Daniel Rafecas: “Hay que abandonar el modelo inquisitivo para pasar a un modelo acusatorio”

El juez federal Daniel Rafecas ha tenido y tiene en sus manos causas judiciales que lo conmueven e hicieron historia en la recuperación democrática: por ejemplo, el caso de las violaciones a los derechos humanos en el Primer Cuerpo del Ejército y, más recientemente, la causa por el atentado a la sede de la AMIA. Cree que el sistema debe cambiar para agilizar el acceso a la justicia y advierte sobre la deuda pendiente en la igualdad de género en cargos de relevancia. Por último, en esta entrevista el juez confiesa los motivos que lo llevaron a escribir Pinche, su primera novela.

¿Cuáles son los principales desafíos que tiene el Poder Judicial hoy? 

Hay una cuestión ineludible, decisiva y estructural en la que la Justicia Federal tiene una deuda pendiente de al menos 20 años en comparación con otros países y provincias del país: abandonar el modelo procesal inquisitivo, especialmente en la etapa de instrucción -que es la mía- y adoptar un sistema acusatorio. Este nuevo modelo permitiría que todas las audiencias sean orales, agilizando el proceso y haciéndolo más transparente, con menos instancias de apelación y una ruta más directa hacia el juicio. Desde hace aproximadamente diez años, el modelo acusatorio ha sido la norma en casi todas las provincias, y en 2015, el Congreso aprobó por unanimidad la reforma para implementarlo también en la Justicia Federal. Si en toda América Latina, en las provincias argentinas y en la Ciudad de Buenos Aires el modelo acusatorio ya funciona, resulta imperativo avanzar también en el ámbito federal, especialmente considerando las fallas del modelo inquisitivo, que corresponde a un enfoque del siglo XIX y que todavía persiste en buena parte del país.

Con respecto a estos desafíos quiero saber tu opinión sobre la digitalización del sistema judicial. ¿Estamos todavía en un nivel analógico en la Justicia Federal o vos sentís que hubo pasos importantes? 

Estuvimos en el mundo analógico, te diría hasta el siglo XIX, hasta la pandemia. A partir de una necesidad impostergable, que fue seguir tramitando -sobre todo en el foro penal- los casos que seguían entrando y que teníamos en curso. Fue recién ahí que finalmente en la Justicia Federal salimos del módulo analógico y pasamos al módulo digital. Fue realmente un cambio de paradigma para nosotros, un antes y un después. 

¿Ayudó la agilización del procedimiento, del acceso de la gente a la justicia? 

En todo sentido ha sido un cambio positivo. Los expedientes ahora se tramitan con mayor agilidad y rapidez. Las vistas, los traslados a las partes y las notificaciones son inmediatas, lo que ha reducido considerablemente los plazos. Además, es evidente que uno de los grandes avances ha sido la digitalización, que ha permitido a los jueces y fiscales organizar sus equipos de trabajo de manera más eficiente, combinando labores domiciliarias con la actividad en la sede judicial. Este sistema ha resuelto, de manera asombrosa, problemas que, en mi caso, durante 15 años no tuvieron solución, como la falta de espacio para secretarios, funcionarios y audiencias. Este cambio no sólo ha mejorado la productividad, sino también la dignidad con la que podemos desempeñar nuestro trabajo.

El desafío hoy es la inteligencia artificial, ¿cómo ves todo ese proceso? ¿Hay un interés de la Corte de ir capacitando a ustedes para ese mundo que se viene? 

Hay un creciente interés por poner el foco en estas nuevas tecnologías por diversas razones. Una de ellas es que existen experiencias en el extranjero donde la metodología de inteligencia artificial está comenzando a reemplazar las decisiones humanas en cuestiones muy estandarizadas y previsibles. En este contexto, quienes pertenecemos a generaciones anteriores, como la mía, dependemos mucho de las nuevas generaciones, ya que observamos que ellos están mejor preparados para lidiar con estas tecnologías que nosotros, quienes quizás nos encontramos en el último tramo de nuestras carreras.

Recientemente dijiste que el futuro del Poder Judicial viene del lado de las mujeres. ¿Por qué considerás que es así?

