Durante más de tres décadas fueron el rostro y el filtro de los jueces más influyentes de la Justicia Federal. Discretas, leales y omnipresentes, atravesaron causas que marcaron la historia argentina. Se jubilan y dejan vacante un lugar invisible pero clave en el engranaje de Comodoro Py.
María Forte llegó a la Justicia Federal de la mano de Juan José Galeano en julio de 1993, Patricia “Pato” Raggio comenzó en 1994 junto a Adolfo Bagnasco y luego acompañó 19 años a Rodolfo Canicoba Corral; y Mónica “Moni” Mica estuvo en el juzgado de Claudio Bonadio durante un cuarto de siglo. Caminar con ellas por los pasillos del viejo edificio de Retiro es comprobar lo mucho que se las conoce, se las quiere y se las respeta.
A partir de marzo disfrutarán de su jubilación, de mañanas sin madrugones, sin presiones, sin horarios. Será para Pato el momento de volver a escribir, para María habrá llegado la hora de pasar más tiempo en el jardín con sus perros y gatos rescatados, mientras que Moni quiere viajar pero no descarta “trabajar en algo, no me imagino sin trabajar”. Quorum las reunió entre brindis y despedidas sorpresa de sus compañeros, para rescatar sus recuerdos y homenajear sus trayectorias.
¿Qué hace una secretaria privada en un Juzgado Federal?
Las tres coinciden en lo que sus sucesivos jueces esperaron de ellas: “Discreción, trabajo, lealtad, amabilidad y prudencia”.
Pato recuerda que Canicoba le dijo que ella tenía “el poder del picaporte”: la decisión sobre quién entraba y quién no al juzgado. Para María, las palabras de Galeano quedaron marcadas a fuego: “Esta es la élite del Poder Judicial”. Esa definición implicó para ella, desde entonces, una reserva permanente en sus palabras y una elegancia en su aspecto que nunca perdió. Moni recibió de Bonadío una consigna tan concreta como simbólica: “Estos dos metros cuadrados son tuyos”, el espacio desde el que se convertía en la primera imagen que el despacho proyectaba hacia afuera.
Ser gentiles, sí, pero sin generar demasiada proximidad. Estar en los detalles y, nos consta, “hablar lo menos posible con los periodistas”.
Las funciones fueron cambiando con el tiempo y ellas supieron lo que era recordarles a sus jueces que tenían una entrevista con un medio periodístico, pero también que se había quemado una lamparita, que una empleada se iba de vacaciones, que no había papel higiénico, que hay una compañera a la que hay que contener porque se está divorciando, que la custodia ya estaba lista para llevar a casa “al doctor” o que tenía que ir a la jura de un colega nuevo.
“Yo llegué a coser los ruedos de las cortinas del despacho”, recuerda Pato. Es que todo lo que no se refiere a los expedientes, a las causas, a lo legal, es el terreno impreciso y difuso de “la privada”. María se ocupó de organizar cenas de egresados de Galeano mientras preparaba el despacho para recibir como corresponde a la entonces senadora Cristina Kirchner, miembro de la Comisión Bicameral que supervisaba la causa AMIA, en manos de ese juez y que terminaría costándole el cargo.
De “portera” de Pachá a secretaria privada de la Justicia Federal
La historia de María Forte no tiene desperdicio. Transitaba su juventud entre salidas, baile y trabajo como -define ella- “portera” de Pachá, la icónica discoteca porteña de los ’90. Un día recibió el llamado de un primo lejano al que había visto poco antes: Juan José Galeano. “Yo pensé: ¿este no me querrá invitar a salir, no?”, recuerda entre risas.
Pero no. La propuesta era otra. Iban a nombrarlo juez y quería que fuera su secretaria privada: alguien en quien pudiera confiar, reservada, criteriosa. Y pensó en ella.
“Le dije que no era abogada y que me gustaba más lo de Pachá”, cuenta. Sin embargo, Galeano la convenció. Y así empezó una historia que ya lleva 33 años: desde entonces es la secretaria privada del Juzgado Federal N° 9.



De las aulas a los pasillos de Comodoro Py
Pato Raggio tuvo una llegada algo menos extravagante. Licenciada en Literatura por la Universidad de Buenos Aires, había ejercido la docencia, aunque sin demasiado entusiasmo. Un parentesco no tan cercano con Adolfo Bagnasco la acercó a su juzgado, cuando todavía funcionaba en Talcahuano 550, mucho antes de la mudanza a Comodoro Py.
“Yo pensé que no iba a durar más de dos años. No me gustaba el lugar: era sombrío, oscuro. Yo tampoco era abogada…”, recuerda. Creyó que sería apenas una escala transitoria. Pero el tiempo hizo lo suyo: ya pasaron 26 años desde aquel primer día.



Quiso irse… y se quedó para siempre
Moni Mica tampoco estaba del todo conforme cuando asumió como secretaria privada de Bonadío. Tenía una trayectoria sólida como secretaria en empresas de primer nivel, trato habitual con funcionarios nacionales y, en verdad, ambicionaba llegar a trabajar en la Presidencia de la Nación. El manejo de equipos y las responsabilidades de alta exigencia no le eran ajenos.
Bonadío, al principio, le prometió que la ayudaría a dar ese salto. Pero en un arrebato de sinceridad, un día le confesó: “No te voy a recomendar a nadie. Yo quiero que trabajes conmigo, estoy tranquilo con vos acá”.
Ese vínculo laboral se extendió tanto como la vida del juez. Su muerte es algo que todavía hoy Moni no puede mencionar sin que se le quiebre la voz y se le llenen los ojos de lágrimas. “Fue muy duro”, dice, y la frase apenas alcanza.



