En un Congreso atravesado por la fragmentación y la tensión política, el jefe del bloque PRO en la Cámara de Diputados, Cristian Ritondo, analiza el delicado equilibrio entre acompañar al oficialismo y sostener identidad propia. Defiende el rol de su espacio como garante de gobernabilidad, detalla la agenda de reformas estructurales y advierte sobre los riesgos de una polarización que erosione la calidad institucional.
Cristian Ritondo, presidente del bloque del PRO en la Cámara de Diputados, se ha consolidado como una pieza fundamental en el amalgamiento legislativo que sostiene las reformas del actual Gobierno. En un escenario de alta fragmentación, su rol consiste en equilibrar el apoyo a la gestión de Javier Milei con la preservación de la identidad y la experiencia técnica de su propio partido. Para Ritondo, el PRO no es un mero acompañante, sino un actor central que aporta cuadros técnicos y propuestas legislativas propias en áreas críticas como la seguridad, la educación y la modernización laboral, buscando siempre dotar de previsibilidad al rumbo económico del país.
En esta entrevista, el legislador profundiza sobre las tensiones internas y externas que atraviesa la política argentina actual. Desde la necesidad de reformar el sistema electoral y el Código Penal, hasta la visión sobre el impacto de las medidas económicas en el “kilómetro cuadrado” del ciudadano común, Ritondo defiende la importancia del déficit cero y la inversión privada como motores de reconstrucción. Con una mirada puesta en el futuro electoral y la consolidación de una alternativa republicana, reafirma que el objetivo final de su espacio es asegurar que las transformaciones propuestas se traduzcan en resultados concretos para la sociedad, actuando como los verdaderos garantes del cambio.
Diputado, la pregunta obligada es por la centralidad que ha ganado su bloque en el trabajo cotidiano de la Cámara. ¿Cómo se logra, en la práctica, lidiar con las tensiones lógicas de ser un aliado estratégico del Gobierno y, al mismo tiempo, contener a una tropa propia que tiene su propia historia y peso territorial?
La verdad es que nosotros nos sentimos muy cómodos en muchas de las leyes y proyectos que están llegando al recinto. Si bien acompañamos la dirección general, cuando tenemos dudas o matices, los planteamos de frente y públicamente. Lo hemos hecho, por ejemplo, con la modernización laboral o temas puntuales como las licencias y el cobro por billeteras virtuales, donde propusimos modificaciones concretas. Hay un gesto que valoro mucho del Presidente de la Nación: la oportunidad de representar a la Cámara de Diputados en el Consejo de Mayo. Estuvimos un año entero elaborando gran parte de los proyectos que hoy se discuten; por eso, cuando llegan, yo siento que ya los trabajé antes. Pudimos aportar muchísimo desde lo que es la agenda legislativa histórica del PRO. De hecho, hay mucha letra nuestra en la modernización laboral; todo lo que tiene que ver con la regulación de las aplicaciones de servicios es parte integral de un proyecto que yo mismo presenté hace tiempo y que trabajamos codo a codo con los trabajadores del sector. Recuerdo incluso haber hecho eventos de campaña con candidatos a diputados mostrando los resultados de ese laburo previo. Siempre está esa discusión sobre qué derechos se tocan, pero nuestra visión es que hay que dar legislación a lo nuevo teniendo en cuenta la comodidad del trabajador. Por ejemplo, lo que hizo la Corte de la Provincia de Buenos Aires recientemente me parece que no atiende la verdadera necesidad, porque la mayoría de esos trabajadores no dependen de una sola aplicación; lo usan como apoyo a su sueldo, en horarios libres, según su conveniencia. Gracias a la legislación que impulsamos, Uber anunció una inversión gigante en el país; su propio presidente dijo que fue gracias a este nuevo marco legal. Así que, en resumen, nos sentimos cómodos, y cuando algo no nos cierra, lo decimos.



Siguiendo con esa línea, a veces se percibe que el Gobierno no termina de “masajear” o consensuar del todo las leyes antes de enviarlas. ¿Qué tanto ruido le meten las formas personales del Presidente o de algunos diputados libertarios en el recinto? ¿Es algo a lo que le da importancia institucional?