Sí, más que nada proviene de una experiencia personal. En mi caso, tras cumplir 20 años como juez federal, puedo decir que aproximadamente un 70% de las designaciones que he hecho en el juzgado han sido para mujeres, en todos los niveles y responsabilidades. Y la respuesta, tanto en términos de calidad como de cantidad de trabajo, ha sido excelente. Estoy completamente satisfecho con el desempeño de las empleadas y funcionarias mujeres en el juzgado, y no tengo ninguna duda de que, a nivel de magistrados, las mujeres juezas también seguirán contribuyendo a mejorar la labor de la justicia en todos sus aspectos. Digo esto porque, históricamente, en el Poder Judicial ha existido una postura refractaria al ingreso de mujeres y a su acceso a cargos judiciales, especialmente en el ámbito penal, donde las mujeres juezas y fiscales han sido escasas. Este rechazo no tiene ninguna justificación más que la misoginia y el machismo tradicionales, esa cultura perniciosa que también perdura en muchos otros ámbitos de la cultura argentina, como lo es la cultura patriarcal.

Las instancias judiciales, incluso la primera instancia judicial de Comodoro Py, hay casi presencia nula de mujeres si no me equivoco.

Soy partidario de tomar políticas activas para compensar ese desequilibrio que hay en la lógica burocrática judicial de modo tal de que más mujeres accedan a los cargos de poder, digamos, del Poder Judicial. 

¿Ves que te acompañan en ese deseo? ¿Sentís que hay un acompañamiento de la estructura de la institución? 

Te diría que en mi caso, apoyo plenamente al movimiento de mujeres que luchan por alcanzar este objetivo, que además es un principio sano y fundamental, el de la igualdad ante la ley, la igualdad de oportunidades y la consolidación de los valores democráticos. Es un reconocimiento importante, porque si administramos justicia, debemos comenzar por hacer justicia dentro del propio Poder Judicial. Y aquí, hasta el día de hoy, seguimos teniendo una deuda pendiente con las funcionarias mujeres de carrera, quienes enfrentan el doble o el triple de obstáculos para acceder a cargos relevantes dentro del Poder Judicial.

Hay mucha presencia femenina en las secretarías pero es como que tienen vedado el llegar a la magistratura… 

Sí, el famoso techo de cristal que de una vez por todas tenemos que hacer esfuerzos para romperlo. 

Hablaste del fortalecimiento del sistema democrático y yo te llevo a otro terreno que considerás muy importante que es el tema de los derechos humanos. No solamente por las causas que llevaste adelante, sino porque esos casos te llevaron a investigar otro mundo, que es el mundo de la Shoah, del Holocausto, del antisemitismo…

En realidad, fue al revés. En 2002, era consejero académico del Museo del Holocausto. Para mí, ha sido y sigue siendo un enorme privilegio, no solo a título personal, sino también para todo el equipo de trabajo que tengo en el Juzgado 3, involucrarnos en una causa como la del Primer Cuerpo, que es probablemente la más grande que tiene el Poder Judicial argentino en términos de cantidad de víctimas y victimarios. Hemos avanzado considerablemente en la provisión de la verdad, la justicia y la reparación para miles de víctimas, especialmente durante los primeros 10 años, cuando trabajamos con los tramos y centros clandestinos más grandes, y con las elevaciones de juicios. Es una tarea que seguimos desarrollando, como sabemos, es imprescriptible, por lo que continuamos hasta el día de hoy. Así que, para mí, ha sido un trabajo de gran crecimiento tanto profesional como personal, generándose una sinergia interesante entre mis inquietudes académicas y personales en torno a los derechos humanos, y mi labor profesional como magistrado.

¿Qué te cambió en lo personal el horror en primera persona? Es decir no escuchaste un caso, investigaste 20 años. Eso te debe cambiar desde el punto de vista personal la visión del mundo. 

Cierto, muy cierto. Me parece que un efecto ineludible es poner en perspectiva otras cuestiones. Este tipo de trabajo, por supuesto, conmueve y lleva a cierto desgaste, si se quiere. Al mismo tiempo, también permite tomar distancia y ver las situaciones cotidianas, los conflictos y problemas desde una perspectiva diferente. En mi caso, ha sido bastante claro, también. Obviamente, el estar en contacto con estos casos acelera un poco la madurez de todos los que trabajamos en ellos. Y, por supuesto, se lo he dicho varias veces a mis colaboradores y colaboradoras en este tema: somos plenamente conscientes de que, nunca más en nuestra actividad profesional, en nuestra carrera, tendremos entre manos casos o expedientes como los que trabajamos en la causa del Primer Cuerpo del Ejército. Es un momento cumbre de nuestra carrera. Todo lo que venga después será, en términos de intensidad, de importancia histórica, institucional y jurídica, de impacto en las víctimas, en los acusados, infinitamente menor. Por eso es un tema tan delicado y tan sensible.

