El decano de la Facultad de Derecho de la Universidad de Palermo analizó, en diálogo con Quorum, los desafíos que enfrenta la formación jurídica ante el avance de la inteligencia artificial, la transformación de las relaciones sociales y la creciente complejidad de los conflictos. La importancia de los posgrados, la interdisciplinariedad, el pensamiento crítico y las nuevas competencias profesionales fueron algunos de los ejes de una conversación sobre cómo prepararse para ejercer la abogacía del futuro.
La transformación tecnológica, los cambios normativos y la aparición de nuevas formas de conflictividad están redefiniendo el ejercicio de la abogacía. En un escenario en el que la inteligencia artificial comienza a intervenir en la investigación, el análisis de información y la gestión jurídica, la formación profesional enfrenta un desafío que excede la actualización de conocimientos: preparar abogados capaces de interpretar una realidad cada vez más compleja, conectar disciplinas y construir soluciones estratégicas.
En diálogo con Quorum, Fulvio Santarelli, decano de la Facultad de Derecho de la Universidad de Palermo (UP), reflexionó sobre el papel de la educación de posgrado, la necesidad de incorporar herramientas tecnológicas y la importancia de preservar aquellas capacidades que distinguen el razonamiento humano.
Para Santarelli, la formación jurídica contemporánea debe responder a dos objetivos que, aunque pueden parecer contradictorios, resultan complementarios: profundizar los conocimientos en una especialidad y desarrollar una mirada interdisciplinaria.
“Los posgrados hoy son fundamentales para conseguir dos metas que parecen contradictorias, pero son complementarias: profundizar, por un lado, y alcanzar una mayor interdisciplinariedad”, explicó.
Según el académico, la complejidad del derecho exige profesionales capaces de dominar áreas específicas sin perder de vista el funcionamiento integral del sistema jurídico. En ese sentido, sostuvo que resulta indispensable construir una verdadera red de conocimientos que permita conectar disciplinas y abordar problemas desde diferentes perspectivas.
“Hoy no es pensable un abogado que no comprenda qué es blockchain o la inteligencia artificial”, afirmó.

Especialización e interdisciplinariedad: un nuevo modelo de formación jurídica
Durante décadas, la formación de posgrado estuvo vinculada principalmente con la profundización en una rama determinada del derecho. Sin embargo, Santarelli considera que ese modelo, por sí solo, ya no resulta suficiente para responder a los desafíos profesionales actuales.
La propuesta académica de la Universidad de Palermo busca integrar ambas dimensiones mediante una estructura que combina un núcleo común de conocimientos con orientaciones específicas en derecho constitucional, penal, privado, de familia y tecnología e inteligencia artificial.
Este esquema permite que profesionales con trayectorias consolidadas puedan profundizar en su especialidad y, al mismo tiempo, incorporar conocimientos de otras disciplinas.
El decano ejemplificó esta necesidad con el derecho penal, donde considera indispensable integrar contenidos relacionados con los ciberdelitos. Algo similar ocurre en el ámbito constitucional, donde las transformaciones tecnológicas generan nuevos interrogantes sobre derechos fundamentales, privacidad y regulación.
“Hoy no podríamos razonablemente otorgar un título de maestría en derecho penal si no entrenamos al profesional en ciberdelitos”, señaló.
En esta línea, la universidad incorporó contenidos vinculados con los aspectos constitucionales de la disrupción tecnológica, con el objetivo de analizar cómo las innovaciones impactan sobre las instituciones, las garantías y los derechos.
Para Santarelli, la clave consiste en comprender que ninguna especialidad jurídica puede desarrollarse de manera aislada de las transformaciones sociales y tecnológicas.
Inteligencia artificial: una nueva manera de ejercer y pensar el derecho
Uno de los principales ejes de la entrevista fue el impacto de la inteligencia artificial sobre el ejercicio profesional. Santarelli explicó que el interés de los abogados por las nuevas tecnologías atraviesa prácticamente todas las especialidades. No se trata únicamente de quienes buscan dedicarse al derecho tecnológico, sino también de profesionales que necesitan comprender cómo estas herramientas modifican sus áreas de práctica.
