En un nuevo episodio, el juez de la Corte Suprema analizó el reemplazo del Estado de bienestar por la igualdad de oportunidades, el retroceso de los derechos sociales, el avance de los derechos culturales y las tensiones políticas, sociales y económicas que atraviesan a las democracias contemporáneas.
“Vamos a examinar aquí el derecho a la igualdad de oportunidades”, propone Ricardo Lorenzetti en el inicio del nuevo episodio de su podcast. Para el juez de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, “la igualdad de oportunidades ofrece a todos la posibilidad de ocupar las mejores posiciones en la sociedad, en la economía, en el trabajo, en función de su mérito”.
En ese esquema, entiende “no se defienden ni se crean las posiciones”, y “no hay derechos sociales, o por lo menos se los deja de lado, se los critica, sino que se ofrece educación y en función de eso el mérito”.
“Los hijos de los obreros, de los empleados, de los humildes, de los descartados, tienen el derecho a convertirse en ejecutivos y es el mismo derecho que tienen los hijos de los ejecutivos”, afirma, y explica que por ese motivo “se pone el acento en la educación”. En ese sentido, sostiene que “la escuela debe ser masiva” y que “cada persona, viva donde viva, en un pueblo, en una ciudad, en un país rico, en un país pobre, debe tener el mismo acceso a una educación similar”.
Lorenzetti remarca que en este modelo “la persona no está atada a una posición”, y que “lo que interesa es que si está en una posición, lo que quiere no es mantenerla, como ocurría mucho en el siglo XX, sino salir de ella, mejorar, avanzar”. Sin embargo, advierte que “una vez que se le da oportunidades a todos a través de la escuela y de la universidad, no se cuestiona más la brecha que existe entre las posiciones”, y que “después, si a uno le va mal, bueno, es su problema”.
Origen y expansión del modelo
“El origen de esto nace como tantas cosas en la Revolución Francesa que abolió los estamentos”, explica, y recuerda que allí “se empezó a hablar del mérito”. Según señaló, ese principio “hoy, en el siglo XXI, está muy difundido”, en parte porque “es difícil oponerse a la igualdad de oportunidades”. En la actualidad, afirma, “la igualdad de oportunidades es reivindicada tanto por la derecha como por la izquierda y está en el corazón de la mayoría de las teorías de la justicia”.
“No se cuestionan las desigualdades sociales”, dice, sino que “se les ofrece a todos la oportunidad de estudiar, mejorar y progresar”. Para ilustrarlo, sostiene que “se discute menos sobre el número de las sillas que sobre la manera de ocuparlas”, y define al sistema como “una suerte de metáfora deportiva”, donde “es una carrera, una competencia”.
Identidad y derechos culturales
Lorenzetti afirma que en este modelo “no importa ser de la clase obrera ni tampoco ya se habla de los obreros ni de los sindicatos”, y señaló que ese lenguaje “está desapareciendo”. En su lugar, entiende, “lo que interesa son las discriminaciones y las desventajas que hacen que no tengamos igualdad de oportunidades”, lo que explica “un gran desarrollo de los derechos culturales”.
“Lo que interesa no es la posición sino la identidad”, aclara, y agrega que “no importa el género, no importa la ciudadanía, no importa la nacionalidad”. En ese marco, explica el avance de la “discriminación positiva” y del reclamo de reconocimiento, porque “en un sistema de igualdad de oportunidades no es suficiente la tolerancia, lo que se requiere es el reconocimiento”.
Para el juez de la Corte este proceso “ubica a todas las personas en una competencia continua”, y genera “una gran cantidad de discusiones que hoy en día están en el centro del debate político de la gobernabilidad”.
Críticas y tensiones
Entre las críticas, Lorenzetti advierte que “los grupos de víctimas son cada vez más numerosos, más estrechamente definidos y más específicos”, lo que produce “una competencia entre identidades muy difícil de resolver”. Según explica, “cada uno elige un repertorio de identidades sobre la cual se moviliza”, y el problema es “cuál es la regla para resolver”.
También señala una crítica central: “La igualdad de oportunidades acepta las desigualdades”, porque “si uno lo usó mal, si uno se equivocó, bueno, es un problema de cada uno”. En ese punto cita la idea de una sociedad donde “no hay red”, y afirma que eso produce “un tremendo miedo a la caída”.
Además, dice que “desde hace unos 30 años, las desigualdades se han profundizado en casi todos los países”, y describe una “moral de deportista de alto nivel”, donde cada individuo “se auto exige todo el tiempo” y vive en “una sociedad del cansancio”.
Hacia un equilibrio
“No hay sistemas perfectos”, afirmó Lorenzetti, y planteó que “la solución es un equilibrio entre la igualdad de posiciones y la igualdad de oportunidades”. En ese sentido, sostuvo que “necesitamos más clase media y menos distancia entre los muy ricos y los muy pobres”, y remarcó que “la diferencia entre los ingresos del más rico y el más pobre no puede ser tan grande”.
Sobre esa base, explica, debe existir “una competencia basada en el mérito”, pero con límites, ya que “las desigualdades que genera la competencia no deben ser tan desfavorables para los menos protegidos”. Según sostiene “la diferencia entre los ingresos del más rico y el más pobre no puede ser tan grande”.
Finalmente, advierte que “nadie vive bien en una sociedad con desigualdades profundas”, porque “las sociedades colapsan en algún momento”. Y concluyó que el desafío es construir “sociedades más humanas, más humanistas”, donde “la movilidad social” y “una red básica” amplíen la libertad y reduzcan el miedo a perderlo todo.