Yo trato de diferenciar. En lo particular, tengo mucho afecto por el Presidente y creo que él lo retribuye; se nota en sus gestos hacia mí. Siempre, ya sea por parte de él, de Karina Milei o de Santiago Caputo, he recibido gestos de entendimiento, de diálogo fluido y de afecto. Con eso no tengo ningún problema. Ahora, sobre sus “formas”, hay que ser claros: es el mismo Milei que la gente votó en las urnas. La sociedad no votó a otra persona, votó a este Milei con esta personalidad frontal. A veces me preguntan si comparto sus cruces con el periodismo. Mirá, es cierto que hay un sector del periodismo que opera o que es militante, pero es una minoría; la mayoría hace su laburo siendo crítico del poder. El Presidente es alguien que te dice: “Discutamos mi verdad frente a la tuya”. Pero esto responde a un proceso mundial en la comunicación. Hoy te informás por TikTok en 15 segundos; no hay profundidad en la lectura. Daniel Hadad citaba hace poco que en Estados Unidos el 50% de la población pasó el último año sin leer un libro. Esa falta de profundidad hace que la mente no se ejercite igual y se dice que esta podría ser la primera generación donde los hijos sean menos inteligentes que los padres. En la política eso se traduce en transmitir sentimientos -como bronca u odio- antes que ideas concretas. Terminamos en los polos, en la Antártida o en el Polo Norte, sin pasar por el Ecuador. Hablar con el que piensa distinto se vuelve difícil porque no hay un punto medio. Esto pasa en todo el mundo, desde Estados Unidos hasta Europa del Este, y genera fenómenos donde, si no tenemos cuidado, los congresos terminan dibujados o la Justicia se asemeja al orden del poder. En Argentina tenemos que evitar esa polarización extrema, especialmente frente a un Parlamento que ha votado leyes que yo considero casi “golpistas” contra el plan económico.
¿A qué se refiere exactamente con ese concepto de “golpismo” legislativo?
Me refiero a leyes que buscan desestabilizar la macroeconomía. A todos nos encantaría votar una ley para que los jubilados cobren diez veces más o que los docentes ganen fortunas, pero la pregunta que nadie de la oposición se hacía era: ¿de dónde sacamos la plata? Esa falta de responsabilidad fiscal es lo que nos llevó a tener un riesgo país por las nubes. Por suerte eso cambió. Hoy la Argentina tiene una oportunidad histórica que no podemos perder; por eso desde el PRO acompañamos convencidos de que, manteniendo estas bases económicas de déficit cero, vendrá una etapa mucho mejor para todos.
El PRO ha mantenido banderas históricas que a veces chocan con la mirada del Ejecutivo, como el tema de la educación universitaria. ¿Sienten que tienen margen real para plantear estas discrepancias sin romper la alianza?
Sí, tenemos margen y de hecho lo usamos permanentemente. Mi bloque no es el más grande en número, pero está muy perfeccionado técnicamente. Tengo especialistas de primer nivel: Alejandro Finocchiaro, que fue ministro nacional y provincial; Alicia Fregonesi, ex ministra en Entre Ríos… Gente que entiende la educación desde lo bonaerense, lo federal y lo central. Todo lo que tenemos de diferencia lo planteamos en la comisión que, casualmente, presidimos nosotros en la Cámara. Además, hemos sincronizado el trabajo con nuestros senadores del PRO para tener un calendario conjunto y una misma posición política. También hay que decir que hemos aprendido de la autocrítica; tal vez en nuestra gestión tomamos decisiones que hoy corregiríamos, pero no cambiamos nuestra forma de pensar. Entendemos que el mundo hoy exige no tener déficit y que a veces el Estado tiene que decir “no”. Somos un interbloque de 22 diputados junto con fuerzas de Santa Cruz y el radicalismo de Karina Banfi; representamos no sólo ideas, sino también a gobernadores que necesitan previsibilidad.
Respecto a lo que viene, se habla mucho de la reforma política. ¿Hay acuerdo sobre qué hacer con las PASO?
Nosotros no creemos que haya que eliminar la posibilidad de una interna partidaria. Lo que sí estamos discutiendo es si debe seguir siendo obligatoria para la gente y para los partidos que ya tienen una lista de unidad con candidatos únicos. Ya hemos presentado proyectos, lo que llamamos las “PAS”, para sacar esa obligatoriedad que tanto cansa al ciudadano. Hay provincias donde tienen que ir a votar cinco o seis veces al año entre elecciones provinciales y nacionales con sus respectivas vueltas… es agotador. Si dejas de lado la obligatoriedad, va a votar el que realmente tiene interés en elegir un candidato. Pero el debate es más profundo: hay que incluir Ficha Limpia, que para nosotros es irrenunciable, y discutir seriamente el financiamiento político. No podemos permitir un sistema donde solo los que tienen mucho dinero o los que manejan pauta estatal puedan ser candidatos. Si queremos renovación y que surjan nuevas figuras que desplacen a lo viejo, el sistema debe garantizar cierta igualdad de condiciones. Si eliminamos toda la promoción estatal de candidaturas, le cerramos la puerta a los jóvenes o a personas que no vienen del mundo de los negocios y que no pueden recaudar fondos privados fácilmente. Hay que buscar un equilibrio: que al Estado no le cueste una fortuna, pero que la democracia sea participativa. En Estados Unidos las primarias cuestan muchísimo, pero garantizan el perfilamiento de los candidatos hacia la elección general.