¿Te tocó llorar? 

Sí, claro, varias veces, muchas veces. Hay casos que son profundamente conmovedores. Madres que han tenido dos, tres hijos desaparecidos. Hemos tenido varios casos así, y bueno, escuchar a esa madre, o enfrentar situaciones tan dolorosas como la identificación de los restos de una joven o un joven de 16, 17 años, que había estado desaparecido durante 40 años, y poder darle la noticia de que finalmente encontramos esos restos… Son innumerables las situaciones que realmente conmueven.

Sobre la Shoah, ¿por qué te acercaste a la investigación académica, a interiorizarte en el tema?

Sí, me lo han preguntado mucho. Al principio no tenía una respuesta clara, pero con el tiempo empecé a darme cuenta de que, en el fondo, es porque, aunque no pertenezco a la colectividad, soy salesiano, tengo una sensación clara de que, después de haber estudiado lo que fue el Holocausto, la lectura que hago de ese episodio de la historia, como abogado, jurista y juez, es que se trató de un crimen. Y no sólo un crimen aberrante, sino también el más injusto de la historia. Las acusaciones que los nazis hicieron a los judíos europeos, desde la primera hasta la última, fueron completamente falsas. Esas acusaciones no tenían ningún fundamento y, la condena de muerte de seis millones de víctimas judías, fue resultado de cargos raciales y de otro tipo que no tenían ninguna base real. Es decir, un crimen que era el paradigma del crimen injusto. Esa sensación de injusticia, para mí como abogado y juez, va en contra de la vocación que uno tiene. Es desde ese lugar, desde la indignación por la injusticia, que me llevó a empezar a escribir sobre la historia de la Resolución Final. Desde entonces, sigo trabajando sobre el tema. Hoy en día, además de continuar con esa labor, estoy dictando dos seminarios sobre el Holocausto: uno en la Universidad de Buenos Aires y otro en el Colegio de Abogados de San Isidro. Es un tema que llevo trabajando durante más de 25 años.

¿Cómo ves lo que está pasando en Amsterdam, el resurgimiento de focos antisemitismo en Europa? 

Es lo que venimos sosteniendo desde siempre, ¿no? Debemos trabajar en todo el mundo, y especialmente en Argentina, en el ámbito educativo. Es fundamental insistir en introducir el tema del antisemitismo y los peligros de la discriminación en los programas de los colegios primarios y secundarios, integrando estos contenidos educativos desde edades tempranas. Hay que dedicar mucha energía desde los sistemas democráticos para fortalecer la educación cívica, de modo que las futuras generaciones estén preparadas para recibir y rechazar discursos de odio, mensajes negacionistas y relativistas. Es necesario que los ciudadanos cuenten con herramientas educativas que les permitan que estos discursos no tengan efecto, que caigan en saco roto. Ese, creo, es el camino.

¿Cuál es el rol que te parece que tiene la Justicia en la conservación de la memoria histórica acá en Argentina y en general? 

Creo que la Justicia, y soy una parte interesada, ocupa un rol de acompañamiento en las políticas educativas y lo digo como juez, estoy convencido de que la solución está en manos especialmente del área de la educación. Desde el ámbito judicial nosotros también cada tanto nos tocan casos, mandamos mensajes a las pero son mensajes esporádicos puntuales normalmente llegamos tarde es decir el episodio ya ocurrió entonces nosotros salimos a reparar en algo que esta situación, pero lo ideal es la prevención que esos sucesos como el que ocurrió en Amsterdam no ocurran y para eso hay que hacer una política de estado y un trabajo de décadas en todos los niveles educativos.

Te cambio a otras de tus pasiones. El documental Traslados, en el que tuviste una participación especial. ¿Cómo lo viviste ese proceso?

