En una entrevista sin atajos, el reconocido periodista Luis Majul habla del Poder Judicial como un espacio con zonas oscuras, del impacto que tuvo Jorge Lanata en su vida, y de cómo cambió la conversación pública desde que Javier Milei asumió la Presidencia. Reivindica el periodismo de datos en un ecosistema ruidoso y dice que no todo es grieta, pero que hoy convivir con ella es inevitable.
¿Qué es la justicia para vos?
Es una pregunta enorme. En abstracto, la justicia no es nada. Cuando escucho la palabra “justicia”, lo primero que pienso es en igualdad ante la ley. Pero en la práctica, para cada persona hay una justicia distinta, una justicia a su medida. Depende. Para Cristina Fernández de Kirchner, por ejemplo, la justicia es que no se investigue a nadie después de todos los actos de corrupción que cometió y que se probaron. Para muchos argentinos, la justicia es ficha limpia, que el sistema político no tenga gente condenada en firme para que siga utilizando el Estado para robar. Hay grandes actos de justicia y grandes actos de injusticia en la vida cotidiana que se traducen en las peleas de vecinos o en las discusiones cuando dos autos chocan. Hay infinidad de acepciones vinculadas con la Justicia.
¿Tenías expectativa de que se aprobara Ficha Limpia?
Sí, tenía expectativa. Silenciosamente, y junto con muchos otros, fui uno de los que empujó la iniciativa, incluso desde Change.org y desde las coberturas periodísticas. Este proyecto de Ficha Limpia, en particular, era bastante completo y apuntaba verdaderamente a que el sistema político por lo menos se pudiera dar el pequeño lujo en la Argentina de no tener en los puestos públicos ni en las listas de legisladores gente que haya sido condenada en segunda instancia.
¿A qué atribuís que no se haya aprobado?
Depende de la lectura. Pero merece una respuesta no superficial. ¿A quién le convenía que no saliera Ficha Limpia? Primero, a Cristina Kirchner. Segundo, a todos los que la apoyan. Tercero, a quienes especulaban con que la ley podía darle protagonismo a Silvia Lospennato en un momento electoral clave. Cuarto, a los que de manera genuina dentro del Gobierno piensan que para competir en elecciones libres y democráticas no necesitan que entre comillas proscriban a nadie. A partir de esas distintas hipótesis que cada uno se hace sus propias conclusiones.
¿Cómo evaluás el trato del actual gobierno con la prensa?
Yo te diría particularmente el presidente Javier Milei. Esto es algo que en los reportajes se lo pregunté públicamente a él y también lo dije en ámbitos privados. No comparto la idea de insultar al voleo, ni a la gente ni a los periodistas. Entiendo que Milei quiere que los periodistas reconozcan sus errores y pidan disculpas y eso me parece legítimo. También entiendo que existe una fuerte tendencia -particularmente en un partido, en una fuerza política que ganó las elecciones, y en un presidente que lo hizo de una forma inusual y poco tradicional- a interpretar cualquier opinión, conclusión, deducción o hipótesis como un ataque personal. Comprendo que, en parte, esto responde a un impulso genuino de su personalidad, y en parte, a una estrategia deliberada. Pero también veo una tendencia a interpretar cualquier opinión como un ataque personal. Parte de eso es su personalidad, y parte es estrategia. Los analistas de medios ya han demostrado que ser agresivo durante una campaña da resultados. Lo comprendo pero no lo comparto. Hay una asimetría real entre un Presidente que tiene el poder de insultar desde una cuenta oficial y cualquier otra persona. Que después digan “Majul es un tibio” o “está ensobrado” es otra cosa. Lo que sí entra en contradicción con uno de los razonamientos de Milei -no sé exactamente qué piensa, pero él suele decir- es que hay que prestar atención cuando un periodista o un medio siempre se enoja para el mismo lado. Bueno, eso a mí no me lo pueden atribuir. Porque no suelo ver conspiraciones donde no las hay, ni tengo un sesgo para analizar a este gobierno. De hecho, si me preguntás, es público y evidente que estoy de acuerdo con el rumbo macroeconómico que está tomando. Y eso no me convierte ni en mileísta, ni en libertario, ni en un seguidor de “la fuerza del cielo”. También lo digo en el chat de la radio, en El Observador 107.9: cada vez que alguien intenta correrme por izquierda o por derecha, respondo como corresponde. Me parece que esa conversación pública es bastante horizontal… y también bastante entretenida.
