AFA-gate: la diferencia entre tener cultura futbolística y no tener cultura fiscal

Por Matías Olivero Vila*

Nunca como en estos días, el AFA-gate ha explotado tanto, derivando hacia cuestiones fraudulentas graves. Pero no olvidemos dónde empezó todo: la concesión de un título de campeón en forma retroactiva, lo que puso en evidencia lo que implica tener cultura futbolística, como parte del “ADN argentino”. En contraste, no tenemos genes fiscales. No por desinterés, sino porque el régimen nos quitó cultura fiscal a partir del ocultamiento de impuestos por prohibiciones y sanciones inexistentes en otros países. ¿Qué sucede cuando tenemos cultura en un ámbito pero no en otro?

En el ranking FIFA de selecciones de este siglo, en 5 años Argentina figuró primera, en 14 hizo podio y siempre estuvo en el top 10, salvo cuando cayó al puesto 11 (entre 210 países), post mundial de Rusia. Esa vez la reacción fue implacable. El técnico perdió toda reputación local, 14 de 23 jugadores no fueron convocados más. El ecosistema formado por la gente, periodistas e influyentes clamaron por cambios, transformando pasión en exigencia en pos de resultados. Al mundial siguiente, Argentina salió tricampeón y cinco millones salieron a festejarlo. Esto es porque en nuestro país el fútbol es un hecho cultural medular que se vivencia en todo ámbito, familiar, social y laboral.

Tener cultura futbolística implica que cualquier aficionado internaliza principios jurídicos no tan simples, como el de no retroactividad. El torneo debe organizarse con reglas previas, sin cambios durante su duración. Menos si ha finalizado. Y menos aún de manera turbia. La cúpula de AFA lo violó en forma triple. Primero, eliminó los descensos casi al final del torneo 2024. Segundo, luego de una ronda de partidos, designó un campeón en forma retroactiva, desde el escritorio de AFA. Tercero, aplicó sanciones al club que le hizo frente, según un reglamento que se habría adulterado luego de los hechos. Un cocktail donde, en un año, se mezclaron excesos, dislates e irregularidades. Todo rodeado de árbitros sesgados y un tribunal de disciplina que, en connivencia con esa cúpula, habrían favorecido o condenado a ciertos equipos. Todo esto a plena luz del día.

Ese cocktail provocó una erupción en el ecosistema futbolístico y mucho más allá. Estadios enteros, de fútbol y de música, reaccionan virulentamente insultando al mandamás de AFA. En redes y distintos medios se critica como nunca. Hasta un ministro nacional postea estadísticas sobre los árbitros sesgados. Se habla del tema en cualquier reunión cotidiana. Todo gatillado, insistimos, por haberse violado tres veces el principio jurídico de no retroactividad. No importa si por esa reacción se salpican a campeones mundiales hasta ayer sagrados.

La sociedad civil investiga, consume y demanda, tira de las puntas de ese inmenso ovillo exigiendo que autoridades y jueces desenreden del todo los desmanejos y fraudes más graves, hasta entonces ocultos. La visceral cultura futbolística conlleva poner límites implacables. Porque esta cultura se basa en un principio supraconstitucional: en Argentina la pelota no se mancha.

En contraposición, cuando no hay cultura fiscal, se tienen por décadas descontrol en los gastos, inflación e impuestos (puesto 189 de 190 países según Banco Mundial), generando cada vez más pobreza, sin que la sociedad civil reaccione a la altura de esos fatales índices. La reputación de los políticos que nos llevaron a esos últimos puestos no se ve tan afectada, siguen por allí influyendo en la cima política. El ocultamiento sistemático de tributos provocó una desconexión del ciudadano respecto de impuestos y gastos, dejando una zona fiscal liberada a merced de la voracidad de los políticos nacionales, provinciales y municipales. La falta de conciencia fiscal conlleva a la falta de involucramiento y a no exigirles que tengan conducta fiscal, generándose así la tragedia económica. 

Aumentar tributos en forma retroactiva o durante el ‘torneo’ es usual en Argentina, a diferencia de otros países. Por ejemplo, Brasil, país similar por lo fallido fiscal, tiene normas que vedan eso. Su Constitución prohíbe aumentar impuestos durante el ejercicio fiscal y, más aún, deben publicarse más de 90 días antes de aplicarse. Normas lógicas. Pero en Argentina vale todo. Tuvimos una reforma con fuertes aumentos tributarios (Ley 25.063) sancionada un 30 de diciembre para ejercicios que cerraban al día siguiente. Tal como cambiar las reglas de todo un torneo en el tercer minuto de descuento del último partido. Otros aumentos tributarios en medio del torneo fiscal son el anticipo extraordinario de turno, los saldos a favor de ingresos brutos que sin ley se imponen a cada rato, tasas para gravar días después las compras de fin de año (Pilar) y muchos otros.

No sólo los políticos cometen estos excesos. Aun peor, los jueces los bendicen y potencian, incitando a los gobernantes a invadir la cancha de los contribuyentes. Por ejemplo, en el caso ‘Moiso’, la Corte Suprema inventó el insólito principio que los aumentos tributarios pueden sancionarse aun después de cerrado el ejercicio fiscal y hasta antes de pagar el impuesto, al año siguiente. El torneo se pierde hasta seis meses después de finalizado, en el escritorio de la Corte. En Argentina la Constitución se mancha, en especial por los más obligados a mantenerla pulcra. Nuestro país es el más gravoso del mundo no sólo por cantidad y peso de los tributos sino por la sesgada tolerancia de los jueces, responsables primarios de la tragedia fiscal, en connivencia y para favorecer a los poderes de turno.

En cuanto al constante cambio de las reglas de juego (para peor) y la incidencia de jueces sesgados, el proceder de los poderes político y judicial en lo fiscal es similar al que vemos en el fútbol. Ese modus operandi de AFA suena conocido, genera un deja vú. Donde sí hay diferencias es en la reacción del ecosistema futbolístico versus la que (no) se tiene desde la sociedad civil ante excesos fiscales. La implacabilidad del primero contrasta con la tolerancia de la segunda. Lo hoy considerado imperdonable en lo futbolístico, siempre lo perdonamos en lo fiscal. O, al menos, no lo hemos reclamado con esa otra actitud implacable. Han quedado durante años centenas de puntas de ovillo sin investigar ni desenredar los excesos de gastos y fraudes potencialmente más graves, llegando en la comparación muy pocos a ser penados. Agravado por tratarse de cuestiones que para empresas y ciudadanos son mucho más relevantes que la concesión de un título deportivo retroactivo.

Desde hace un par de años, esto ha empezado a cambiar. La batalla cultural del actual signo político está provocando profundos cambios en la sociedad. Y confiamos que el Régimen de Transparencia Fiscal al Consumidor que venimos impulsando desde Lógica, hoy dando sus primeros pasos, también aportará lo suyo. Pero aún falta mucho. La sociedad civil, especialmente el sector empresario, debe involucrarse y exigir mucho más, poniendo límites contundentes. Nuestro país solucionará sus problemas económicos para siempre el día que los argentinos exijamos a nuestros políticos y jueces tanto como lo que exigimos en el ámbito futbolístico. Y exigiendo la mitad, quizás también alcance.

* Presidente de Lógica

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