El veterano de Malvinas que le da calor al edificio de Comodoro Py

Durante 40 años, la vida de Américo Castellón transcurrió entre calderas. Primero fueron las de los buques de la Armada Argentina, donde llegó a ser suboficial mayor y vivió la experiencia más dura de su carrera: la guerra de Malvinas, a bordo del rompehielos Almirante Irízar, convertido en hospital militar. Allí cumplió con su deber y fue testigo de escenas que todavía hoy prefiere no contar. Después llegaron otras calderas, las del enorme edificio de Comodoro Py, donde desde hace más de tres décadas combate un enemigo mucho menos dramático, pero igual de cotidiano: el frío. Esta es su historia.

Para Américo Castellón, Argentina-Inglaterra nunca puede ser solamente un partido de fútbol. No después de haber navegado hacia las Islas Malvinas en abril de 1982, de recibir heridos a bordo del rompehielos Almirante Irízar y de regresar con soldados exhaustos, físicamente al límite de sus fuerzas.

Por eso, la victoria de la Selección Argentina en la semifinal del Mundial tuvo para él una carga inevitablemente distinta. “Es fútbol, claro, pero para mí enfrente está el país que nos robó una parte del territorio y mató a nuestra gente. No puedo vivirlo como un partido contra Alemania o cualquier otro rival”, explica.

Américo pasó 20 días por mes en el mar durante 40 años. Mecánico maquinista, vivió de caldera en caldera y de buque en buque hasta retirarse como suboficial mayor de la Armada. Hoy continúa entre máquinas, pero en otro escenario: se ocupa de la calefacción del enorme -y a veces gélido- edificio de los tribunales federales de Comodoro Py.

El día que el mar llegó a un aula de San Juan

A fines de los años ’50 una comisión de la Armada llegó hasta un aula de la “Escuela Modelo” de la capital sanjuanina para contarles a los chicos cómo era ese mar que les resultaba lejano, cómo era navegar, viajar, conocer el mundo a bordo. El alumno Américo Castellón quedó en shock, ese encuentro determinó su vida, supo de inmediato que eso era lo que quería hacer para siempre.

Lo contó en su casa, lleno de entusiasmo, esperando que lo dejaran responder a esa vocación recién nacida. “Mi papá me anotó porque yo era chico, era menor de edad, no podía decidir, pero él siempre tuvo cierto espíritu militar y me dio permiso”, recuerda con un mate en la mano en la sala de calderas del subsuelo de Comodoro Py 2002.

El chiquilín sanjuanino llegó a Buenos Aires, dio sus exámenes, los aprobó y fue admitido como aspirante. Estudiaría durante cuatro años en la escuela técnica de la Armada “que para que se sepa, tiene un nivel equivalente al del Otto Krause, o las escuelas Raggio”, destaca con orgullo.

Al terminar el cuarto año llegó uno de los momentos memorables de su vida marinera: “Me embarcaron en la fragata ‘Libertad’ y di mi primera vuelta al mundo. Imagínese, en ese viaje y en los que le siguieron conocí lugares con los que uno fantasea: estuve en la India, en Vietnam, en Japón, en Estados Unidos, en Egipto”.

Tiempo después se recibió de mecánico maquinista y a partir de entonces la vida de Américo fue de caldera en caldera, de buque en buque, de viaje en viaje, “siempre en la Armada argentina, bajo nuestra bandera”, quiere subrayar.

El alumno boquiabierto de la “Escuela Modelo” se había convertido en un hombre de manos fuertes, trabajadoras. Y ese hombre se enamoró de Nancy, una maestra sanjuanina con la que estuvo de novio cuatro años hasta que se casaron y tuvieron que ir al sur, a Puerto Belgrano, mientras él prestaba servicios en el destructor “Bouchard”.

“No vaya a creer que fue tan fácil. En ese momento para que un marino se casara tenía que pedir permiso y mi esposa tenía familiares en Chile, ya sabe cómo es la cosa”, recuerda Américo, aludiendo a la rivalidad con el país con el que, por entonces, habíamos estado a punto de ir a la guerra.

A principios de los años 80 fue destinado a Buenos Aires, al rompehielos Almirante Irízar, como encargado del Departamento de Máquinas -¿dónde, si no?-. Con su esposa se mudó a un departamento de Villa Celina.

