Nacido en 2001 de la unión de dos estudios con décadas de trayectoria, Clariá & Trevisán celebra su primer cuarto de siglo con una identidad renovada y distintas generaciones compartiendo la conducción. En diálogo con Quorum, sus diez socios reconstruyen el origen de la firma, los valores heredados, la apuesta que los convirtió en referentes del derecho deportivo y el desafío de incorporar la inteligencia artificial sin resignar el criterio profesional ni la dimensión humana de la abogacía.
Alrededor de una misma mesa conviven distintas generaciones, apellidos que están desde el origen y otros que se incorporaron después. Algunos pueden reconstruir en primera persona el momento en que dos estudios decidieron convertirse en uno; otros recibieron aquella historia y hoy tienen la responsabilidad de proyectarla hacia adelante.
Por eso, hablar de los 25 años de Clariá & Trevisán no supone solamente contar el tiempo transcurrido desde su creación. Detrás de ese primer cuarto de siglo aparecen raíces mucho más profundas, que se remontan a 1922 y 1942, y una pregunta que atraviesa buena parte de la conversación: cómo honrar una historia sin quedar atrapados en ella.
El estudio nació en 2001 a partir de la unión de dos firmas con identidad propia: Clariá Olmedo, fundada en 1942, y Trevisán, cuyos orígenes se remontan a 1922. La decisión significaba reunir estructuras, clientes, equipos y culturas profesionales construidas durante décadas.
“No fue una fusión improvisada. Fue una decisión absolutamente meditada, analizando las características de cada uno de los estudios y qué podíamos sumar”, recuerda José Clariá.

Las conversaciones con Juan Carlos Trevisán habían comenzado varios años antes. Además de colegas, ambos eran amigos y compartían valores y una concepción semejante sobre el ejercicio de la profesión. La sintonía, sin embargo, no hacía sencillo abandonar dos estructuras con décadas de historia para crear algo nuevo. Necesitaron cerca de tres años para tomar la decisión.
Finalmente avanzaron. Buscaron asesoramiento externo, realizaron un proceso de coaching y trabajaron desde la organización interna hasta el nombre, el logo y la comunicación institucional.

En ese proceso fue fundamental Juan Bautista Trevisán. Los diez socios reconocen su aporte, su compromiso y la rigurosidad con la que contribuyó a sentar las bases de lo que hoy celebran. Juan Bautista ya no está físicamente, pero permanece en mucho de lo que construyeron juntos: en decisiones que llevan su impronta, en una manera de trabajar y en un proyecto que ayudó a imaginar cuando todavía estaba tomando forma.
La mudanza se concretó el 8 de septiembre de 2001. Tres días después se produjeron los atentados contra las Torres Gemelas y, poco más tarde, la Argentina entró en una de las crisis económicas e institucionales más profundas de su historia.
“El primer gran desafío que tuvo el estudio, en el cual hubo que ponerse a trabajar codo a codo, fue el corralito”, recuerda Daniel Clariá. Durante enero de 2002, prácticamente nadie se tomó vacaciones: había que encontrar respuestas jurídicas frente a una realidad para la cual tampoco existían antecedentes claros.

Para Juan Carlos Trevisán, aquella crisis terminó validando buena parte del trabajo previo: “Los procesos, los mecanismos de trabajo y el armado de equipos se probaron en menos de seis meses y creo que a partir de ahí se consolidó todo lo que vino después durante estos 25 años”.
Una identidad que ya no depende de los apellidos
La fusión era apenas el comienzo. El desafío siguiente consistía en transformar dos historias en una tercera. Llegaron procesos de profesionalización, protocolos internos, un manual de funcionamiento y hasta una certificación ISO que permitió unificar criterios entre profesionales provenientes de culturas diferentes.
Con el tiempo también ingresaron nuevas generaciones y socios provenientes de otros recorridos. Y alrededor de la mesa aparece una coincidencia: recibir una historia puede ser un privilegio, pero también impone la obligación de hacer algo propio con ella.
“Recibir toda esta historia es un privilegio, pero también una responsabilidad”, sintetiza Mariano Clariá. El desafío fue respetar la tradición jurídica recibida “sin quedar atrapados” en ella. “Hoy no hay duda de que Clariá & Trevisán tiene su propia identidad. No reniega de su historia ni de su tradición, pero tiene una identidad propia”.
La historia, en definitiva, funciona como punto de partida, no como refugio.

