubierto todo el universo de las empresas reguladas. Pero no tenía ningún vínculo con Comodoro Py. A Carlos Stornelli lo había llamado una sola vez en mi vida, porque quería leer un dictamen suyo sobre la intervención del INDEC -que de hecho usé para varias notas- pero después no tenía relación con él. Entonces, todo eso se fue construyendo como se pudo: con desconfianza, pero también con miedo a que algo se filtrara. Porque todos sabíamos que, si se filtraba, perdía efectividad. Para mí, la sorpresa era clave. Tomar por sorpresa a un grupo -que no hablo sólo de ex funcionarios, sino sobre todo de empresarios- que tiene muchísima capacidad de lobby, de generar anticuerpos, de torcer voluntades. Que el caso apareciera de golpe, sin margen de reacción, fue determinante. Ellos lo entendieron así, y funcionó. No se filtró nada. Fue increíble, pero sucedió. Cuando hay voluntad de no filtrar, las cosas pasan. Y esta vez pasó.
¿Le atribuís alguna importancia al momento político en el que se produjo la denuncia?
Y no, porque no tenía que ver con que el núcleo investigado fuera un sector político: el núcleo investigado era el poder. Mucho más allá de quién estuviera en el gobierno. En ese momento el kirchnerismo quedó manchado, sí, pero Mauricio Macri también. El primo de Macri -dueño de la empresa de la familia- tuvo a su gerente general preso el primer día. Y el propio padre de Macri tuvo que ir a declarar en esta causa. Nos olvidamos, pero Franco Macri tuvo que ir a declarar. Fue. Y además había muchas empresas con tanto o más vínculo con el macrismo y el PRO que con el kirchnerismo. Arriba, arriba del todo, no hay grieta. Yo siempre lo digo: la grieta es un divertimento para nosotros, para el común de los mortales. Pero arriba no. Arriba hay intereses, dinero, contratos, acuerdos. Es otro mundo. La grieta existe para abajo. Arriba se transa otra cosa. Es interesante: cuando te sumergís un poco y volvés a salir, ves esa lógica distinta. Yo no estoy en la cúpula del poder; a veces meto la cabeza, investigo y vuelvo a mi lugar. Y después la causa atravesó cuatro años completos de kirchnerismo y siguió absolutamente firme. No solo siguió: se fue solidificando, porque las defensas la apuntaron desde todos los frentes con mucha beligerancia -algo lógico, son defensores, nada para objetar ahí; si yo ejerciera y me pagaran, haría lo mismo- y aun así los recursos se fueron rechazando, las alzadas confirmando, y la causa se fue fortaleciendo. Y esa solidificación ocurrió en otro gobierno. Y con un gobierno de otro partido, la causa llegó al tribunal, al juicio oral. Por eso no lo veo desde el costado partidario. Fue una investigación que impactó en el poder, en el poder real, más allá de cualquier signo político.
Finalmente, el juicio empezó y ahora comienza otra etapa. Viendo hacia atrás, ¿habrías hecho algo diferente?
Creo que sí, que hay algunas cosas que hubiera hecho distinto, pero no tienen que ver con lo procedimental. La estrategia funcionó: la prueba quedó en pie, se logró que esta gente reconociera lo que había hecho. Ahora nos parece normal, pero nosotros nos cansamos de cubrir a estos empresarios reclamando seguridad jurídica en todos los foros. Eran los hombres que aplaudían. Y un día fueron a declarar cómo cometían delitos. No es menor. Y eso se logró por una estrategia periodística -pero también judicial- que fue acertada. Desde el punto de vista documental, sí, hubiera hecho otras cosas. Yo fui tremendamente celoso con que nadie se enterara. Tenía miedo: miedo físico y miedo periodístico de perderlo todo. Fui muy cuidadoso y muchas veces me reproché no haber dejado más testimonio documental: videos, grabaciones, pedirle a alguien que nos acompañara. No quería que hubiera terceros. Nosotros trabajábamos con los cuadernos y decidimos que no debían salir de mi casa. Nos juntábamos de noche, los releíamos, re-tipeábamos, chequeábamos. Nunca quise que alguien se llevara uno para transcribirlo en su casa. Nunca quise sacar fotocopias en ningún lado. Una sola vez, fui a las cinco de la mañana al diario y yo saqué las fotocopias. Las fotos que existen las saqué yo. Tenía mucho temor de que se filtrara. Porque no te olvides: ahí había muchos empresarios con muchísimo dinero y muy pocos escrúpulos. Tocabas cinco puertas y levantabas cinco millones de dólares. No quería que nadie supiera. Fui súper celoso, pero no te das una idea. Y sí, desde ese punto quizás podría haber hecho más registro documental. Pero en lo procedimental creo que actuamos bien, porque la causa no perdió nada.