Anécdotas y recuerdos para llenar horas y horas
Puestas a repasar hechos memorables de trayectorias tan extensas, Pato Corral recuerda de inmediato una escena que la impactó. “Un día en que estaba citada María Julia Alsogaray, se presentó temprano, con una elegancia, un maquillaje y una ropa deslumbrantes. Era agosto de 2003. Canicoba le preguntó: ‘Usted sabe que va a quedar detenida, ¿no es verdad?’. Ella contestó que sí. Y aun así se preparó de esa manera. Me sorprendió”. María Julia fue luego procesada y condenada por malversación.
María, en cambio, tiene grabados en el corazón los diez años de la causa AMIA. “Estuve embarazada dos veces. Llegaba tempranísimo y me iba a las diez de la noche, con la panza, agotada. Era una presión constante. Y también trataba de acompañar al juez en sus propias angustias y sufrimientos; hasta le hice de chofer”, cuenta. Cuando el Consejo de la Magistratura separó a Galeano del cargo, “nos sentimos huérfanos. Fue tremendo, horrible”, evoca.
Ahí retoma Pato: cuando Galeano perdió la causa, la asumió Canicoba. Fue ella quien recibió el llamado de la Cámara y quien tuvo que avisarle a su juez. “Doctor, le dieron la AMIA”, soltó todavía en shock, consciente de lo que esa decisión implicaba.
Para Moni, la tragedia de Once marcó un antes y un después en Bonadío. “Él siempre fue muy, pero muy trabajador, aunque distante. En cambio, las muertes en ese caso le hicieron mucho daño. Lo impactaron profundamente; sufrió con los familiares, se involucró anímicamente de una forma en que no lo había hecho nunca”. Tampoco olvida el día en que Cristina Kirchner llegó tempranísimo a una indagatoria. “Ella entraba, abría la puerta y pasaba, sin más. Ese día llegó tan temprano que en el juzgado no había nadie… excepto yo”, dice entre risas.



Las despedidas y los planes de las “secretarias históricas”
Se les llenan los ojos de lágrimas cuando hablan de las reuniones, fiestas y brindis que les organizaron en los últimos días de febrero. Algunas despedidas fueron sorpresa; de otras tuvieron que enterarse para evitar que se superpusieran. La agenda de adioses fue tan intensa como sus trayectorias.
Pato se emociona al contar que Daniel Rafecas, quien subrogó el Juzgado 6, le prometió que estaría en el almuerzo que le organizaron. “Me dijo que iba a venir, y eso para mí es un montón”, confiesa.
Moni todavía sonríe cuando recuerda que Sebastián Casanello -el último subrogante con el que trabajó, un hombre parco y reservado- la llamó a su despacho y le regaló un enorme ramo de rosas como despedida. Un gesto inesperado, silencioso y elocuente.
Las tres evocan también una tradición que quedó grabada: cada Día de la Primavera, Bonadío les regalaba rosas a todas las secretarias privadas y también a la jueza María Servini, la única mujer en ese edificio hasta la llegada de María Eugenia Capuchetti.

Agradecidas por tantos años intensos
Cuando empezaron, ninguna imaginaba que haría carrera en la Justicia Federal ni que encontraría allí un lugar propio. Era un territorio nuevo, exigente, a veces hostil. Hoy, con la jubilación consumada y el calendario marcando los primeros días de marzo como el inicio de otra etapa, saben que Comodoro Py ya es pasado. Y coinciden sin dudar: se sienten “agradecidas por lo que vivimos, por las personas que conocimos, por las experiencias que tuvimos y por el cariño y el respeto que sentimos que nos tienen”.
María, rescatista incansable de animales abandonados -heridos por dentro y por fuera- se imagina compartiendo más tiempo con su esposo, sus hijas y sus infinitas mascotas en el jardín amplio de su casa.
Pato cree que, ahora sí, podrá leer todo lo que fue apilando “para cuando me jubilara”. Quiere volver a la escritura, a la literatura y a su otra pasión: la pintura.
Moni se ríe al pensar que “por fin voy a poder viajar en temporada baja, más barato. Tantos años obligada a tomar vacaciones en enero o julio… ¡carísimo!”. Se conoce bien y anticipa que el descanso será apenas un paréntesis: “Después de un tiempo voy a buscar algo para hacer. Ahora que se puede trabajar virtualmente… Yo no sé vivir sin trabajar”.
Será extraño, en las próximas coberturas, entrar al Juzgado 11 y no recibir el cafecito de Moni; pasar por el 9 y que María no pregunte cómo estás; o confiar en la palabra de Pato cuando, desde su oficina del 6, decía con serenidad: “Quedate tranquila que le pregunto al doctor y te aviso”.
Queda alta la vara para las sucesoras de estas mujeres espléndidas, vitales y encantadoras. Ellas se llevan consigo algo más que expedientes y anécdotas: se llevan la memoria viva del primer Comodoro Py.