¿Les hubiese gustado que el Gobierno les consultara este paquete de reforma política antes de enviarlo?
Sí, por supuesto. Porque no se trata de un reclamo nuevo; ya se lo planteamos cuando vino la primera Ley de Bases. No es que hayamos cambiado de posición ahora; estamos repitiendo lo que siempre sostuvimos sobre la vida democrática y el rol de los partidos según la Constitución. Si el único canal para competir es tener pauta privada, los que quieran involucrarse de cero tienen el fracaso casi asegurado.



Eso nos lleva al fenómeno de los “outsiders” con grandes estructuras financieras detrás. ¿Qué le genera a usted, como hombre de carrera política, la aparición de personajes que parecen surgir de la nada con aspiraciones presidenciales?
Es un fenómeno global que no podemos ignorar. Fijate lo que pasó en el resto de Latinoamérica: en Colombia con Petro, en Chile con Boric… presidentes que aparecieron con fuerza en los últimos seis meses del proceso electoral. En Argentina pasó lo mismo con Javier Milei; si hacíamos esta nota ocho meses antes de la elección, hablábamos de si era Patricia (Bullrich) u Horacio (Rodríguez Larreta). En Brasil, el hijo de Bolsonaro tenía un desconocimiento enorme hace poco y hoy es un actor central. Hay un péndulo fenomenal hacia los polos. Por eso insisto en que debemos preservar un sistema democrático amplio que motive la renovación de cuadros y la participación de “gente común” con sueños de cambio. El sistema tiene un costo, sí, pero es mucho más barato que vivir en una autocracia.
Más allá de la agenda que marca el Poder Ejecutivo, ¿cuál es la agenda propia que el PRO quiere imponer en el Congreso este año?
Tenemos temas muy claros. Uno es la creación por ley de una agencia nacional contra el narcotráfico, tipo FBI, para que todas las fuerzas trabajen juntas de forma permanente. Patricia Bullrich ya lo había anunciado en su momento, pero creemos que debe tener fuerza de ley para que trascienda los gobiernos. También estamos trabajando fuerte en la defensa de la propiedad privada y en una nueva ley de salud mental y adicciones, un tema que María Eugenia Vidal viene liderando con mucha sensibilidad por la cuestión de las internaciones. Otro hito fue la baja de la edad de imputabilidad; le agradezco al ex ministro Mariano Cúneo Libarona que aceptara nuestra propuesta de fijarla en los 14 años. No fue un capricho numérico entre 13 o 14, sino una decisión basada en estudios científicos internacionales sobre la madurez y responsabilidad de los adolescentes. Nuestra agenda busca darle al Gobierno las herramientas para dar “el próximo paso”. No nos van a ver nunca poniendo palos en la rueda ni siendo funcionales a ideas que atrasen. Aportamos nuestra experiencia de haber gestionado cuatro años; no nos fue tan bien como queríamos, pero fuimos el primer gobierno no peronista en décadas que terminó su mandato con el 41% de los votos. Hoy tenemos cuadros del PRO en lugares clave: el Canciller, los ministros de Seguridad, Justicia, Defensa… hasta la jefa del bloque en el Senado. Somos una cantera de dirigentes con capacidad probada.
Hablando de dirigentes, usted ha sido muy enfático en su apoyo a Diego Santilli para la Provincia de Buenos Aires. ¿Por qué cree que él es el indicado para dar la pelea en la madre de todas las batallas?
Porque Diego tiene una voluntad inquebrantable y una capacidad de gestión diaria que es lo que la Provincia necesita desesperadamente. Gobernar Buenos Aires no es sólo una cuestión política; es gestionar miles de escuelas, comisarías, hospitales y kilómetros de rutas en realidades totalmente distintas. Tenés desde el cordón industrial del conurbano hasta la zona rural, la pesquera en Mar del Plata, la petrolera en Bahía Blanca y hasta la zona patagónica en Carmen de Patagones. Eso requiere conocer el territorio a fondo. Mi objetivo es acompañarlo porque estoy convencido de que si no vamos juntos con la Libertad Avanza el año que viene, es muy posible que el peronismo de Kicillof se consolide, y eso sería trágico.