¿No te arrepentís de haber devuelto los cuadernos?
No, para nada. Para mí, esa fue la mejor decisión. Y no soy una especie de religioso que busca convencer gente. Yo hago periodismo. Si ves mi vida profesional, nunca le contesté a nadie, nunca polemicé con nadie. Que cada cual diga lo que quiera. Yo no actúo en función de eso. Fue mi convicción. Lo estudié, lo pensé. Y me pareció que era la mejor manera. Y para mí fue acertada, porque si yo no devolvía los cuadernos, Centeno se enteraba de que habían salido de la casa de su amigo. ¿Cómo hubiera reaccionado? ¿Cómo habrían reaccionado muchos empresarios o ex funcionarios si sabían que Centeno había dejado trascender algo? ¿Hubieran querido torcerlo todo? No lo sé. Para mí fue muy acertado. Si eso es cuestionado por gente que nunca leyó la causa penal, está todo bien. Cada cual puede decir lo que quiera. Yo no polemizo ni ando tratando de convencer a nadie. Yo hago periodismo. Y por suerte hay una parte de la audiencia que me lee, y gracias a eso mis jefes me pagan un sueldo. No tengo que andar consiguiendo adhesiones. No me dedico a eso.
Además, la causa llegó a juicio oral…
Claro. A mí me decían: “¿Y ahora vos qué…?”. Y yo ahora nada. Ahora es la Justicia. Las instituciones. Lo que la Justicia decida, lo que pruebe, lo que no pruebe. Yo ya no tengo nada que ver. Soy un testigo entre quinientos testigos. No soy imputado, no tengo nada que ver. Me llamarán un día, daré testimonio de lo que vi y de lo que hice. Eso es todo. Lo que hicieron los demás lo tendrán que probar otros. Yo voy a hablar de lo mío, y listo. A mí me encantaría que la gente entendiera esto. Porque todos dicen “empezó, empezó…”. Yo hubiera preferido que termine, no que empiece. Para mí ya terminó. El broche fue cuando llegó al juicio. Durante estos años, sí, muchas veces tuvimos que remar, armar una bandera, recordar que la causa existía, porque había mucha beligerancia en contra. Pero ahora yo no tengo nada más que hacer. Además, es un tema que me supera. Yo no lo cubro. No puedo. No puedo hablar con la fiscal, ni con los jueces. Tengo muchas limitaciones prácticas. Es un tema que, por suerte, camina solo.


¿Cómo considerás que impactó la figura del arrepentido en esta causa?
Creo que sí, que funcionó. A ver, la figura del arrepentido. El derecho penal se basa en un parámetro muy claro. Yo no soy jurista -estudié Derecho, pero no soy jurista- y ustedes en la revista tienen gente que lo puede explicar mejor que yo. Pero todo en el sistema penal gira en torno a la sanción: si hacés esto, te sancionan. Es así. Hay un componente punitivo cuyo monopolio lo tiene la Justicia. Y todos, en mayor o menor medida, actuamos considerando esa eventual condena. La idea del arrepentido entra ahí, con un matiz: la inmediatez. Es “vas mañana preso”. Fijate lo que pasó con este hombre del caso Espert: lo llevaron a Estados Unidos y le dijeron “tenés 15 días, elegí”. Lo que está detrás es la pena, la cárcel inmediata. Para desentrañar juicios complejos, tramas complejas, delitos complejos, es fundamental. Si no, no entrás nunca. Porque ahí adentro impera el miedo. Yo, como periodista, te lo puedo decir: las veces que intenté meterme en redes delictivas es dificilísimo. Hay una cofradía, una omertà muy fuerte. Entonces, para delitos complejos funciona. Le tocó debutar en este caso y va a sentar doctrina. Ya hay mucha jurisprudencia por los planteos en contra, pero será este juicio el que valide o no la herramienta. Habrá que ver si todos los arrepentidos terminan accediendo a beneficios o si alguno queda procesado por falso testimonio. Eso está en juego ahora. El problema en Argentina es que confundimos cuál es el corazón del juicio. No es la instrucción: es el juicio. En los sistemas jurídicos maduros -lo ves en las películas porque es lo más gráfico- el corazón es el juicio oral. Y esto tendría que haber empezado hace mucho tiempo. Acá es donde se ve qué se puede probar y qué no. Acá es donde vamos a ver qué dicen los arrepentidos sobre sus propias declaraciones.
