Entre vinos guardados y conversaciones inesperadas: cuando la mesa quedó chica para tanto diálogo

La convocatoria inicial era para poco más de diez personas, pero terminaron siendo 80. Jueces, abogados, empresarios, periodistas, industriales y emprendedores compartieron una noche entre vinos que llevan décadas esperando ser abiertos, historias familiares y conversaciones entre mundos que no suelen encontrarse. Una nueva reunión de la Mesa del Diálogo Argentino en la que hubo menos protocolo y mucho más intercambio.

Hay reuniones que empiezan con una acreditación, un café y una sucesión de discursos. Esta no.

El escenario elegido fue una de esas rarezas que todavía esconde el microcentro porteño. Detrás de la tradicional vinería Ligier, sobre Presidente Perón al 1621, la familia Dayan conserva un universo construido durante décadas alrededor del vino: dos cavas, una a nivel y otra subterránea, que forman parte de una colección de guarda de dimensiones difíciles de imaginar hasta que se la recorre.

Cajas apiladas, etiquetas que ya no se encuentran en el mercado y botellas que llevan décadas esperando que alguien decida que finalmente llegó su momento.

Allí se realizó una nueva reunión de la Mesa del Diálogo Argentino, una iniciativa que busca sentar alrededor de una misma mesa a personas que, probablemente, difícilmente coincidirían en cualquier otra.

Esta vez, además, ocurrió algo que ni siquiera estaba en los planes.

La idea original era reunir a poco más de diez personas. Terminaron siendo 80. La mesa, en sentido literal y figurado, quedó chica.

Hubo representantes de la Justicia y la abogacía, pero también empresarios textiles, fabricantes de muebles, productores de alfajores, especialistas en energía y logística, emprendedores tecnológicos, médicos, periodistas y desarrolladores.

Una suerte de pequeña Argentina reunida entre vinos de guarda y sin demasiadas ganas de respetar las fronteras habituales entre sectores.

Dos cavas y una historia que empezó mucho antes

El lugar merece una historia propia.

La colección Vinos Guardados, perteneciente a la familia Dayan, reúne un patrimonio estimado en unas 400.000 botellas distribuidas en cuatro depósitos. En la sede de la calle Perón conviven dos cavas: una ubicada a nivel y otra subterránea. Esta última se extiende a lo largo de unos 600 metros cuadrados y está organizada en 17 pasillos donde descansan miles de botellas ordenadas por año y marca.

Entre ambas, el recorrido permite encontrarse con más de 2.500 variedades y cosechas que cuentan, a su manera, buena parte de la historia del vino argentino: Santa Ana Pinot Noir 1978, Trapiche Iscay Merlot Malbec 1997, Luigi Bosca de distintas añadas entre 1988 y 1994, Catena Malbec 2004, la primera añada de Enzo Bianchi y las codiciadas botellas del Weinert Estrella 1977, entre muchas otras.

Pero detrás de semejante colección existe una historia familiar bastante menos sofisticada que una cata de vinos.

Todo comenzó con Moisés Dayan, inmigrante sirio que llegó a la Argentina en 1923. Había conocido las carencias y el hambre y desarrolló una obsesión: comprar mercadería en cantidades suficientes como para asegurarse de que a su familia nunca le faltara nada.

Compraba de todo. Harina, perfumes, alimentos. Y también vino.

Décadas después, unas 200 cajas de vino terminaron generando cierto conflicto doméstico por el espacio que ocupaban. Fue entonces cuando su hijo Víctor Dayan, que de adolescente limpiaba los vidrios de los autos en el estacionamiento familiar, encontró una salida bastante ingeniosa: ofrecer las botellas a los clientes del parking y bonificarles la estadía si compraban una caja.

Funcionó.

De aquel estacionamiento terminarían naciendo las vinerías de la familia. En 1973, Víctor comenzó formalmente la colección de guarda. Después de conocer la cultura del vino francesa y asesorarse con el reconocido enólogo Raúl de la Mota, recibió una recomendación bastante concreta: guardar diez cajas de determinados vinos.

Víctor interpretó el consejo a su manera.

Donde le sugerían diez, guardaba cien. A veces quinientas.

Durante más de 30 años, entre 1973 y 2005, la colección permaneció prácticamente en secreto y no se vendió una sola botella.

Nueve nietos y nueve vinos esperando el futuro

Quizás la parte más entrañable de la historia no esté en las etiquetas famosas.

Víctor Dayan tuvo nueve nietos y decidió que cada uno debía tener su propio vino. Cada vez que nacía uno, hacía elaborar una barrica de 225 litros a partir de viñas seleccionadas. Así aparecieron, entre otros, el vino de Pedro en 2020.

La idea detrás de semejante ritual tiene poco que ver con el negocio.

Víctor imagina que dentro de 30 años, cuando él ya no esté, sus nietos podrán sentarse juntos alrededor de una mesa, abrir aquellas botellas que llevan sus nombres y recordar que, más allá de las diferencias que puedan tener, siguen siendo familia.

En un lugar donde casi todo parece medirse en décadas, quizás esas sean las botellas que más importan.

Cuando abrir una botella se convierte en ceremonia

Antes de que comenzaran las conversaciones apareció otro problema: ¿cómo se abre una botella que lleva tantos años cerrada sin destruir el corcho en el intento?

Alan Dayan, tercera generación de la familia, hizo la demostración.