¿Te condiciona que hablen de periodistas “ensobrados”?
No. Soy periodista desde los 17 años. Las cosas que se han dicho de muchos colegas… Eso le debe preocupar a los que realmente lo son. A mí no me molesta. Entiendo que es una estrategia del gobierno: que cada uno se sienta aludido. Al que le quepa el sayo, que se lo ponga.

¿Se puede superar la grieta?
Por ahora no. Hay que convivir y sobrevivir a ella. Esa idea de que el futuro del mundo -y de la Argentina en particular- será una especie de paraíso… No. Siempre estamos buscando el paraíso, el Nirvana, ¿no? Pero eso no existe. Hay que convivir con lo que tenemos. Y yo lo comprendo. Hace muchos años que trabajo en medios de comunicación. Soy una persona muy curiosa y sigo siéndolo. Me parece fantástico lo que pasó con las redes sociales, su irrupción y la relevancia que adquirieron. Me gusta mucho que la comunicación sea más horizontal que vertical. Y así como vos me preguntás, yo te respondo: no me molesta el revoleo de “ensobrados”, ni para mí ni para nadie. Que se lo ponga quien le quepa. Ahora bien, la idea de que sale un presidente o un ministro a criticar con nombre y apellido a un periodista y que tengamos que salir todos a defenderlo… me parece una tontería. Que cada uno se defienda como pueda. No me gusta la lógica corporativa, ni el “ellos” victimizando a una profesión o a un grupo de periodistas. Hay periodistas serios, muy serios. Hay periodistas chantas, atolondrados. Y también hay quienes tienen un rigor enorme para chequear la información y para separar claramente opinión de noticia. Eso hay que valorarlo. Pero, como en cualquier profesión, hay de todo: también hay chorros de la peor calaña. Y, como diría mi querido colega y amigo Jorge Lanata, en el periodismo hay más puterío por metro cuadrado que en cualquier otra profesión. Porque hay una confusión: el hecho de firmar una nota, o aparecer en radio o en televisión, hace que algunos se crean más importantes que el resto, como si tuvieran cierta superioridad. Pero no es cierto. No la tenemos. Es verdad que yo pienso como periodista las 24 horas del día, pero eso no significa que crea que mis opiniones o incluso los datos que puedo aportar, sean infalibles. Todo es discutible.
No te creés el dueño de la verdad…
Nunca. Soy un poco intenso y a veces eso puede confundirse con asertividad. Pero no. Yo dudo. Dudo todo el tiempo.
¿El espacio de Jorge Lanata es fácil de llenar?
No. Para mí, Jorge era el mejor de todos nosotros. Tenía rigor investigativo, carisma, sensibilidad. Y con los años se volvió más generoso y empático. Yo escribí su biografía no autorizada. Cuando la escribía, contrastaba lo que él decía con la realidad. Todos tendemos a contar nuestras vidas con un sesgo positivo. Empieza a usar las anécdotas que involucran a la gente que estuvo cerca, les pone un poco más de “IVA”, se vuelve más protagonista de su propio relato. En su caso, cuando distintos episodios de su vida empezaron a contrastarse con la realidad, él se fue dando cuenta de que yo, a pesar de nuestra cercanía, iba a escribir una biografía no autorizada. Porque eso fue: la investigué, la escribí, la publiqué… Fui a buscar el primer ejemplar a la imprenta y se lo llevé personalmente. Su respuesta fue sorpresiva pero la entendí. Me dijo: “Gracias por el libro. No lo voy a leer nunca”. Y me explicó con sinceridad que no iba a tener la templanza de enfrentarse a esas páginas. Lo comprendí. Antes de morir, intentó varias veces hacer su propia biografía pero eso nunca llegó a concretarse. Aún así, para mí fue un acto de generosidad. Cuando me rechazó el libro, le dije: “Bueno, parece que este va a ser el triste final de nuestro vínculo. Hice lo que creí correcto”. Porque nuestra generación de periodistas estuvo muy peleada consigo misma. Cuando teníamos 40, peleábamos con todos. Después crecimos, nos