“Hubo mujeres en esa Corte y hoy no hay ninguna”: el homenaje a Carmen Argibay que interpeló al presente

La Legislatura porteña celebró la audiencia pública previa a la sanción definitiva de la ley que bautizará como “Paseo Carmen María Argibay” a un sector de Plaza Lavalle. Magistradas, legisladores, académicos y referentes de todo el país coincidieron en destacar su independencia, su honestidad intelectual y el profundo cambio que produjo para las mujeres dentro del Poder Judicial.

Hay figuras que trascienden los cargos que ocuparon y terminan convirtiéndose en una referencia moral para generaciones enteras. Carmen Argibay es una de ellas. A más de una década de su fallecimiento, su nombre volvió a convocar a dirigentes políticos de distintos espacios, juezas, jueces, funcionarios judiciales, académicos y representantes de instituciones de todo el país en una escena poco frecuente para la vida pública argentina: un homenaje atravesado por el consenso, la emoción y la convicción compartida de que su legado sigue siendo imprescindible para pensar la Justicia del presente.

La Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires fue el escenario de una multitudinaria audiencia pública destinada a rendir homenaje a quien integró la Corte Suprema de Justicia de la Nación y marcó una época por su independencia, su valentía y su compromiso con los derechos humanos. El encuentro constituyó el paso institucional previsto por la Constitución porteña antes de la sanción definitiva de la ley que propone denominar “Paseo Carmen María Argibay” a un sector de Plaza Lavalle, frente al Palacio de Justicia, donde además se emplazarán un busto, una escultura y placas recordatorias en su honor.

La iniciativa corresponde al Expediente 1405-D-2026 y ya había recibido aprobación inicial el pasado 14 de mayo. De avanzar definitivamente, el espacio ubicado sobre la calle Libertad, entre Tucumán y Lavalle, llevará para siempre el nombre de una de las magistradas más influyentes de la historia judicial argentina.

Un homenaje que reunió a todo el arco institucional

La audiencia dejó una imagen que pocas veces se observa en la política argentina. Convocada por la Asociación de Mujeres Jueces de Argentina (AMJA), reunió a representantes de distintos sectores políticos y del Poder Judicial que, más allá de sus diferencias, encontraron un punto de encuentro en la figura de Argibay.

Estuvieron presentes el vicepresidente primero de la Legislatura porteña Matías López, autor del proyecto, junto con los presidentes de los distintos bloques legislativos que acompañaron la iniciativa: Silvia Lospennato, Claudia Neira, Pilar Ramírez, Manuela Thourte y Emmanuel Ferrario, quienes hicieron propio el proyecto hasta convertirlo en una iniciativa transversal.

Más que un respaldo parlamentario, la diversidad de firmas terminó reflejando algo que se repetiría durante toda la jornada: Carmen Argibay continúa siendo una de las pocas figuras capaces de generar consensos genuinos tanto dentro del ámbito judicial como en el político.

Una misma idea atravesó todas las intervenciones

Aunque las exposiciones fueron numerosas y provinieron de trayectorias muy distintas, hubo una coincidencia casi absoluta respecto de cómo definir a Argibay.

Las palabras que más se escucharon durante la audiencia fueron independencia judicial, coraje, honestidad intelectual, compromiso con los derechos humanos e igualdad de género.

Una y otra vez los oradores describieron a una magistrada que jamás buscó agradar al poder ni acomodar sus decisiones al clima político del momento. Su única obligación -coincidieron- era con la ley y con su propia conciencia.

También apareció un consenso prácticamente unánime respecto del lugar que ocupa en la historia institucional argentina. Para los participantes, Argibay no sólo abrió puertas para las mujeres dentro del Poder Judicial: cambió definitivamente la manera en que ellas podían ejercer el liderazgo judicial. Por eso, insistieron, el homenaje no debe entenderse como una evocación nostálgica del pasado, sino como una invitación permanente a construir una Justicia más igualitaria en el futuro.

“Una manera de ejercer la función judicial”

La apertura institucional estuvo a cargo de la diputada Silvia Lospennato, quien dio la bienvenida a los presentes y definió a Carmen Argibay como una de las mujeres más influyentes de la Justicia argentina contemporánea.

Durante su intervención destacó especialmente su lucha por la igualdad de género, su integridad frente a las presiones institucionales y la trascendencia de una trayectoria que dejó huella tanto en el ámbito judicial nacional como en los organismos internacionales.

La apertura formal de las exposiciones correspondió luego a Marcela De Langhe, vicepresidenta segunda de AMJA y jueza del Tribunal Superior de Justicia de la Ciudad de Buenos Aires.