¿Cómo es su diálogo diario con el Gobierno? ¿Tienen interlocutores válidos que entiendan la lógica parlamentaria?
Hablo muchísimo con Martín Menem y con “Lule” Menem, que son quienes llevan el día a día legislativo. Con Diego Santilli, como te dije, somos amigos de toda la vida y el diálogo es permanente. También hablo seguido con Karina y con Santiago Caputo. Y cuando hace falta algo puntual, me chateo directamente con el Presidente.



Se acerca el periodo electoral y eso suele enturbiar el trabajo en el Congreso. ¿Qué ritmo de trabajo imagina para los próximos seis meses y qué leyes considera urgentes?
Se va a poner más difícil porque todo se vuelve más frágil con la cercanía de las urnas. En política hoy seis meses es una eternidad; todo evoluciona o cae en segundos por el impacto de las redes. Pero nosotros no somos oposición, como bien dijo Mauricio Macri, y queremos que al Gobierno le vaya bien. La prioridad es que el resultado económico llegue al “kilómetro cuadrado” de la gente, que el ciudadano sienta que su esfuerzo vale la pena. En cuanto a leyes, la reforma del Código Penal es clave. Yo presenté una actualización de la reforma que ya habíamos trabajado con Macri y especialistas como el Dr. Mariano Borinsky. El Gobierno parece que va a enviar reformas “cortas” y más prácticas, lo cual es racional porque discutir un código entero de miles de artículos llevaría años. Necesitamos legislar ya sobre delitos digitales: el bullying, las estafas virtuales y, sobre todo, el robo de celulares. Hoy en un teléfono tenés tu billetera, tu DNI, tus fotos, tu vida entera. El robo de un celular no es un delito menor; es un golpe al corazón de la privacidad y el patrimonio. Además, hay que capacitar a la policía en ciberdelito porque el robo tradicional en la calle va a ir mermando por las cámaras, pero este delito digital crece exponencialmente.
Existe esa sensación térmica de que la política discute cosas que a la gente no le importan. ¿Usted siente esa desconexión?
A veces los periodistas colaboran con eso preguntando siempre por la interna. ¡A quién le importa la interna! A la gente le preocupa llegar a fin de mes, mantener el laburo y que no la maten por un par de zapatillas. Todo lo que votamos, aunque parezca abstracto -como el déficit cero o tratados internacionales-, tiene como fin último la estabilidad económica para que haya crédito y trabajo. Los resultados a veces tardan: para ser proveedores de gas al mundo con Vaca Muerta se necesitan inversiones de 14.000 millones de dólares que ya están viniendo, pero los caños no se ponen de un día para el otro. Sin embargo, el rumbo es el correcto. Argentina tiene recursos en minería, pesca y carne que pueden multiplicar nuestras exportaciones por diez, pero hay que ser pacientes con los procesos biológicos y de inversión.
El Presidente calificó la baja de la inflación como “milagrosa”. ¿Usted coincide con esa descripción tan tajante?
Con total honestidad: lo que hicieron Milei y su equipo económico es impresionante. Nadie creía que se podía bajar la inflación tan rápido y sin déficit fiscal. Es cierto que hay sectores que todavía sufren y que la pobreza no baja de un día para el otro, especialmente en el AMBA donde siete de cada diez chicos son pobres. Pero la lógica es que, al bajar la inflación, los sueldos empiecen a ganarle a los precios y se recupere el consumo. En el interior del país ya se ve un repunte gracias al campo y la energía, algo que todavía no llega con la misma fuerza al Gran Buenos Aires. El engranaje ya empezó a girar; necesitamos médicos, ingenieros y mano de obra calificada para los proyectos que vienen en San Juan o Mendoza, y eso va a generar trabajo formal, que es lo que falta.
Hay mucha preocupación en el sector PyME por la apertura económica y la caída del mercado interno. ¿Cuál es su mensaje para ellos?
El Estado tiene que darles un marco de competitividad, no dejarlos solos. Hay que bajar las tasas y, fundamentalmente, la presión tributaria. Pero acá hay una trampa: si el Gobierno Nacional baja impuestos, pero Kicillof aumenta Ingresos Brutos en la Provincia, el beneficio para la Pyme es cero. Hoy los impuestos provinciales pesan más que los nacionales en muchos productos. Necesitamos una modernización laboral urgente para que un juicio laboral no le quite la fábrica al dueño. Hay que cazar menos en el zoológico y permitir que las empresas respiren..
¿Cuál es, entonces, el objetivo final del PRO en este Congreso?
Ser los protagonistas y los verdaderos garantes del cambio que la sociedad pidió.
Fotografía: Silvana Colombo
