Discursos de odio, radicalización y libertad de expresión: el desafío que enfrenta la Justicia en la era digital

En una nueva edición de las Charlas Federales Quorum, el juez federal Ariel Lijo, la fiscal Alejandra Mángano, el presidente de la DAIA Mauro Berenstein y el referente interreligioso Omar Abboud analizaron cómo las redes sociales potencian los discursos de odio, dónde se ubican los límites de la libertad de expresión y por qué la educación aparece como la principal herramienta de prevención.

La expansión de las redes sociales modificó la forma en que circula la información, pero también multiplicó la velocidad con la que se propagan los discursos de odio, la desinformación y los procesos de radicalización. Ese fue el eje de una nueva edición de las Charlas Federales Quorum, realizada en la Universidad Metropolitana para la Educación y el Trabajo (UMET), donde referentes del Poder Judicial, del Ministerio Público, de la comunidad judía y del diálogo interreligioso debatieron sobre uno de los fenómenos más complejos que enfrentan hoy las democracias.

Con la moderación de la periodista Romina Manguel, participaron el juez federal Ariel Lijo, la fiscal general adjunta Alejandra Mángano, el presidente de la DAIA Mauro Berenstein, y el presidente del Instituto de Diálogo Interreligioso Omar Abboud. El intercambio atravesó cuestiones jurídicas, tecnológicas y sociales, con un punto de coincidencia: el problema excede ampliamente el ámbito penal y exige respuestas preventivas.

El límite entre la opinión y el delito

Frente al constante dilema sobre los límites de la libertad de expresión, el juez federal Ariel Lijo fue categórico al establecer las diferencias entre una opinión y un acto criminal. “No todo discurso de hoy es un delito. […] La regla es que se puede criticar una religión, una institución, una persona”, explicó el magistrado, recordando que la libertad de expresión es el pilar fundamental de las democracias.

Según el juez, el punto de quiebre ocurre al buscar la anulación del prójimo: “La discusión es dónde está el límite en el que se traspasa la crítica y es cuando se incita, que es casi una definición de los tribunales europeos, que es cuando se incita, se promueve a la violencia sobre una persona, porque los protegidos son los individuos o comunidades”.

Lijo profundizó en la jurisprudencia internacional, mencionando las célebres reglas de Rabat de 2012 y marcando la diferencia entre las posturas jurídicas restrictivas de Europa y las de Estados Unidos, donde el daño exigido debe ser actual e inminente. Además, el juez advirtió sobre la brutal amplificación del daño cuando estos discursos emanan de figuras públicas con poder de llegada masiva. “Por eso es mucho más grave cuando lo hace una influencia que tiene millones de seguidores o un funcionario. La posibilidad de la difusión de la amenaza discriminatoria y violenta lo transforma en un discurso de orden”, sentenció Lijo, advirtiendo que el anonimato y la masividad de internet potencian esta amenaza de forma inédita.

Por su parte, la fiscal federal Alejandra Mángano aportó la cruda visión desde el Ministerio Público, alertando sobre la rápida y silenciosa escalada de la violencia discursiva hacia la violencia física. “Notamos que de alguna manera los discursos de odio empiezan a elevarse hacia las instancias más graves, es decir, hacia lo que es más extremismo violento, es decir, llamado a la violencia”, señaló la fiscal.

Mángano hizo especial hincapié en que la intervención punitiva suele llegar cuando el hecho ya se consumó, por lo que la verdadera batalla reside en etapas tempranas. “La prevención está en la posibilidad de, de alguna manera, generar resiliencia frente a ese odio. Es decir, poder, de alguna manera, decir, los lazos sociales, la comunidad es más fuerte que este odio que estamos viendo acá”, argumentó, destacando que el trabajo excede lo penal y debe apoyarse en la escuela y las ONGs.

El ecosistema digital: algoritmos, burbujas y radicalización de menores

El papel de las redes sociales, los algoritmos y las nuevas tecnologías funcionó como un hilo conductor insoslayable durante todas las exposiciones. Mauro Berenstein, de profesión licenciado en sistemas, aportó una mirada técnica reveladora sobre cómo la arquitectura digital fomenta activamente la propagación del odio. “Hay algo que creo que lo que cambió es la dinámica del canal en el que se genera el discurso de odio”, apuntó el dirigente.

Berenstein explicó detalladamente el fenómeno de los algoritmos y las narrativas pautadas que terminan aislando a los usuarios: “Al meterte en ese espacio te metes como en una burbuja y después lo que era rauta se convierte en orgánico”.

El titular de la DAIA también compartió datos alentadores pero cautelosos de su último informe: si bien tras el 7 de octubre el antisemitismo había trepado un alarmante 67%, este año la pendiente descendió y se ubicará entre un 3,5% y un 3,7%, lo que demuestra que el trabajo institucional rinde frutos. No obstante, Berenstein advirtió sobre el peso del anonimato digital actual, destacando que «el teléfono termina siendo como una extensión de nuestro cuerpo» que facilita que el individuo, escudado en el teclado, se anime a emitir agresiones impensadas en el plano físico.

Mángano sumó una descripción estremecedora sobre cómo operan las comunidades globales en internet para cooptar jóvenes que se sienten fuera del sistema. “Existen hoy comunidades transnacionales, es decir, grupos de personas en las redes, que promueven el extremismo, que promueven los discursos de odio”, describió.