conocimos más, nos entendimos mejor. Le dije: “Lo que hice es lo mismo que hubieras hecho vos. No creo que esto dañe nuestro vínculo”. Y él me respondió: “No, no. Esto no lo va a dañar jamás”. Y así fue. Hasta el último día, valoró lo que hice. Además, no se trató de una biografía condenatoria ni crítica. Su vida tenía mucho de rockstar. De hecho, siempre sentí que la biografía no autorizada de Jorge Lanata tenía más semejanzas con Life, la autobiografía de Keith Richards, que con cualquier otra cosa: brutal, cruda, honesta, con sus adicciones y su vida desbordada. Jorge no vivía tan distinto para ser un periodista en Argentina. Después, agradeció mucho el museo que armamos. Me tocó coordinar una encuesta: primero entre periodistas en actividad, luego entre los más destacados según sus pares, y finalmente una muestra representativa de la población. Y, como era de esperarse, él salió primero. En la inauguración, Jorge estuvo presente. Habló en un espacio que llamamos Speaker’s Corner, como aquel rincón icónico del periodismo mundial. Me agradeció muchas veces por esa generosidad, y yo le agradecí su amistad. En ese museo incluimos a comunicadores y periodistas con los que uno podía tener afinidad o no: desde Víctor Hugo Morales, pasando por Rodolfo Walsh, hasta Daniel Hadad, Jorge Guinzburg o Juan Alberto Badía. Fue una selección impresionante, y me parecía que valía la pena hacerla. Lo único que decidí fue no incluirme en la encuesta. Podría haber salido elegido o no, pero preferí mantenerme al margen. Con razón, muchos habrían sospechado.

¿Cómo evaluás al Poder Judicial?
El Poder Judicial tiene muchos agujeros negros. Como el periodismo, necesita revisarse. El sistema judicial argentino tiene muchos procedimientos que deberían ser revisados. Algunos son técnicos, incluso exceden mi conocimiento, pero está claro que es necesario reformarlos. Desde el Código Penal hasta el sistema acusatorio -por citar sólo dos ejemplos- hay mucho por revisar. Pero también hace falta una toma de conciencia más profunda sobre lo que significa ser fiscal o juez. Conozco a muchos jueces y a muchos fiscales, conozco a pocos que no sientan y ejerzan ese poder de manera muy responsable. No digo que todos sean irresponsables pero sí que es muy fácil dejarse llevar por el poder que implica una firma: la de un fiscal o un juez que puede definir si una persona va presa o no. Y sería incompleto hablar sólo del Poder Judicial sin mencionar a ciertos abogados penalistas. A veces, encontrarse con uno de ellos es como encontrarse con alguien que te salva la vida. Ese tipo de cosas también hay que revisarlas. Argentina, en los últimos años, ha sostenido niveles bajísimos de institucionalidad. El kirchnerismo no sólo dejó más pobreza y una cultura pobrista -nefasta para el presente y para las generaciones futuras-, sino que también instaló una relación con la Justicia marcada por la arbitrariedad. Por cercanía al poder, se habilitaron comportamientos que nunca debieron permitirse. Hacen falta reglas claras, división de poderes real, transparencia y organismos independientes. Que se entienda de una vez por todas qué poder tiene más influencia y cuántos jueces o fiscales aún responden a padrinazgos políticos. Todo eso le sigue faltando a la Justicia argentina. Dicho esto, no creo en el nirvana judicial. La Justicia no es ajena a la mirada del ciudadano común: hoy predomina una percepción condenatoria, impaciente, despectiva sobre su funcionamiento. No abono esa idea. No creo que todo sea corrupción, ni abono esa mirada cínica que dice que “todos los jueces son corruptos”, “todos los fiscales son una porquería” o “todo está arreglado”. No. Hay muchos mecanismos que necesitan ser revisados, sí. Pero también hay gente muy seria, muy proba, que merece reconocimiento.
¿Y qué reformas creés que pueden mejorarlo?