Tanta demora en el comienzo del juicio, ¿qué puede haber ocasionado según tu opinión?
La Justicia lenta no es justicia. Hay fallos clarísimos sobre esto. Uno muy relevante es el que benefició a Carlos Menem en el caso Armas: Casación dijo que después de 20 años ya no tiene sentido. Opinable, pero marca un parámetro. El tiempo corroe los procesos. En este caso, creo que en el último tiempo las partes -especialmente la Fiscalía y la querella- entendieron que muchos planteos eran dilatorios y que las defensas iban a apelar todo. Es el juego que permite el Código. Entonces dijeron: arranquemos. Y una vez que arrancás, hay que mantener el barco a flote. Eso se ve: primero una audiencia semanal por Zoom y ahora la idea de avanzar hacia otro régimen más ágil. ¿Por qué tanta demora? Porque la causa es enorme, porque la Justicia no tiene plazos estrictos y a veces mira el reloj de la política, porque del otro lado están los mejores estudios jurídicos usando todas las herramientas procesales posibles. La dilación es una estrategia típica en la política. Los empresarios -para mí- erraron la estrategia. Tendrían que haber arreglado al principio. Ahora tienen problemas económicos concretos. Quieren participar en privatizaciones, pero ¿quién los va a financiar si tienen encima una contingencia judicial cuyo costo nadie conoce? Reputacionalmente es muy difícil. Tendrían que haber hecho lo que se hace en el Departamento de Justicia en Estados Unidos: reconocer los hechos, acordar una reparación, y seguir. Pero se sumaron a la estrategia de la política, que es dilatar, dilatar y dilatar, esperando que un día cambie la correlación de fuerzas y todo se desarme. Perdieron 84 a 0, todos. Entonces, una semana antes de que empiece el juicio, quisieron poner plata y pedir sobreseimientos. Eso, moralmente, sería un fraude para la República. Una cosa es reconocer los hechos al principio; otra, hacerlo a las apuradas y con una moneda para zafar justo antes del juicio.
¿Cuál es tu expectativa?
Es muy módica. Yo lo único que quiero es una sentencia. La Argentina tiene un problema gravísimo: vivimos en un estado de sospecha permanente. Y eso, para mí, es peor que no tener culpables. Porque también significa no tener inocentes. No todos somos culpables. No todos los periodistas son “ensobrados”, como dice el Gobierno. En un juicio, lo lógico es que haya culpables y haya inocentes. Que a quienes se les pueda probar algo, se los condene; y a quienes no, se los absuelva. Punto. Nada de tirar sospechas para contrarrestar otras sospechas. Esa lógica es destructiva. En Vialidad, por ejemplo, a Julio De Vido no lo condenaron porque no pudieron probarle los hechos. Punto. En Once, sí lo condenaron. Cosas distintas. ¿Es inocente? No lo sé. Ni vos ni yo lo sabemos. Pero si no hay pruebas, no hay condena. Y así debe ser. Por eso lo único que espero es que este juicio tenga sentencia. Que condene lo que se pudo probar y que absuelva lo que no se pudo probar. Y que la discusión termine ahí.
Saliendo un poco de la causa en sí, ¿qué implicó personalmente para vos Cuadernos?
Mucho esfuerzo. Bastante soledad en muchos momentos. Fue un camino ingrato, no un camino placentero. Todo lo contrario: hubo agresión de mucha gente, incomprensión, y una sensación de estar muy solo. Y al mismo tiempo tenés que seguir trabajando. No es que dejé de laburar; al contrario, seguí con mil cosas. Entonces se vuelve difícil transcurrir el tiempo, abstraerte para sostener el día a día, porque tenés que seguir siendo periodista y ocuparte de tus temas. Es muy difícil. A mí hay cosas que no me afectan: lo que digan los abogados, los políticos… nada de eso me mueve. Pero sí me pega lo que dicen mis colegas. Y mis colegas fueron los más despiadados conmigo. Eso me dolió en muchos momentos. Después aprendí a convivir con eso, pero al principio dolió porque vi muy de cerca las miserias de la profesión. Me golpeaban la puerta todos los días.