La fiscal relató casos concretos de captación de menores en plataformas lúdicas, donde las fronteras de la moralidad se desdibujan rápidamente. Explicó que en ciertos grupos digitales cerrados la exigencia de pertenencia se basa en la agresión: “Muchas veces para pertenecer tiene que hacer un acto violento en particular o tiene que someterse a ver determinado tipo de cosas”, pasando trágicamente “de los dichos a los hechos”.

Mángano subrayó la imperiosa necesidad de que el Estado mejore sus «herramientas de investigación y detección» frente a problemáticas como la identidad digital y el terrorismo virtual.

Prejuicios, islamofobia y el peligro de la deshumanización

Omar Abboud, presidente del Instituto de Diálogo Interreligioso, introdujo la enorme complejidad de la islamofobia, un fenómeno que definió como relativamente reciente en el país y que cobra su mayor fuerza destructiva a partir del borrado de la individualidad del sujeto. “Nosotros podemos aceptar una crítica en términos de particularidades comunes”, concedió el dirigente islámico, pero advirtió que “cuando el colectivo deshumaniza, generaliza y en general el estudio se produce, de la particularidad a la generalidad, tenemos un problema”.

Abboud remarcó que, contra el mito popular, la intransigencia radical excede lo puramente teológico hoy en día: “El fundamentalismo aparece más hoy en el mundo moderno, en la política, en los movimientos políticos, en los movimientos que tienen que ver, si se quiere, con cuestiones étnicas que propiamente el derecho a la religiosidad”.

Asimismo, narró una experiencia de enorme valor pedagógico que afrontó su institución recientemente. Tras recibir gravísimos insultos en redes sociales por parte de un integrante de un canal de streaming, decidieron llevar el caso a la Justicia, pero no con fines punitivos ni económicos. “Nosotros lo que pedimos fue poder hablar con la persona. […] Queríamos conocerlo”, explicó, detallando que el objetivo final era “pudimos entablar un diálogo con el cual, de dónde pensaba, y liberar, si se quiere, un poco del prejuicio”.

Para Abboud, gran parte del problema actual radica en la construcción sistemática de la ignorancia. Citando al maestro Daniel Barenboim, recordó al auditorio que “la ignorancia definitiva es la madre espiritual. Con ignorancias impuestas, con ignorancias adquiridas, con ignorancias queridas, con ignorancias compradas, no hay una paz posible”.

La educación como respuesta

Al proponer soluciones estructurales, el consenso en el panel de Quorum fue absoluto: la educación, la recuperación de la cohesión social y el mantenimiento de la memoria histórica son los únicos escudos reales contra la intolerancia.

Berenstein compartió un logro inmenso de la DAIA, producto del trabajo coordinado con el Estado: “El año pasado, con apoyo del gobierno y del Consejo Federal de Educación, impulsamos unos cursos de temática de lucho contra el antisemitismo, discurso de odio y discriminación en general. […] Gratamente tuvimos 11.600 docentes que se inscribieron en este curso”. “Si nosotros primero avanzamos con la capacitación de docentes, después eso se puede llevar a las aulas”, celebró, enfatizando la importancia de construir un genuino pensamiento crítico en los jóvenes.

En una sintonía idéntica, la fiscal Mángano insistió en que el verdadero campo de batalla no son los juzgados, sino los colegios. “La prevención tendría que ser en las escuelas”, afirmó, remarcando a su vez el rol vital de los espacios históricos de resiliencia. “Creo que la comunidad […] debería reconocer ciertas cuestiones y generar espacios de memoria para que las generaciones más jóvenes puedan también tener en eso un reflejo”, sostuvo la fiscal, ampliando este requerimiento de memoria no solo al Holocausto, sino a tragedias recientes que afectan a la comunidad LGTBI, a migrantes y a otros colectivos vulnerados.

Para el juez Lijo, la raíz a erradicar desde el ámbito formativo está clara: “El prejuicio es el punto inicial de cualquier discurso de audio. Y el prejuicio tiene que ver con el desconocimiento. […] En el fondo lo que está en juego es, por supuesto, la ignorancia o la deliberación, pero sobre todo la falta de tolerancia”.

Una responsabilidad compartida

Hacia el final de la jornada, a pesar de los diagnósticos crudos, hubo un valioso espacio para el rescate de la matriz social local. Berenstein destacó orgulloso que, a nivel global, “Argentina es un país que no es tan odiador como muchos creen”. Remarcó que la dolorosa cicatriz social que dejaron los atentados terroristas a la Embajada de Israel y la AMIA “ha generado un simbolismo en la sociedad argentina, que creo que somos una sociedad que esos simbolismos los tenemos muy presentes”, convirtiendo al país en un faro de inclusión comparado con otras naciones.

El encuentro culminó con una poderosa autocrítica planteada por Romina Manguel hacia su propia profesión, señalando que los medios suelen focalizarse en el instante morboso de la agresión por el rating, olvidando su rol cívico de fondo. “¿Qué nos falta? […] Nos está faltando parar la pelota y generar estos espacios de mayor diálogo, de construcción, de educación, una construcción a medias y largo plazo”, concluyó la moderadora.

En un escenario global donde las pantallas aíslan, los algoritmos radicalizan y las palabras se utilizan a diario como armas, la charla en la UMET mostró una conclusión compartida y clara: frente a un escenario en el que los algoritmos potencian la polarización y las plataformas amplifican los mensajes violentos, la Justicia tiene un papel importante, pero insuficiente por sí sola. La prevención, la educación, la memoria histórica y el fortalecimiento del tejido social aparecen como las herramientas más eficaces para proteger la convivencia democrática.

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