Su discurso marcó el tono de toda la audiencia.

“Este proyecto tiene un profundo sentido republicano”, afirmó.

Y agregó que homenajear a Carmen Argibay significa “reafirmar una manera de ejercer la función judicial: resolver con independencia, decidir con honestidad intelectual y entender que la justicia no es un concepto abstracto”.

Aquellas palabras parecieron sintetizar el espíritu de toda la jornada. Más que recordar a una ex integrante de la Corte Suprema, los participantes coincidieron en que el verdadero homenaje consiste en mantener vigentes los valores que guiaron cada una de sus decisiones.

Un legado que atravesó el país

Si hubo una idea que atravesó cada intervención fue que Carmen Argibay nunca perteneció exclusivamente a la Corte Suprema. Su legado excedió al máximo tribunal y terminó impregnando a todo el Poder Judicial argentino.

Por eso no sorprendió que magistradas de distintos puntos del país viajaran especialmente hasta Buenos Aires para participar de la audiencia pública y aportar una mirada construida desde la experiencia personal.

La primera en tomar la palabra fue Camila Banfi, vicepresidenta primera de AMJA y jueza del Superior Tribunal de Justicia de Chubut.

Desde una provincia ubicada a casi 1.500 kilómetros de la Capital Federal, Banfi puso el foco en un aspecto que consideró central: la necesidad de que el pensamiento y las enseñanzas de Argibay no permanezcan circunscriptos a Buenos Aires, sino que alcancen verdaderamente a toda la Justicia argentina.

Su intervención reivindicó la dimensión federal de quien supo convertirse en un faro para magistradas de todas las jurisdicciones y generaciones.

Recuerdos que mostraron a la mujer detrás de la jueza

La emoción fue creciendo con el paso de las exposiciones.

Una de las intervenciones más personales fue la de Cristina Leiva, integrante del Superior Tribunal de Justicia de Misiones.

Leiva recordó los años en que acompañó a Carmen Argibay en distintas actividades internacionales organizadas por la International Association of Women Judges (IAWJ) y compartió con el auditorio anécdotas que permitieron conocer facetas menos públicas de quien integró la Corte Suprema.

Los recuerdos no estuvieron dirigidos únicamente a la brillante jurista, sino también a la compañera de viajes, la colega generosa y la mujer que, incluso en ámbitos internacionales, mantenía intacta su sencillez y su firmeza de convicciones.

Cuarenta años de Justicia compartida

Luego fue el turno de Stella Maris Martínez, ex Defensora General de la Nación.

Su testimonio recorrió más de cuatro décadas de vida judicial compartida con Argibay.

Repasó los distintos momentos profesionales en los que coincidieron, los debates jurídicos que mantuvieron y los intercambios que marcaron buena parte de la evolución institucional de la Justicia argentina.

Su relato permitió reconstruir no solamente la dimensión pública de Argibay, sino también el enorme respeto profesional que despertaba entre quienes trabajaron junto a ella durante décadas.

El desafío pendiente para las mujeres en la Justicia

El primer bloque de exposiciones concluyó con la intervención de Eve Flores, presidenta de AMJA y jueza de Cámara del Poder Judicial de Córdoba.

Lejos de limitarse al homenaje, Flores utilizó la figura de Argibay como punto de partida para reflexionar sobre los desafíos que todavía enfrentan las mujeres dentro de la carrera judicial.

Analizó la situación actual de la participación femenina en los espacios de decisión y repasó el trabajo que viene realizando la Asociación de Mujeres Jueces de Argentina para fortalecer la igualdad de oportunidades dentro del sistema judicial.

Su exposición funcionó como un puente entre el pasado y el presente: recordó todo lo que Argibay ayudó a transformar, pero también dejó en evidencia cuánto camino queda todavía por recorrer.

“Sin pedir permiso y sin renunciar jamás a las propias convicciones”

Después llegaron los testimonios probablemente más íntimos de toda la jornada.

Tomaron la palabra Nidia Marsero y Flora Acselrad, dos mujeres que trabajaron codo a codo con Carmen Argibay y que pudieron describir aquello que difícilmente aparezca en un currículum o en una sentencia.

Ya no hablaron únicamente de la jueza. Hablaron de la persona.

De la mujer que convivía diariamente con su equipo, que discutía cada expediente con absoluta libertad intelectual y que enseñaba más con el ejemplo que con los discursos.