Imaginate que, como juez a cargo de esta mega causa, donde tenemos una veintena de centros clandestinos conocidos, como el Olimpo, Coordinación Federal, Mansión Seré, El Vesubio, Automotores Orletti, y muchos más, a lo largo de todos estos años siempre estuve dispuesto a participar en trabajos de investigación, videos, cortos o documentales que recrean de alguna manera estos episodios. Así que, cuando me convocaron para este documental, pensé que sería uno más de tantos otros en los que había participado. Fui al lugar donde me citaron, me hicieron una entrevista bastante larga, pero no noté nada particularmente diferente en comparación con otras entrevistas que había dado, algunas para medios locales y otras internacionales. Sin embargo, todo cambió cuando fui al avant premiere. Fui con mi señora y con mi hija, y ahí quedé realmente impactado. El documental es de una calidad superlativa, con un trabajo de investigación impresionante a cargo de Eduardo Anguita. No me lo esperaba, la verdad. Pensaba que sería algo más en la línea de otros trabajos que había visto, pero esto es otra cosa. Este documental está destinado a estar entre las tres o cuatro producciones más relevantes sobre este tema. La jerarquía y la calidad de los invitados, con lo mejor de los movimientos de derechos humanos, es destacable. Además, me pareció muy interesante el eje que eligió el guionista y director, centrado en un episodio concreto: el secuestro de las monjas francesas y el grupo de Madres en Plaza de Mayo, que aparece entre algunos de los cuerpos encontrados en la costa. Así que, me pareció un trabajo extraordinario. Obviamente, estoy muy feliz de haber formado parte de él, de haber aportado algunas cuestiones y, de alguna manera, haber representado al poder judicial en este documental.

Tu otra pasión es escribir. ¿Qué te llevó a escribir esta primera novela?

La génesis de esta novela es muy concreta. Yo tenía un hermano, Diego, que era cineasta y había hecho cuatro largometrajes. Lamentablemente, falleció en 2017, pero mientras él estuvo en vida, durante más de diez años, me insistió para que, teniendo un hermano en la Justicia, que llevaba más de treinta años trabajando en Tribunales, le armara una historia para que pudiera hacer una película de suspenso, policial, algo en ese estilo. Fue tal la insistencia, en cada reunión social que teníamos, que siempre me decía: “¿Empezaste a hacer algo conmigo? ¿Cuándo vamos a trabajar juntos?”. Esa insistencia hizo que, finalmente, después de muchos años, empezara a pensar en una especie de guión para una película. La idea fue tomando forma, fue madurando en las charlas con él, también como director y guionista. Cuando ya teníamos la historia más o menos terminada, lamentablemente, Diego se fue, y ese proyecto quedó ahí. Pero felizmente, la Editorial Planeta se interesó, le pareció atractiva la historia, y estuvimos trabajando durante dos o tres años más para convertirla en una novela. Y aquí está el resultado. El nacimiento de este proyecto es enteramente gracias a Diego y por eso está dedicada a él.

En este policial ¿hay mucho de Rafecas? 

En algún punto sí, uno quiere que le vaya bien a la jueza, pero luego la historia se complica al incluir a otros personajes. El segundo personaje es un investigador privado que, desde su lugar, introduce un cartel de narcotráfico mexicano en Buenos Aires. El cuarto personaje es un custodio dentro de un grupo de narcotraficantes. Entre estos personajes, se va a desarrollar un drama complejo, donde sus vidas se entrelazan de manera inesperada, y las decisiones de cada uno tendrán repercusiones profundas en la trama.

¿Habrá un segundo libro?

Estoy viviendo el mismo proceso que experimenté con Pinche y tengo en mente continuar con una segunda historia en la que repita a los dos personajes principales: el pinche y la jueza.

¿Alguien ya te propuso hacer alguna película del libro? 

He tenido alguna conversación al respecto, porque la historia es muy cinematográfica. De hecho, estaba pensada para eso, fue concebida casi como un guión. El comienzo es muy visual, algunas escenas del desarrollo también, y el final también tiene un fuerte componente cinematográfico. Por eso, es muy probable que, tarde o temprano, esta novela pase al ámbito audiovisual. Sería un sueño cumplido, de hecho, porque era algo que quería mi hermano. Yo no tendría ninguna objeción, ningún reparo a que eso suceda. La única condición que pondría es que, cuando termine la película, aparezca la foto de mi hermano y que sea dedicada a él, nada más.

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