Abril de 1982: “Vamos a rescatar un buque en la Antártida”

Eso le dijo Américo a Nancy, que ya planeaba dónde ir los 20 días de vacaciones que les tocaban. Era mentira. Él no lo sabía con certeza, pero lo sospechaba. “Cargamos mucho combustible para helicópteros, pero no víveres, que es lo que se manda para la campaña antártica, marcada para cada base. Subimos médicos, enfermeros; en Puerto Belgrano, cajas de municiones; en Comodoro Rivadavia, tres compañías de infantes de marina. A la altura de Puerto Madryn nos reunimos con los barcos que iban a la ‘Operación Virgen del Rosario”, como se llamó al plan de recuperación de las Islas Malvinas.

Con la mirada fija en un punto de su pasado, como haciendo memoria, dice con esa voz clara que parece de alguien más joven: “El 2 de abril llegamos a las Malvinas. Un mes después, cuando los ingleses estaban viniendo y habían llegado a la altura de la isla Ascención, fuimos a Puerto Belgrano para acondicionar al ‘Irízar’ como hospital y ponerlo bajo la protección de la Cruz Roja Internacional”. Lo mismo sucedería con los buques-hospital de la armada inglesa: no se los atacaría y se respetaría su función humanitaria.

El rol de combate de Américo era la cubierta de vuelo, donde podían posarse los helicópteros para dejar a los heridos. También había lanchas, buzos, lo que se necesitara para que las víctimas de los combates pudieran recibir atención médica. “Nos ocupamos de pacientes nuestros y de ellos; en los buques ingleses también trataron a nuestros soldados”, admite.

Supo del ataque al crucero “General Belgrano” por la intercomunicación de los barcos de la Armada, pero el ‘Irízar’ estaba lejos y no fue uno de los buques que rescataron sobrevivientes en ese día atroz. “Es terrible ese lugar, el frío es insoportable y las olas llegan a ser altísimas, es muy, muy complicado para navegar”, describe sin pasión, como si le aconsejara a otro marino evitar la zona.

Américo es un hombre duro, que ha visto mucho y al que no le gustó todo lo que vio: “Tiraban unas bombas que explotaban a un metro del suelo, arrasaban con todo de la cintura de los soldados hacia arriba, llegaban con el abdomen destrozado… tenían la edad de mis hijos”, musita queriendo cambiar de tema.

No obstante, se niega a llamarlos “chicos de la guerra”. Recuerda con mucho dolor cómo se los ocultó al final del conflicto, como si hubiera sido culpa suya la derrota. “No se lo merecían, eran hombres bien hombres, no chicos, que fueron a recuperar para la Patria lo que nos robaron”, resalta.

Está satisfecho de que las cosas hayan cambiado “y ahora los veteranos desfilen, la gente los reconozca, los respete, les agradezca, esté orgullosa. Ya no se nos esconde ni se nos niega como pasó al principio”, asegura mientras acaricia con devoción sus medallas.

En su memoria de la guerra también persiste una fuerte hostilidad hacia las tropas gurkas que integraron las fuerzas británicas. Habla de ellas todavía con desprecio, desde la mirada del hombre que estuvo del otro lado del conflicto. “Lo vi en Asia y después vengo a encontrarme con los ingleses que en Malvinas hicieron lo mismo. Los gurkas eran soldados pagados, pelearon por plata y evitaron vendiendo su vida que se murieran más ingleses”, describe.

Américo no pronuncia ni una sola vez la palabra “rendición”, la evita, la elude. “Nos dijeron que teníamos que evacuar hasta el último soldado, todo el personal, teníamos que llevarnos a todos”, nos cuenta. 

La pregunta siguiente es obvia: “¿Les dijeron que se habían rendido, les explicaron que la guerra se había perdido?” “Bueno, no, nos dijeron que había que salir, sí, y llevarnos a los nuestros, pero por ahora, esto no es para siempre, esa fue la impresión que tuve”, describe Américo antes de mencionar que el ‘Irízar’ estaba repleto: ”Había gente en cada hueco” y era importante ordenarlos porque “si se acumulan en un punto, o en otro, si no están bien distribuidos, se nos desbalancea el buque”.