Ambas coincidieron en señalar que Argibay dejó una huella imposible de borrar entre quienes compartieron su trabajo cotidiano y que su forma de ejercer la magistratura continúa inspirando a nuevas generaciones de juezas, jueces y funcionarios judiciales.

La definieron como una mujer que demostró que era posible llegar al máximo tribunal del país “sin pedir permiso y sin renunciar jamás a las propias convicciones”.

La frase quedó flotando en el recinto.

No fue presentada como una consigna ni como un eslogan.

Fue, simplemente, la síntesis de una vida.

Mucho más que un homenaje

Con el correr de la audiencia quedó claro que el objetivo del encuentro excedía ampliamente la colocación de un busto o la designación de un paseo.

Cada intervención fue construyendo una misma idea: Carmen Argibay no representó solamente una etapa de la Corte Suprema, sino una determinada manera de entender la función judicial.

Una Justicia independiente. Una Justicia que no negocia sus principios. Una Justicia que no mide sus decisiones por el aplauso o la conveniencia política. Y una Justicia donde las mujeres no deban seguir siendo excepciones, sino protagonistas naturales de los espacios de decisión.

Por eso, más que recordar el pasado, la audiencia terminó funcionando como una conversación sobre el futuro.

Porque cada una de las historias compartidas permitió comprender que el legado de Argibay no se agota en sus fallos ni en los cargos que ocupó.

Sigue vivo en quienes aprendieron de ella y, sobre todo, en quienes todavía encuentran en su ejemplo un modelo posible de independencia, honestidad intelectual y compromiso con la igualdad.

Una vida construida sin atajos

Detrás de la jueza que rompió moldes hubo una historia de esfuerzo silencioso y una carrera construida paso a paso, mucho antes de llegar al máximo tribunal del país.

Durante la audiencia, varios de los expositores repasaron la biografía de Carmen Argibay como una forma de explicar por qué su figura sigue despertando tanta admiración. No se trató únicamente de recordar sus cargos o sus fallos más conocidos, sino de reconstruir el camino que la llevó hasta allí.

Ingresó al Poder Judicial en 1959, cuando apenas tenía veinte años. Lo hizo como empleada, en el escalón más bajo de la estructura judicial. A partir de entonces inició un recorrido que la llevó a atravesar cada instancia de la carrera judicial hasta convertirse, cinco décadas después, en ministra de la Corte Suprema de Justicia de la Nación.

Fue un ascenso construido sin padrinazgos, sin privilegios y sin atajos. Esa trayectoria, recordaron durante el homenaje, terminó convirtiéndose en una de las mayores demostraciones de que el mérito, la preparación y la perseverancia también podían abrirse camino dentro de las instituciones.

La herida que transformó en una convicción

Hubo un episodio de su vida que atravesó buena parte de las intervenciones.

El 24 de marzo de 1976, el mismo día del golpe de Estado, Carmen Argibay fue detenida. No hubo acusación formal, ni proceso judicial, ni posibilidad de ejercer su defensa. Permaneció durante varios meses privada de su libertad por decisión del Poder Ejecutivo.

Aquella experiencia, coincidieron quienes la conocieron, marcó para siempre su concepción del derecho y de la función judicial.

Sin embargo, nunca permitió que ese sufrimiento condicionara sus decisiones posteriores.

Muy por el contrario, transformó esa experiencia en un compromiso inquebrantable con el debido proceso, las garantías constitucionales, los derechos humanos y la libertad de las personas. No convirtió el dolor en revancha. Lo convirtió en principios.

La independencia llevada hasta sus últimas consecuencias

Esa forma de entender la Justicia quedó reflejada en algunos de los fallos más controvertidos de su trayectoria.

Durante el homenaje se recordó especialmente una decisión que, para muchos de los presentes, sintetiza mejor que ninguna otra la honestidad intelectual que caracterizó a Argibay.

Siendo la única integrante de la Corte Suprema que había sufrido prisión política durante la última dictadura militar, votó en contra de dejar sin efecto el indulto concedido al represor Santiago Riveros.

No lo hizo por afinidad con el beneficiario ni por una posición política. Lo hizo porque entendía que, desde el punto de vista estrictamente jurídico, el caso constituía cosa juzgada y que nadie podía ser juzgado dos veces por el mismo hecho.

Aquella postura generó una fuerte polémica pública.

Pero, precisamente por eso, fue recordada durante la audiencia como una de las mayores pruebas de su independencia.

Argibay no resolvía para agradar a la opinión pública ni para responder a expectativas sociales. Resolvía conforme a la ley, aun cuando eso implicara asumir el costo personal de decisiones profundamente impopulares.