El derecho deportivo, una apuesta cuando todavía no era una apuesta
Cuando se produjo la fusión, ambos estudios tenían fortalezas consolidadas en derecho privado, familia y sucesiones, derecho comercial y real estate. Pero hubo una decisión que terminaría modificando el perfil de la firma: desarrollar una práctica específica de Derecho Deportivo.
Hoy puede parecer una elección natural para un estudio identificado con esa especialidad. En 2001 no lo era. Se trataba de un área todavía incipiente en la Argentina y el derecho internacional del fútbol recién comenzaba a adquirir una estructura regulatoria más sofisticada.
La apuesta, además, no empezó buscando clientes sino conocimiento.
“Empezamos desde el conocimiento: dando clases, estudiando e investigando”, recuerda Rafael Trevisán.
La actividad académica fue seguida por la práctica profesional y, con los años, la firma comenzó a intervenir en operaciones y conflictos vinculados con clubes, asociaciones, federaciones, jugadores, entrenadores, agentes e inversores. Durante una década fue, además, asesora de Boca Juniors.

La experiencia también muestra algo que se repite en otros momentos de la historia del estudio: especializarse sin perder una mirada integral. Actualmente Clariá & Trevisán estructura su trabajo alrededor de cuatro grandes áreas: Derecho Corporativo, Derecho Deportivo, Familia y Sucesiones y Real Estate.
“El estudio siempre tuvo una base muy fuerte en derecho civil y derecho privado y, a partir de ahí, creemos que todo se conecta”, explica Marcos Clariá.
Un cliente puede llegar por una sucesión y terminar necesitando asesoramiento societario o inmobiliario. Un futbolista puede requerir asistencia para una transferencia internacional y, años después, consultar por planificación patrimonial, inversiones o una situación familiar. Cambia la especialidad; la persona sigue siendo la misma.

Primero la persona, después la herramienta jurídica
Ese concepto aparece con especial claridad cuando la conversación llega a Familia y Sucesiones. Planificar una herencia, dividir un patrimonio o intervenir en un conflicto familiar requiere conocimientos técnicos, pero los socios plantean una instancia anterior: comprender qué busca realmente quien está sentado del otro lado del escritorio.
José Clariá lo resume en una frase: “Primero decime bien qué querés. Hay que entender, meterse en la persona; el ropaje jurídico viene después”.
La afirmación adquiere otra dimensión frente a familias empresarias o patrimonios donde una decisión personal puede repercutir sobre sociedades, inmuebles, inversiones y proyectos compartidos.
Si hay una expresión que se repite durante la charla es “atención personalizada”. Clariá & Trevisán se define como un estudio boutique no solamente por sus áreas de especialización, sino por la relación que busca construir con cada cliente.
“Cada cliente, sea con la facturación que sea, tiene que recibir tiempo, importancia y cercanía”, afirma Sofía Trevisán.

Esa misma lógica atraviesa puertas adentro: los socios mantienen contacto directo con los clientes y buscan que los abogados más jóvenes puedan recurrir a ellos para discutir un asunto o plantear una duda.
Para Santiago Casares, la cercanía exige hoy algo más: “Tenemos que conocer las industrias de nuestros clientes para poder dar un consejo efectivo”.
La relación puede extenderse durante décadas e incluso atravesar situaciones inesperadas. Los socios recuerdan casos de personas o instituciones que estuvieron enfrentadas judicialmente al estudio y, después del conflicto, decidieron contratarlos. Habían valorado, aun desde la vereda contraria, la forma en que fueron tratados.

Para Juan Carlos Trevisán, esa concepción también implica que el tamaño del asunto nunca determine el compromiso: “Si hay un vencimiento de un asunto insignificante, es un cliente del estudio y hay que dedicarle lo mismo que al más grande o al más importante”.
Diferentes generaciones frente a la inteligencia artificial
En una firma construida sobre más de un siglo de tradición jurídica, hablar de inteligencia artificial podría parecer, a primera vista, hablar de dos mundos distintos. Alrededor de la mesa, sin embargo, la discusión no pasa por incorporarla o resistirla, sino por definir hasta dónde debe llegar.
“Las dos generaciones, hoy presentes en el estudio, hemos tenido capacitación en inteligencia artificial y las dos generaciones la estamos implementando”, explica Andrés Saravia.
Su mirada tiene una particularidad: es una de las incorporaciones más recientes y llegó después de haber trabajado en otras firmas, sin pertenecer a ninguna de las familias fundadoras.
“Siempre miré al estudio con enorme admiración. Cuando me convocaron fue una ilusión enorme”, cuenta Saravia. Una vez adentro, dice, encontró algo que ya percibía desde afuera: una combinación entre capacidad profesional y relaciones humanas.