En derecho de familia, por ejemplo, la utilización de conversaciones de WhatsApp como prueba en conflictos alimentarios plantea nuevos desafíos vinculados con la evidencia digital. En materia penal, aparecen cuestiones relacionadas con los ciberdelitos, mientras que en el ámbito constitucional adquieren relevancia los debates sobre privacidad, libertad de expresión y protección de datos personales.
El decano también identificó otros campos emergentes, como la ciberseguridad, el neuroderecho, el impacto de las redes sociales sobre el comportamiento humano, el ciberacoso y la exposición de menores en entornos digitales.
“Hoy hay una integración de esas tecnologías en la vida social que hace que el abogado pueda inclusive prevenir estas problemáticas, pero debe conocerlas en sus orígenes y comprender cómo influyen en las personas y en la sociedad”, explicó.
Desde su perspectiva, el conocimiento tecnológico debe integrarse a la formación jurídica para que los profesionales puedan interpretar los nuevos conflictos y anticipar sus consecuencias.
Pero el cambio, advirtió, es todavía más profundo: la inteligencia artificial no solamente transforma las herramientas disponibles, sino también las formas de investigar, analizar y construir razonamientos.
“La inteligencia artificial está impregnando una nueva forma de razonar. Necesariamente, el abogado debe pensar junto con la IA, pero como rector, manteniendo la primacía del razonamiento humano y profesional”, sostuvo.
En ese sentido, remarcó que la capacidad de cuestionar los resultados producidos por estas tecnologías será fundamental para garantizar un ejercicio responsable de la profesión.
“Debemos poder ser críticos con la inteligencia artificial, y a ese profesional apuntamos a formar”, destacó.
El pensamiento crítico como principal diferencial profesional
Frente a herramientas capaces de procesar grandes volúmenes de información, el pensamiento crítico adquiere, según Santarelli, un valor central.
Para explicar esta idea, recurrió a una analogía futbolística: la capacidad de detenerse, levantar la cabeza y reconocer cuál es el mejor pase.
Esa imagen representa, para el decano, la habilidad de conectar conocimientos previos con nuevas herramientas y comprender cuál es la decisión más adecuada frente a un problema.
“El pensamiento crítico es la capacidad de parar la pelota, levantar la cabeza y mirar a quién le hago el mejor pase”, expresó.
La metáfora también permite comprender la importancia de la interdisciplinariedad. Así como un jugador debe interpretar el movimiento de todo el equipo, el abogado necesita reconocer las distintas dimensiones de un conflicto antes de definir una estrategia.
Para Santarelli, esta capacidad de integrar conocimientos será cada vez más valorada en el mercado profesional.
No alcanzará con disponer de información o utilizar herramientas avanzadas. El verdadero diferencial estará en interpretar esa información, establecer relaciones y determinar el camino más conveniente para resolver cada situación.

Posgrados flexibles y una formación conectada con la práctica
La transformación del ejercicio profesional también exige revisar las modalidades de enseñanza. En la Universidad de Palermo, la Maestría en Derecho contempla un esquema modular que permite combinar materias comunes con contenidos específicos y organizar el recorrido académico según los intereses y las posibilidades de cada estudiante.
Santarelli explicó que la flexibilidad responde tanto a criterios académicos como a las necesidades de quienes deben compatibilizar sus estudios con la actividad profesional.
Los alumnos pueden seleccionar materias de acuerdo con sus objetivos de especialización y sus disponibilidades horarias, construyendo un recorrido que articula profundización e interdisciplinariedad.
Otro aspecto destacado es el intercambio con docentes que combinan trayectoria académica y experiencia profesional. Para el decano, el cuerpo de profesores constituye un componente esencial de la formación, especialmente cuando se trata de abordar transformaciones recientes.
