Cuando el juego vuelve a abrir la posibilidad de ser persona

Por Eduardo “Coco” Oderigo*

La cárcel es, antes que nada, un lugar donde el vínculo se rompe. 

No sólo el vínculo con la sociedad, sino algo más profundo y silencioso: el vínculo con uno mismo y con los otros. En el encierro, el tiempo se vuelve repetición, el deseo se achica, la mirada del otro se vuelve amenaza. Allí donde todo escasea, lo primero que desaparece no es la libertad física, sino la confianza.

Desde la Fundación Espartanos partimos de una convicción sencilla, casi obstinada: nadie se reconstruye solo. Y también de otra, no menos incómoda para muchos: la violencia no nace de la nada, sino de vínculos rotos, de deseos deformados, de historias donde aprender a vivir con otros nunca fue una opción real.

El rugby aparece en este contexto no como un deporte más, ni como una metáfora elegante, sino como una experiencia concreta de orden, límite y pertenencia. En la cancha, incluso detrás de los muros, el cuerpo vuelve a tener reglas, el esfuerzo vuelve a tener sentido y el otro deja de ser únicamente un rival para convertirse, lentamente, en compañero. No es magia. Es proceso. Es repetición. Es aprendizaje.

Este libro se inscribe en esa misma lógica. Cuando menos es más no propone soluciones grandilocuentes ni discursos redentores. Propone algo más difícil: mirar de frente cómo se construyen -y se destruyen- los vínculos humanos, cómo el deseo se contagia, cómo la violencia se organiza colectivamente y cómo, del mismo modo, también puede organizarse la inclusión.

En la cárcel, esto se vuelve visible con una claridad brutal. El aislamiento no pacifica; al contrario, concentra la rivalidad. La exclusión no corrige; endurece. Cuando todo se reduce, cuando “menos” es realmente menos -menos horizonte, menos reconocimiento, menos futuro-, el conflicto se vuelve la única forma de afirmarse. Por eso, paradójicamente, sólo introduciendo algo nuevo puede empezar a cambiar algo viejo.

El rugby introduce una gramática distinta del deseo. Nadie juega solo. Nadie gana solo. El éxito no se mide por humillar al otro, sino por sostener al equipo. El cuerpo aprende antes que la cabeza. El hábito precede al discurso. Y recién después aparece algo que no se puede imponer por decreto: la responsabilidad.

Lo que este libro ilumina, desde otro registro, es que estos procesos no son excepcionales ni heroicos. Son profundamente humanos. Funcionan en una cárcel, en una escuela, en una empresa o en una sociedad entera. Donde el deseo se organiza alrededor de la rivalidad, la violencia escala. Donde se logra reordenar el vínculo, reaparece la posibilidad de futuro.

En Espartanos no creemos en la ingenuidad, pero tampoco en el cinismo. Creemos en la experiencia. Creemos que dar reglas no es castigar, sino ofrecer un marco donde alguien pueda volver a elegir. Creemos que la inclusión no es negar el daño, sino crear condiciones para que no vuelva a repetirse. Y creemos, sobre todo, que cuando el deseo encuentra un cauce distinto, incluso en el lugar más duro, algo empieza a moverse.

Este libro no habla de cárceles ni de rugby, pero los comprende profundamente. Porque habla de lo esencial: cómo los seres humanos aprendemos a desear mirando a otros, y cómo ese aprendizaje puede conducir tanto a la destrucción como a la reconstrucción.

Si de algo estamos convencidos después de años de trabajo detrás de los muros, es de esto: cuando el vínculo se restituye, cuando el juego vuelve a ser posible, cuando el otro deja de ser un enemigo inevitable, menos castigo empieza a ser, de verdad, más humanidad.

* Abogado, fundador de Espartanos

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