Hay carreras que se construyen como una línea recta. La de Marco Rossi, no. La suya es más bien una sucesión de incomodidades bien escuchadas.
Porque antes de estar a cargo de la primera Dirección de Inteligencia Artificial del país; antes de fundar su empresa; antes incluso de animarse a dejar la Justicia, Rossi fue -como tantos- un chico fascinado por los videojuegos. Y en ese primer vínculo, casi intuitivo, con la tecnología, ya había algo que después se volvería constante: la idea de que aprender puede ser una experiencia viva, no un trámite.
“Siempre me gustó la tecnología. El juego tiene algo muy fuerte: te conecta, refuerza la memoria, te mete en lo que estás haciendo”, dice.
Ese modo de entender el aprendizaje -activo, dinámico, conectado- fue el que después chocó con el mundo que eligió profesionalmente.
Rossi estudió Derecho, se recibió, comenzó a trabajar en un estudio privado y luego decidió concursar para entrar en tribunales. Ahí empezó el ruido.
“No podíamos mandar un WhatsApp, ni un mail. Había que sacar foto al expediente, imprimirlo… era un mundo completamente desconectado de lo que pasaba afuera”, recuerda.
La escena no es excepcional, pero en él produjo algo distinto: no resignación, sino pregunta. ¿Por qué el Derecho, que se supone está al servicio de las personas, no estaba usando las herramientas que esas mismas personas ya usaban todos los días?
Ingresó al Poder Judicial tras competir con 17.000 personas. La primera vez no pasó. Fue por la revancha y quedó en segundo lugar. Persistió. Hizo carrera: relator, prosecretario, secretario. Y, cuando llegó, decidió irse.
Hay decisiones que no tienen un momento ideal. La de Rossi, claramente, no lo tuvo.
Renunció a la Justicia justo cuando se enteró de que iba a ser padre. “Dejé una estabilidad que muchos buscan. Me había costado mucho llegar. Pero sentía que no podía ayudar como quería”, afirma.
No se trató de una crisis vocacional. Todo lo contrario: fue una reafirmación. Para él, el Derecho no es un sistema, es una herramienta. Y si no logra resolver problemas concretos, pierde sentido: “La abogacía y la tecnología hacen lo mismo: solucionan conflictos. Yo necesitaba estar en ese lugar”.
Ese salto, admite, fue difícil. Personal y emocionalmente. Pero también necesario.



Rossi se define como un “outsider”. Y no como una pose, sino como una constatación. No es común que alguien que logró entrar y crecer dentro del Poder Judicial decida irse para programar, emprender, enseñar y diseñar políticas públicas al mismo tiempo.
Hoy combina varios mundos: dirige el área de Inteligencia Artificial de la capital tucumana, lidera el Laboratorio DYNTEC en la Universidad Nacional de Tucumán, tiene su propio estudio jurídico, desarrolla software y forma equipos jóvenes dentro del Estado.
Pero lo más interesante no es la cantidad de roles, sino la lógica que los conecta. “Yo creo en esto hace mucho. Ahora la discusión no es si usar tecnología o no. Es cómo la usamos mejor”, sostiene.
Cuando asumió en la Municipalidad de Tucumán de la mano de la intendenta Rossana Chahla no empezó comprando tecnología. Empezó midiendo. Procesos, tiempos, tareas, estructuras. “Primero entendimos cómo trabaja cada área. Después vimos qué se podía automatizar”, explica.
La lógica es inversa a la habitual: no se trata de imponer herramientas, sino de descubrir dónde hacen falta. A partir de ahí, comenzaron a desarrollar soluciones internas, capacitar equipos, alfabetizar digitalmente a funcionarios y, recién después, pensar en herramientas para el ciudadano.
“Capacitamos a más de 400 funcionarios. Hoy cada área empieza a decir: ‘che, podemos hacer esto, podemos mejorar aquello’”, cuenta satisfecho.
Para Rossi, ahí está el verdadero cambio: cuando la innovación deja de ser un discurso y empieza a ser una práctica cotidiana.
En su forma de pensar, hay una advertencia constante: “La innovación no es la tecnología. Es el problema”.
Es una idea simple, pero disruptiva en un contexto donde muchas veces se asocia modernización con digitalización automática. “Si vos entendés el problema, después ves si la tecnología ayuda. No al revés”, señala.
Ese enfoque le permitió algo clave: evitar soluciones vacías. Porque, como él mismo dice, “comprar la Ferrari no sirve si no tenés quien la maneje”.
Si algo aprendió en su paso por la Justicia y en su trabajo actual es que el principal obstáculo no es técnico. Es humano. “El eslabón más fuerte y más débil siguen siendo las personas”, expresa.


Para Rossi, la tecnología ya está disponible. El desafío es que alguien quiera usarla, entenderla y confiar en ella.
Y ahí aparece otro eje: el liderazgo. Habla de liderazgos más horizontales, más abiertos, más dispuestos a escuchar. De una Justicia que dialogue con los abogados, con la academia, con la calle. De equipos donde convivan la experiencia y la innovación.
“Que el joven traiga la tecnología y el que tiene más años traiga la validación. Que se construya algo en conjunto”, resalta.
En un debate donde muchos piden regulaciones urgentes sobre inteligencia artificial, Rossi propone otra cosa. No menos reglas. Pero sí otro tipo de reglas. “Reglas de potrero”, las llama.
Normas básicas, flexibles, que permitan experimentar sin romper el juego. “Hay que animarse a usar. Después vamos a regular mejor”.
Advierte que el Derecho ya tiene herramientas -protección de datos, debido proceso, buena fe- que pueden aplicarse. Y que el verdadero riesgo no es equivocarse usando tecnología, sino quedarse afuera de su uso.
Rossi no habla en potencial. Habla en presente. Las demandas ya pueden redactarse con inteligencia artificial. Las pericias también. Los testigos pueden prepararse con herramientas digitales. “El proceso ya está atravesado por esto. No es futuro”, remarca.
La pregunta, entonces, no es si la Justicia va a incorporar inteligencia artificial. Es cómo la va a incorporar. Y quién va a quedar afuera en ese proceso.
En medio de todo eso -código, datos, automatización-, Rossi abrió un bodegón. “La Vieja Escuela”. Platos caseros, recetas familiares, tiempo lento. “Vivo en un mundo artificial. Esto me devuelve a lo humano”, afirma.
El gesto no es menor. Es, de algún modo, su forma de equilibrar. De tomarse un recreo. De no perder de vista que, detrás de cada proceso, de cada algoritmo, de cada decisión, hay personas.
En el centro de todo aparece un nombre: Salustiano. Su hijo en camino. Un nombre clásico para alguien que crecerá en un mundo completamente distinto: “Va a vivir en un mundo que no va a concebir sin inteligencia artificial”.
Ahí, quizás, está el sentido último de todo su recorrido.
No se trata sólo de innovar en la Justicia o de modernizar el Estado. Se trata de construir un entorno donde esa tecnología sirva para algo más que optimizar procesos. Que sirva para mejorar vidas. Para resolver problemas. Para conectar.
Rossi no viene de una familia de abogados ni de informáticos. No tuvo un camino trazado. Tuvo algo más incómodo: la decisión de animarse.
“Yo me animo. A invertir, a cambiar, a traer a mi hijo a este mundo”, resalta.
En un momento donde todo parece incierto, su apuesta es, paradójicamente, simple: creer que vale la pena intervenir en ese cambio. Aunque no esté claro hacia dónde va. Aunque no haya garantías.
Porque, en definitiva, su historia no es la de alguien que encontró respuestas. Es la de alguien que decidió no dejar de hacer preguntas.