No quiero eludir la pregunta, pero son respuestas para especialistas. Hay otro problema que tenemos los periodistas: somos un océano de conocimiento con un centímetro de profundidad. Y, la verdad, a medida que pasan los años, yo pregunto cada vez más. Por supuesto, con el tiempo fui aprendiendo algo de macroeconomía y microeconomía gracias al ejercicio del oficio. Pero no soy economista. Consulto con especialistas. No soy capaz de afirmarte, por ejemplo, si hoy lo mejor para la Argentina es la flotación del dólar. Estimo que sí, por lo que veo en los resultados con este tipo de cambio totalmente libre, pero no me animo a afirmarlo con certeza. Lo mismo me pasa cuando hablamos del sistema acusatorio. Quiero escuchar al ministro de Economía, a los fiscales, al Procurador General. Que digan claramente: “El sistema acusatorio está perfecto, pero necesitamos financiamiento”. Porque si le vas a dar a los fiscales toda la responsabilidad de llevar adelante las investigaciones, pero sólo les das un alfiler y un hilito, mientras los que piensan cómo chorear al Estado se mueven en jet, entonces las intenciones podrán ser buenísimas, pero implementarlo va a ser muy problemático y muy difícil.
Pasando a lo profesional: ¿Cómo te sentís hoy en tu trabajo?
Yo siempre estoy buscando más excelencia, más audiencia. Vos que sos periodista lo vas a entender: soy una persona curiosa. No me considero competitiva en un sentido enfermo, sino competitiva de manera festiva. Para mí, la competencia son las audiencias. Cuando hablo con expertos en comunicación, siempre cito esa frase de Jeff Bezos: “Netflix no solo compite contra la industria del entretenimiento, sino contra la industria de la atención. Incluso compite con el sueño de las personas.” Y es cierto. Muchas veces, Netflix -o lo que representa- compite con el momento en que una persona debería dormir. A mí también me encanta competir en ese sentido. Yo entiendo que cuando termine esta entrevista, alguien va a estar leyéndola o viéndola, y en ese mismo momento yo voy a estar compitiendo por su atención. Si lo que digo no le resulta interesante, esa persona va a revisar el celular, la última notificación de una empresa de logística, un mensaje de su pareja, del trabajo o del grupo de amigos. Vivimos en una especie de Torre de Babel, una babel peligrosa y apasionante. Y también es fascinante entenderla. Un amigo mío fue hace unos años a un seminario en Silicon Valley -creo que se llamaba Singularity- donde se hablaba de cómo sería la sociedad del futuro. Ya entonces se decía que la industria de la atención iba a devorar todas las otras, porque los seres humanos tienden a vivir cada vez más, pero no siempre están preparados física o mentalmente para tener una vida laboral activa hasta el final. Eso genera un crecimiento brutal de la industria de la atención, donde los trabajos se van parcelando: atención, servicio… Y eso ya está pasando. Por eso me río un poco cuando se divide todo de forma tan esquemática: periodismo profesional, periodismo de investigación, redes sociales, TikTok, medios tradicionales, reportajes, formatos… Es todo un gran quilombo y hay que saber dónde se para uno. Y también cuándo dejarlo. Cuándo esa locura no te domina la cabeza ni las emociones. Cuándo podés usarla como herramienta válida. Hoy, por ejemplo, estaba viendo una optimización para usar mejor ChatGPT y era buenísima, muy sencilla, muy útil.
¿Hay algo que no volverías a hacer?