¿Sentiste que te hicieron un vacío?
Sí, yo lo cuento porque ilustra lo absurdo de algunas cosas. Seguía trabajando como siempre, pero cuando iba a ver a determinadas personas, muchas veces me hacían entrar por la entrada de servicio. No querían que quedara mi nombre en el libro de visitas del edificio. Y también dejaron de invitarme a lugares donde antes era habitual que estuviera. Te convertís en una persona molesta. Y, por más que uno no llore por la herida -como dicen-, sangrás igual. Porque lo ves y decís: “Qué nivel de hipocresía”. La hipocresía está ahí, arriba de la mesa, en todo ese mundo del poder. Y cuando vos pateás el tablero, te convertís en un tipo incómodo. Eso pasó. ¿Podría haber hecho otra cosa? No. Me compadecía un poco de ellos, me daba pena, y me enojaba solo muchas veces. Pero no podría haber elegido otro camino. Si ese es el costo, encantado de pagarlo. Con la profesión siempre me surge, es que estar todo el tiempo arriba de la ola cansa. El surfista sube, baja, descansa y vuelve. Nosotros, a veces, no podemos bajarnos nunca de la ola. Y eso que, como digo siempre, yo tengo el privilegio de poder manejar mis tiempos. Pero así y todo, a veces te cansa. Te preguntás: “¿Hasta cuándo?”. Y después seguís, no sé cómo, pero seguís. Estoy muy lejos de plantearme dejarlo. Salvo alguna excepcionalidad, hoy no lo pienso. Pero que cansa, cansa. A veces querés aflojar un poco y es imposible.
Durante una entrevista reciente que te hizo El Observador te lo preguntaron. ¿Cómo es volver a La Pampa, que es un territorio peronista por excelencia?
Bueno, es uno de los lugares más incómodos del mundo para mí. Cuando digo “del mundo”, es literal. Allá me han destratado un montón, incluso gente que me conocía hace años. Y es difícil, porque me pasó que amigos, conocidos, algún que otro pariente… listo, me cancelaron por el trabajo que hice. Porque, bueno, un poco ponía en cuestión un sistema político con el que ellos comulgaban. Y además es un lugar chico, donde siempre hay temor a la venganza del poderoso. Entonces me dejaron de lado. Y está todo bien, no tengo mucho para decir. Trato de no ir ni al supermercado. Victoria, mi mujer, vive allá, así que voy y vengo todo el tiempo. Pero no hago nada: nada. Es así. Ahora, por primera vez en mi vida, me invitaron unos chicos jóvenes que tienen un streaming, allá en La Pampa. Pero antes de eso, jamás. Nunca. Me habrán hecho una o dos entrevistas en toda mi vida. Una vez, un pibe me entrevistó allá por 2008 y casi lo echan del trabajo por hacerme una nota. Estoy hablando de 2008… imaginate ahora. Si alguien me llama para entrevistarme hoy, lo echan directamente. Entonces, nada… es un lugar ingrato. Muy ingrato. Pero está bien. Me lo banco. Y trato de no andar escarbando la herida, ¿viste? Ya sé cómo es. Mi lugar ahí es ese: tomar sol en la pileta, ir a una despensa del barrio. Ni siquiera voy al supermercado, casi no salgo a comer. Es un lugar donde prefiero recluirme. No la he pasado bien. Igual eso habla más de los demás que de mí.
También dijiste que tuviste miedo…
Y obvio. Al principio, cuando uno está en esa burbuja de silencio, tenés una protección muy grande. Y también un poco de inconsciencia, porque no medís las consecuencias. Alguna vez me corrieron a tiros al aire, por ejemplo. Pero seguís. Después, cuando todo sale, te abruma. Y ahí empieza otra cosa. Otra entidad. Empezás a tomar más conciencia. Además, me pasaron cantidad de cosas. Me robaron… mirá, en febrero de 2020 me robaron tres veces en un mes. Me acuerdo porque ya el comisario me decía: “¿Otra vez vos?”. Obviamente, sería muy soberbio decir “no tengo miedo a nada”. No es así. Camino normal, voy en bicicleta, tomo el bondi. Ahora uso más el auto, pero siempre anduve solo. Nunca tuve custodia ni nada. Y claro que tenés miedo, porque recibo amenazas todo el tiempo. A diario recibo amenazas. Gente que me dice que me va a matar. Me mandan fotos de Mussolini y su mujer colgados en la plaza pública diciendo “esto te va a pasar a vos”. Me pasa todo el tiempo. Cuando digo “todo el tiempo”, es literal. Durante siete años.