“No recuerdo que los soldados lloraran, ni que se quejaran o insultaran. Ahora que usted me lo pregunta, tampoco percibí una atmósfera de frustración, de fracaso o de furia. Creo que estaban simplemente agotados, exhaustos, físicamente al límite de sus fuerzas”.
– ¿Y había lugar para la alegría de seguir vivos?
“Sí, claro. Pero no en ese momento. Eso vino después”.

Américo tiene la suerte de no haber necesitado asistencia psicológica: “En los centros de veteranos donde nos reunimos hay muchos camaradas que todavía tienen, o tuvieron durante mucho tiempo pesadillas, que se espantan con un golpe seco, con el ruido de una explosión, pero gracias a Dios no me ha pasado”.

Sin embargo, de sus prácticas diarias de evacuación en la Armada mantiene el hábito de que su ruta desde la cama hasta la puerta de su casa esté despejada: puede recorrerla a oscuras, sabe dónde están las llaves, las linternas y ese pequeño sofá que la obstruye un poco. “Orientarse, saber el camino, tener claro cómo llegar a cubierta si hay que evacuar, en el mar puede ser la diferencia entre la vida y la muerte. Se practica todo el tiempo en los buques y ahora lo mantengo en casa”, afirma.

De las calderas de la Armada a las de los tribunales de Retiro

Cuando terminó la guerra pudo tomarse aquellos 20 días con los que Nancy soñaba a principios de abril. Ya tenían tres hijos y un destino naval en Puerto Belgrano, en el barreminas “Neuquén”. Allí nació su cuarto hijo y después de dos años volvieron a Villa Celina. “Conseguí un crédito en el IAF (Instituto de Ayuda Financiera) para las Fuerzas Armadas y me compré en ese mismo barrio la casa en la que todavía vivo hoy”, comparte.

Retirado como suboficial mayor, un amigo le dijo que estaban buscando calderistas para un edificio del Poder Judicial frente a la sede de la Armada. Comodoro Py estaba empezando a existir, había solamente dos pisos listos para funcionar, todo lo demás estaba en refacciones.

Fue citado para una entrevista el 28 de julio de 1993, con un frío impiadoso que parecía acentuarse a medida que se acercaba a los tribunales. “Me citaron a las 11 pero como soy militar a las 8 estaba acá y me puse a mirar”, cuenta. Le explicaron que una empresa que había llevado adelante algunas reformas había entregado las calderas sin probarlas y aparentemente no andaban.

Américo seguía mirando las máquinas, las válvulas, los botones y cuando el encargado le preguntó si se animaba, respondió “yo se las pongo en marcha”. Y lo hizo. El agua empezó a borbotear dentro de los tubos y las máquinas hasta ese momento inútiles, revivieron.

Ese mismo día tuvo su entrevista, le hicieron completar un formulario con sus datos, fueron muy amables y le dijeron que lo volverían a llamar.

Horrorizado, viendo cómo se iba del edificio el hombre que había resucitado las calderas en cinco minutos, el encargado que lo había desafiado a encenderlas intercedió por él: “Creo que habló con el doctor (Alfredo) Bisordi, no estoy seguro; le explicó lo que había pasado, lo autorizaron a que me llamara para decirme que empezaba al día siguiente”.

Y aquí sigue, tratando de dar respuesta a los funcionarios que lo llaman en julio “porque tienen frío”, sin saber que a veces la calefacción se corta “porque no se pueden hacer los arreglos que hacen falta con los caños al rojo vivo, ni con agua hirviendo”.

Una victoria atravesada por Malvinas

¿El partido con Inglaterra es un hecho deportivo, o es algo más? “Es cierto que es un partido más, es fútbol, pero para mí, me estoy enfrentando con el que me robó parte del país, el que me mató a mi gente, yo no puedo verlo como si fuera Argentina-Alemania o cualquier otro”, reconoce.

Se muestra orgulloso de la camaradería entre ex combatientes, a los que conoce de sus centros distribuidos por todo el país donde se encuentran “a comer un asado, a recordar, a hablar de nuestras cosas” y también de la asociación de hijos de ex combatientes “que van a agarrar la bandera nuestra, de lo que hicimos, cuando nosotros ya no estemos”.

Por último, Amerio sostiene: “Estoy contento en Comodoro Py, entre máquinas, como siempre; siento que le estoy devolviendo al país trabajando acá todo lo que la Armada me dio, para lo que me capacitó durante 40 años de mi vida”.

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