“Nuestra comunidad de profesores es clave porque representa esa conjunción entre la experiencia y lo nuevo”, afirmó.
Según explicó, contar con especialistas que participan activamente de los debates jurídicos y tecnológicos permite acercar a los estudiantes conocimientos que trascienden la teoría.
La experiencia previa de los propios alumnos también ocupa un lugar relevante. Muchos llegan a las maestrías después de varios años de ejercicio en estudios jurídicos, empresas, organismos públicos o el Poder Judicial.
Lejos de considerar esa trayectoria como un conocimiento acabado, Santarelli entiende que la universidad ofrece herramientas para sistematizarla, enriquecerla y proyectarla hacia nuevos desafíos.
“La experiencia adquirida en el trabajo es riquísima. Lo que hace un posgrado, una maestría, es ordenarla y darle sentido”, explicó.
En ese proceso, la resolución de problemas y la defensa de trabajos académicos cumplen una función central: permiten que los estudiantes reconozcan lo aprendido, fundamenten sus decisiones y desarrollen mayor autonomía intelectual.
El decano comparó esta dinámica con el entrenamiento físico, donde el progreso implica superar desafíos de manera constante. En el campo jurídico, ese entrenamiento se traduce en la capacidad de abordar problemas cada vez más complejos.
Volver a la universidad para repensar la práctica profesional
Para Santarelli, uno de los principales aportes de la educación de posgrado es la posibilidad de tomar distancia de la rutina y observar desde otra perspectiva los problemas cotidianos.
Durante el ejercicio profesional, los abogados suelen adquirir conocimientos mientras resuelven conflictos concretos, muchas veces bajo la presión de los plazos y las responsabilidades.
Sin embargo, ese aprendizaje no siempre permite detenerse a revisar los criterios utilizados.
La formación académica ofrece precisamente ese espacio de reflexión.
“Cuando venís a un posgrado, ese problema o esa experiencia la ponés en un lugar y la observás desde otro. Eso te ayuda a sistematizarla y capitalizarla mejor”, explicó.
En este sentido, destacó que regresar a la universidad no significa necesariamente comenzar desde cero, sino reorganizar los conocimientos adquiridos, cuestionar prácticas y desarrollar nuevas perspectivas.
El objetivo es fortalecer una mirada crítica sobre el propio ejercicio profesional y ampliar la capacidad de respuesta frente a situaciones futuras.
Educación online e intercambio internacional
Las modalidades virtuales e híbridas también modificaron el perfil de los estudiantes de posgrado y ampliaron las posibilidades de intercambio académico.
Santarelli señaló que la educación a distancia es una de las alternativas más elegidas por los alumnos de la Universidad de Palermo, gracias a la flexibilidad que ofrece para combinar formación y trabajo.
La institución cuenta con una plataforma que facilita el acceso a materiales, la investigación y la participación activa en las clases.
Además, la incorporación de estudiantes extranjeros permite enriquecer los debates mediante el intercambio de experiencias jurídicas de distintos países.
Como ejemplo, mencionó una clase de derecho privado y tecnología e inteligencia artificial en la que participó un estudiante peruano. Su experiencia permitió analizar el desarrollo regulatorio de la inteligencia artificial en Perú y contrastarlo con la situación argentina y europea.
Para el decano, estas experiencias demuestran que la internacionalización del aula no depende exclusivamente de la presencialidad y que las nuevas modalidades educativas pueden fortalecer la diversidad de perspectivas.

La actualización permanente, una exigencia que excede los cambios legislativos
Otro de los aspectos centrales de la conversación fue la necesidad de abandonar la idea de que la formación del abogado concluye con la obtención del título universitario.
Santarelli sostuvo que la actualización continua es una exigencia compartida por todas las profesiones, aunque considera que el ámbito jurídico todavía debe incorporar con mayor profundidad esa práctica.