Para Santiago Clariá existe, sin embargo, una frontera clara: “La inteligencia artificial es algo que llegó y no podemos darle la espalda. Pero de ninguna manera tiene que reemplazar el criterio que nosotros tenemos”.
Conocer la historia del cliente, comprender su industria, anticipar las consecuencias de una decisión y ponderar factores que exceden la letra de una norma siguen siendo responsabilidades humanas.
José Clariá lo sintetiza en otra máxima: “Alguien es buen abogado cuando comprende los efectos no jurídicos de las decisiones jurídicas”.

Lo que una generación le deja a la siguiente
Cuando la conversación por los 25 años vuelve sobre quienes estuvieron antes, las respuestas empiezan a parecerse. Cambian las palabras, pero aparecen una y otra vez el trabajo, la honestidad, la curiosidad, el esfuerzo, la pasión, la ética y la responsabilidad.
Daniel Clariá conserva una enseñanza que recibió de aquella generación: revisar antes de actuar y, especialmente, “no hacer nada en la profesión que te saque el sueño”. Juan Carlos Trevisán habla del “absoluto fanatismo por la corrección”, mientras Sofía Trevisán lo condensa en “honestidad, pasión y trabajo”.
Santiago Casares rescata la curiosidad que aprendió de Juan Bautista Trevisán: investigar, preguntar y no conformarse con la primera respuesta. Y Rafael Trevisán vuelve a sus propios comienzos en el estudio, cuando realizaba tareas de cadete: “Desde que entré al estudio no me regalaron nada. Aprendí a ganarme el lugar con esfuerzo, con creatividad y tratando de ir más allá de lo que me daban”.
La anécdota adquiere otro significado en una firma atravesada por apellidos familiares: la continuidad no aparece planteada como un derecho adquirido sino como una responsabilidad.
Mariano Clariá suma una característica que, según explica, permite la convivencia entre generaciones y especialidades: “Hay un espíritu colaborativo entre todos. Un día te toca estar de un lado, otro día en otro; alguna vez uno lidera y otra vez lidera otro. No importa: todos están al pie del cañón”.
Más que transmitir un apellido o una firma, lo que parece haber pasado de una generación a otra es una determinada manera de ejercer la profesión.
Renovarse sin empezar de cero
Los 25 años encontraron al estudio revisando también su identidad visual. No se trató solamente de cambiar un logo, sino de preguntarse qué firma habían construido, cómo los percibían sus clientes y qué querían mostrar hacia adelante.
El ejercicio dejó algunos datos interesantes: había quienes los identificaban exclusivamente con Derecho Deportivo y quienes seguían asociando el nombre principalmente con Familia y Sucesiones. El crecimiento y la diversificación de la firma no siempre habían tenido un correlato en la manera de contarla.
“Antes de comunicar hacia afuera quiénes somos, tenemos que saber nosotros qué somos y qué queremos comunicar”, explica Sofía Trevisán.

El aniversario apareció entonces como una oportunidad para ordenar ese relato y mostrar una organización con cuatro áreas consolidadas, mayor especialización y nuevas generaciones, pero sin desprenderse de los atributos que atravesaron su historia.
También permitió detenerse a celebrar. Los 20 años habían coincidido con la pandemia; los 25 recuperaron algo que los socios reconocen como parte de la cultura del estudio: los encuentros con el equipo, los reconocimientos y los festejos con las familias.
Pero nadie alrededor de la mesa parece interpretar el aniversario como un punto de llegada.
José Clariá recurre entonces a una imagen alejada de los códigos y los tribunales para explicar el futuro: “Los que entienden algo de náutica saben que el timón nunca está quieto. Para conducir el barco hay que corregirlo permanentemente”.
Después de 25 años como Clariá & Trevisán y con más de un siglo de historia acumulada detrás de sus apellidos, la metáfora termina reuniendo buena parte de lo conversado alrededor de esa mesa: conservar el rumbo sin dejar de mover el timón.