Como resumieron varios expositores, nunca buscó ser aplaudida. Buscó ser justa.

La mujer que nunca negoció sus principios

Ese mismo espíritu atravesó también su vida cotidiana.

Los testimonios de quienes compartieron años de trabajo con ella permitieron conocer aspectos mucho más personales de su carácter.

Recordaron que fue la segunda mujer en integrar la Corte Suprema y la primera, desde el regreso de la democracia, en prestar juramento sin invocar a Dios, una decisión que sintetizaba su concepción profundamente laica del Estado y de la función judicial.

Hablaron también de una personalidad intensa, auténtica y difícil de encasillar.

La describieron como una mujer de humor mordaz, dueña de una ironía filosa, espontánea, frontal y, según la definición cariñosa de quienes la conocieron, “bocasucia”. Pero, por encima de cualquier rasgo de carácter, todos coincidieron en destacar la misma virtud: una honestidad a prueba de cualquier circunstancia.

Las anécdotas compartidas durante la audiencia ayudaron a pintar ese perfil con una fuerza que difícilmente pudiera transmitir cualquier currículum. No eran gestos destinados a construir una imagen pública. Eran simplemente la consecuencia natural de una forma de entender el servicio público.

Instituciones que siguen cambiando vidas

Durante la audiencia también se destacó que el legado de Argibay no quedó limitado a sus sentencias.

Convencida de que no alcanzaba con que una mujer llegara a ocupar un cargo de máxima jerarquía, impulsó cambios institucionales destinados a transformar de manera permanente la cultura del Poder Judicial.

Entre ellos sobresalen la creación de la Oficina de la Mujer, orientada a incorporar la perspectiva de género dentro del sistema judicial, y la Oficina de Violencia Doméstica (OVD), que continúa funcionando todos los días del año como una herramienta fundamental para la atención de las víctimas.

Falleció en 2014 mientras todavía ejercía como ministra de la Corte Suprema. Hasta el último día mantuvo intacta la forma de entender la función pública que había guiado toda su carrera: sin reclamar privilegios y con una dedicación absoluta al servicio de la Justicia.

Una mirada permanente hacia Tribunales

El cierre de la audiencia volvió sobre un aspecto cargado de simbolismo.

No se eligió cualquier lugar para emplazar el futuro Paseo Carmen María Argibay. El espacio estará ubicado en Plaza Lavalle, frente al Palacio de Justicia.

Desde allí, el busto de Argibay quedará orientado hacia el edificio donde ejerció como ministra de la Corte Suprema. La imagen fue interpretada por varios de los oradores como una poderosa metáfora institucional.

No se tratará únicamente de un monumento. Será un recordatorio permanente de los valores que guiaron su carrera y, al mismo tiempo, una invitación a que quienes hoy integran el Poder Judicial mantengan viva esa forma de ejercer la magistratura.

Fue en ese contexto cuando Marcela De Langhe formuló una de las reflexiones más contundentes de toda la jornada.

Al destacar el lugar elegido para el homenaje, advirtió que la figura de Carmen Argibay quedará mirando hacia una Corte Suprema que hoy ya no tiene ninguna mujer entre sus integrantes: “Hubo mujeres en esa Corte y hoy no hay ninguna”.

La frase recorrió el recinto como una síntesis del desafío que aún enfrenta el sistema judicial argentino.

Porque el homenaje, insistieron los participantes, no pretende convertirse en un ejercicio de nostalgia.

Busca recordar que la igualdad de género nunca constituye una conquista definitiva, sino una construcción permanente que exige compromiso institucional todos los días.

Un nombre para una plaza, un mensaje para el futuro

Concluida la audiencia pública y cumplido el procedimiento de participación ciudadana previsto por la Constitución porteña, el pedido de los organizadores fue unánime: avanzar con la sanción definitiva de la ley.

Cuando eso ocurra, Plaza Lavalle incorporará un nuevo espacio a su geografía.

Pero quienes participaron del encuentro dejaron claro que el verdadero homenaje no será el busto, la escultura ni la placa.

Será que cada persona que atraviese ese paseo recuerde que, frente al edificio donde se toman las decisiones judiciales más trascendentes del país, una mujer demostró que la independencia no es un discurso, sino una práctica cotidiana; que la honestidad intelectual exige incluso sostener las decisiones más difíciles; y que el coraje de defender las propias convicciones puede dejar una huella mucho más perdurable que cualquier sentencia.

Porque, en definitiva, eso fue Carmen María Argibay.

Y eso es, precisamente, lo que la Ciudad busca preservar para las generaciones que vendrán.

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