Yo nunca miro hacia atrás y la verdad es que lo considero un defecto. Aunque también tiene su lado bueno: no creértela. Es como esos tipos que, en tiempos del Imperio Romano, acompañaban a los generales vencedores repitiéndoles: “Sos mortal, sos mortal, sos mortal.” Esa voz que te recuerda que no te la tenés que creer, que está buenísimo tener. Pero también estoy empezando a revisar la parte negativa de eso. No detenerme a pensar: “Che, mirá todo lo que lograste”. Por ejemplo, con El Observador 107.9 arrancamos el 1 de mayo de 2023. Hace apenas dos años, y el crecimiento que tuvimos en oyentes reales, en tiempo medio de escucha, en streaming… es impresionante. A veces me río porque hay colegas que dicen: “Yo tengo un canal de streaming, mirá todos los videos que tengo”. Bueno, nosotros competimos con muchas propuestas de streaming y, en muchos casos, les ganamos por lejos. Porque somos una radio que streamea y eso no es lo mismo. Es un concepto que me transmitió Sebastián Hochbaum y que adopté. Lo cito porque no quiero que parezca que le robé la idea. Somos una radio que streamea y lo hacemos muy bien. Competimos con la televisión, con las radios de frecuencia, con los canales de streaming, con todo. A veces ganamos, a veces perdemos. Cuando perdemos, no pasa nada. Cuando ganamos, festejamos y seguimos adelante. No suelo pararme en ese lugar de festejo, de valorar lo que conseguimos. Y creo que debería hacerlo más. Pero bueno, lo pienso como si estuviera en sesión con un psicoanalista… si a vos no te parece mal.


Para nada. ¿Y hoy cuál es el principal desafío para los medios?
Los medios, en general, enfrentan desafíos simultáneos. Uno es el del periodismo de calidad. Y lo vuelvo a decir: el periodismo de calidad tiene que ser aún mejor. Tiene que equivocarse menos y ser más preciso. Yo eso lo tomo para mí. Nosotros, por ejemplo, somos -te diría- casi el único programa de televisión con un perfil de investigación que chequea datos y los muestra en pantalla. No quiero sonar canchero ni autorreferente, pero no hay otro programa como La Cornisa. Tal vez haya aparecido alguno y me lo perdí, pero no conozco otro así. Y no es sólo televisión. En los portales, en las home, incluso en redes sociales, el desafío es el mismo. Yo soy muy picante en redes, pero lo que no me puedo permitir es machetear un dato, decir una mentira. Ese es el gran desafío del periodismo hoy: sostener la rigurosidad, incluso en los formatos más fugaces. El otro desafío es aceptar que ya no hay una verticalidad informativa. Hay una horizontalidad que a muchos colegas les cuesta procesar. Ya no es como en los ’90, cuando parecía que cualquier cosa que decíamos los periodistas era palabra santa. Eso ya no sucede. Por eso a veces me gusta responder los mensajes como si estuviera chateando desde el mismo lugar que la persona del otro lado. Porque, aunque tenga esta herramienta que me permite comunicar, también soy un ciudadano más. Hace rato que dejó de existir la idea de la infalibilidad del Papa… ¿por qué los periodistas deberíamos ser infalibles? Otra cosa muy distinta es caer en la lógica de sentarse a decir “son todos ensobrados”. Eso ya es táctica, estrategia. Y no solo pasa en el periodismo: pasa también en el gobierno. Hay que mirar con atención lo que se está haciendo. Ya hubo varias situaciones donde se puso en duda si se está diciendo toda la verdad. Yo les diría a los asesores del gobierno que abandonen esa idea de infalibilidad. No existe. Aunque les esté yendo bien en términos económicos -y me parece bien que así sea- eso no les da derecho a sostener que todos los demás se equivocan.
Para terminar una pregunta que hacés siempre a tus entrevistados…
¿Cuál? ¿Tenés miedo?
No era esa, pero ¿tenés miedo?
Tengo los miedos de cualquier mortal. Soy mortal.
Me refería a si sos feliz.
Sí, soy feliz. Tengo mis momentos, como todos. Ser feliz todo el tiempo -no sé si lo dijo Borges, pero coincido- se parece más a la estupidez que a la verdadera felicidad.
¿Y qué te hace feliz?
Más que nada, me hacen feliz mis hijos y mi familia. Después, el trabajo también me da felicidad en ciertos momentos, aunque eso a veces es una trampa, porque la felicidad vinculada al trabajo puede confundirse con adicción. Probablemente, en mi caso, sean un poco las dos cosas. Estoy tratando de mejorar en algo: no pensar que todos los problemas laborales -por más que disfrute mucho lo que hago- son de vida o muerte. Porque no lo son. Hay distintas categorías de problemas. La primera, sin dudas, es la salud. Todo lo demás viene después.