¿Y cómo convivís con eso?
En un momento afectó. Ahora no, ahora estoy bastante más equilibrado. Pero más allá de eso… nunca sabés qué entidad tiene cada amenaza. Si le das entidad a todo, te volvés loco. Es difícil.
Más teniendo familia, ¿no?
Eso sí, porque yo hice una elección, ellos no. Es un problema pero también hay cosas que son una ventaja. Mis hijos no conviven todo el tiempo con eso. El apellido genera cosas buenas y cosas malas. Es así. Porque, como digo, esta investigación cayó en el medio de esta famosa grieta. Lo buscara o no lo buscara yo, lo quisiera o no lo quisiera, no importa: cayó ahí. Y eso genera una cantidad de cosas. Yo soy periodista desde antes de que mis hijos nacieran. Ellos conviven con un padre periodista desde siempre. ¿Qué sé yo? Se la bancan. Mis hijos, mi mujer, todos. Y es difícil. En un momento me plantearon si quería custodia, y ahí sí tomé una decisión. Pensé: bueno, si yo estoy encapsulado, yendo y viniendo con custodia, no me va a pasar nada. ¿Quién me va a hacer algo? Entonces dije: si me quieren hacer algo a mí y no pueden porque estoy protegido, ¿a quién le van a hacer algo? A mis hijos. Preferí andar solo. Y si me quieren hacer algo, acá estoy. Que sea fácil, de última. Esa fue una decisión que tomé y la mantengo. Y sí, sin duda, todo esto lo llevo encima. Pero no me arrepiento. Sólo por esa mañana en la que te despertaste e incomodaste al poder, vale la pena. Tiene consecuencias, claro que tiene consecuencias; uno tiene que saberlo. Pero para mí sigue teniendo un gusto único. Y si mañana puedo volver a hacerle una zancadilla al poder -y cuando digo el poder, no hablo del oficialismo o la oposición, hablo del poder en cualquiera de sus formas- lo haría.


Después de tantas notas sobre este tema, ¿hay algo que no te preguntaron y te gustaría responder?
Bueno, sí. Creo que por ahí lo que nunca se preguntó mucho es quiénes fueron los que estuvieron cerca. Porque para tener un desahogo, para poder atravesar algo así, tenés que tener un apoyo muy fuerte. Necesitás un conducto. No podés hablar de todo esto con cualquier colega. Alguien te tiene que aconsejar sin saber nada del tema, desde otro lugar.
Y yo tuve gente muy cercana, y tuve a Victoria, quien hoy es mi mujer. Yo iba con todos esos quilombos encima. Ella no tiene nada que ver con esta profesión, y sus consejos me servían enormemente. Eso fue fundamental. Porque si no, estás todo el día en un loop. Todos los periodistas más o menos te van a contestar lo mismo: nos retroalimentamos. Somos todos del palo. Yo no le voy a preguntar a alguien que cubre un área completamente distinta a la mía… entonces terminás recibiendo respuestas parecidas a lo que vos mismo ya pensabas. Para mí fue clave tener esa confidencia muy cercana, ese lugar donde descargar y escuchar una visión totalmente distinta, que me ayudó muchísimo. Y no hablo sólo de la investigación, sino de todo lo que vino después, que fue muy duro. No te olvides de que después vinieron penalmente contra mí: quisieron ver mi teléfono, le pidieron al diario las filmaciones de las cámaras de no sé cuántos meses para ver cuándo entraba y cuándo salía. Vinieron fuerte. En esos momentos tenés que estar muy parado, porque si no, patinás. Y no siempre alcanzan los consejos de tus padres o de tus jefes; necesitás otra cosa. Para eso necesitás un vínculo de mucha confianza, muy afianzado, porque tampoco le podía contar todo a todo el mundo. Era difícil: necesitaba un lugar seguro, íntimo. Y yo lo tuve. Y me sirvió muchísimo.