Históricamente, explicó, la abogacía otorgó un gran valor al conocimiento doctrinario y a las bibliotecas especializadas. Sin embargo, las transformaciones actuales obligan a complementar ese patrimonio intelectual con una actualización sistemática.
El cambio no se produce únicamente cuando se sanciona una nueva ley o se modifica una regulación.
“No es que el derecho cambie cuando cambia la ley. Las dinámicas sociales determinan los cambios en el derecho”, advirtió.
En su análisis, las nuevas formas de relacionarse, comunicarse y ejercer derechos generan transformaciones que muchas veces preceden a las reformas legislativas.
Por eso, considera indispensable que los abogados desarrollen el hábito de actualizarse de manera permanente y aprendan a interpretar los cambios sociales que impactan sobre su actividad.
A la hora de elegir un posgrado, Santarelli destacó la importancia de evaluar la calidad del cuerpo docente, la flexibilidad, las oportunidades de vinculación profesional y la capacidad de anticipar nuevas demandas.
No obstante, señaló que el criterio decisivo debería ser la posibilidad de profundizar en una disciplina sin perder una perspectiva interdisciplinaria.
El futuro de la abogacía: menos tareas repetitivas y más valor estratégico
Al proyectar los próximos años del ejercicio profesional, Santarelli anticipó una transformación significativa de las tareas que actualmente realizan los abogados.
La inteligencia artificial, blockchain y otras herramientas tecnológicas modificarán los procesos de gestión, el análisis de información y numerosas actividades rutinarias que hoy forman parte del trabajo jurídico.
En ese escenario, considera que los profesionales deberán concentrarse progresivamente en tareas de mayor complejidad y valor agregado.
“Hay parte de la gestión que se va a llevar a cabo con inteligencia artificial. Debemos ubicarnos en el paso siguiente: un profesional que razone y haga cosas más difíciles”, explicó.
Lejos de interpretar esta transformación exclusivamente como una amenaza, el decano entiende que representa una oportunidad para ampliar las capacidades de la profesión.
“Vamos a ser capaces de hacer cosas mucho más difíciles que hoy son impensables, en la medida en que incorporemos las destrezas que nos da la inteligencia artificial y otras propias de valor agregado”, sostuvo.
En ese futuro, el abogado deberá combinar conocimientos jurídicos, dominio tecnológico y capacidad estratégica.
También adquirirán mayor relevancia las denominadas habilidades blandas, como la comunicación oral y escrita, la síntesis, la empatía y la capacidad de explicar ideas complejas con claridad.
Santarelli destacó que la posibilidad de expresar un argumento de manera precisa y concisa será cada vez más importante en un contexto caracterizado por la sobreabundancia de información.
Sin embargo, insistió en que el elemento determinante continuará siendo la capacidad humana de interpretar problemas, establecer prioridades y diseñar estrategias.
Para ilustrarlo, utilizó una comparación vinculada con la navegación: la tecnología puede facilitar el recorrido, pero es el profesional quien debe definir el destino y determinar el camino.
“Frente a una inteligencia artificial muy bien informada, lo humano le va a tener que poner estrategia”, afirmó.
Esa función estratégica requiere, además, una comprensión integral del derecho y la capacidad de trabajar con profesionales de otras especialidades.
“Tengo que saber dialogar con colegas que están parados en otros lugares. Y cuando digo dialogar no me refiero solamente a conversar, sino a ser capaz de producir soluciones en conjunto”, remarcó.
En definitiva, Santarelli considera que el abogado del futuro no será aquel que acumule mayor cantidad de información, sino quien logre integrarla, cuestionarla y transformarla en decisiones jurídicas fundamentadas.
“La capacidad de juicio estratégico va a seguir siendo humana”, concluyó.
En un escenario atravesado por la inteligencia artificial y la transformación permanente del conocimiento, la formación continua aparece así no solo como una herramienta de especialización, sino como una condición indispensable para que los abogados puedan adaptarse, anticipar desafíos y continuar aportando valor a la sociedad y al sistema de justicia.