Utilizó un sacacorchos Durand, especialmente diseñado para extraer corchos antiguos y frágiles. La escena tuvo algo de intervención quirúrgica y algo de ceremonia.

Después llegó la recompensa.

La selección incluyó un Rutini Cabernet Malbec 2011, un Luigi Bosca Cabernet 2010 y un Cabernet Franc 2008 perteneciente a la reserva privada de los Dayan, servido directamente sin etiqueta.

Para acompañar hubo empanadas de humita y carne, pinchitos de pollo, tataki de carne y un risotto caliente preparado por el equipo gastronómico de la cava.

Y entonces empezó verdaderamente la reunión.

La “segunda vuelta” de Andy Prieto

Uno de los impulsores y anfitriones de la noche fue el abogado laboralista Andrés “Andy” Prieto Fasano, quien esta vez tenía un motivo particularmente personal para celebrar. Luego de semanas tumultuosas debido a un accidente de tránsito que le dejó aún algunas seculas físicas, habló ante los invitados de su “segunda vuelta de la vida” y de cómo la experiencia reforzó sus ganas de generar encuentros y tender puentes.

Lo acompañaban su tía Mirta Fasano, y su madre, la ex jueza Lidia Fasano.

Prieto ya tiene antecedentes en esto de organizar reuniones poco convencionales. En 2019 impulsó un viaje de 50 jueces laborales a Roma para visitar al papa Francisco. Ahora, su apuesta es otra: juntar gente que normalmente no se junta. Incluso él parecía romper con la lógica del escenario elegido: es abstemio y, rodeado de vinos de guarda, soportó con humor alguna que otra cargada de los invitados por la paradoja.

Y esa fue, en buena medida, la particularidad de la noche.

En los encuentros judiciales suelen encontrarse jueces con jueces. Los empresarios se reúnen con empresarios. Los industriales, con industriales. Los periodistas, con periodistas.

Acá ocurrió lo contrario.

Prieto fue presentando a los invitados, contando quién era cada uno, a qué se dedicaba, qué estaba haciendo y, sobre todo, con quién podía resultarle interesante conversar.

La apuesta parte de una premisa sencilla: cuando personas provenientes de mundos diferentes se sientan juntas sin demasiados prejuicios, muchas veces descubren que tienen más problemas -y hasta intereses- en común de los que imaginaban.

Tal vez por eso aquella convocatoria pensada inicialmente para poco más de diez personas terminó multiplicándose hasta llegar a 80.

Jueces, alfajores, muebles, lana y tecnología

La composición de la mesa probablemente explique mejor la idea que cualquier definición teórica.

Entre los asistentes hubo integrantes del mundo judicial y jurídico: magistrados de varios fueros y jurisdicciones; abogados; penalistas; asesores y representantes de distintos ámbitos profesionales.

Pero a pocos centímetros podían estar sentados referentes de sectores completamente distintos.

Federico Fontenla, representante de la tercera generación de la firma de muebles Fontenla, contó parte de la historia de una empresa que llegó a equipar espacios emblemáticos como el Teatro Colón y la Casa Rosada.

También estuvo un representante de la tercera generación de Atalaya, quien incluso llevó de regalo sus productos para compartir antes de la temporada de verano.

Hubo representantes del sector agropecuario y lanero; empresarios textiles y del calzado; operadores logísticos que generan miles de puestos de trabajo directos e indirectos; ejecutivos vinculados con la energía; especialistas en telecomunicaciones; emprendedores tecnológicos; desarrolladores urbanos y médicos. Incluso se hizo presente el padre Guillermo Marcó.

La lista era tan heterogénea que en algún momento apareció inevitablemente la broma.

Si se produjera un diluvio como el de Noé y aquellas cavas fueran el último refugio, había material suficiente para volver a empezar.

Había jueces para resolver conflictos, abogados para discutirlos, empresarios para generar trabajo, logística, energía, tecnología, médicos, alimentos, lana, muebles y hasta alfajores.

No era exactamente el Arca de Noé. Pero estaba bastante bien equipada.

Cuando “hacer quorum” significa otra cosa

En Quorum conocemos bastante bien el significado tradicional de la palabra. En el Congreso, en los tribunales colegiados y en los organismos institucionales, el quorum es, ante todo, un número: la cantidad mínima de personas necesarias para que algo pueda comenzar.

Aquella noche, sin embargo, alcanzarlo significó otra cosa.

Y no precisamente porque los 80 asistentes desbordaron aquella convocatoria inicial pensada para poco más de diez personas. El verdadero desafío era otro: sentar alrededor de una misma mesa a personas provenientes de mundos muy diferentes y conseguir que estuvieran dispuestas a escucharse.

De eso se trata, justamente, la Mesa del Diálogo Argentino, que se transformó en una agenda de encuentros periódicos inspirada, en buena medida, en la cultura del diálogo y del encuentro promovida por el papa Francisco.

Quizás por eso las cavas terminaron siendo un escenario especialmente apropiado para esta reunión. Allí, rodeados de botellas que llevan años -y algunas décadas- esperando su momento, el tiempo tiene otra dimensión.

Porque si algo enseñan los vinos de guarda es que hay cosas que no pueden apurarse: necesitan tiempo, paciencia y las condiciones adecuadas para madurar.

El diálogo, acaso, sea una de ellas.

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