LADO B: La literatura, el escape posible

Hay fiscales que descargan su estrés corriendo maratones, otros que se refugian en el tenis o el fútbol. Ricardo Sáenz eligió escribir. Lo suyo no fue un pasatiempo improvisado ni una moda de pandemia, sino un descubrimiento tardío, casi accidental, que terminó abriéndole una puerta inesperada: la de la sensibilidad.

“Desde la adolescencia escribía cosas que no le mostraba a nadie”, recuerda en diálogo con Quorum. “Textos sueltos, apuntes, recuerdos. Pero recién empecé a escribir de verdad cuando falleció mi papá, en 2004. Sentí la necesidad de hablar de mi familia, de mi infancia”.

Aquellos primeros escritos eran duros, casi técnicos, como si todavía llevaran el eco de los dictámenes que redactaba en tribunales: homicidios, abusos, expedientes que piden frialdad porque la emoción, ahí, estorba. “Tenían el mismo tono de los informes que hacía en tribunales, despojados de todo sentimiento. En ese mundo, la hoja en blanco se banca cualquier cosa”, recuerda. Pero enseguida aclara que escribir literatura es otra cosa, un salto al vacío: “Hay que soltar. Hay que poner emoción”.

Uno podría creer -dice- que se sienta frente a la computadora, llega una inspiración divina y dicta una novela entera. Pero no. “Para nada. La hoja en blanco es terrible”. Terrible de un modo distinto al de tribunales: ahí la hoja soporta cualquier cosa; acá exige verdad.

Por eso habla de personajes que respiren, de historias que valgan la pena, de esa búsqueda por contar algo de un modo que atrape, que conmueva. “La historia de cualquier persona puede servir para una novela -sostiene-. El secreto es cómo la contás para que el lector se quede ahí, queriendo saber más”. Y así, entre tropiezos, vacilaciones y ese vértigo íntimo de quien pasa de la frialdad judicial a la vulnerabilidad literaria, fue como empezó.

Ese aprendizaje llegó de la mano de su editora, Delia Sisro, a quien conoció en 2017. Con ella no sólo empezó talleres de escritura, sino también un programa de radio que más tarde se convertiría en su otra gran pasión: Haceme el Cuento.

Sáenz dedicando uno de sus libros.

El duelo como punto de partida

Pero el verdadero impulso llegó desde un lugar mucho más íntimo. En 2016, la muerte repentina de su hermana marcó un antes y un después. “Fue un infarto, algo totalmente inesperado. Yo había quedado en llevarle a Delia mis textos ese verano para empezar el taller. Nos juntamos igual, pero yo estaba muy conmocionado. El primer relato que escribí se llama Mar de Luna, y ahí cuento su muerte. Fue el disparador. La escritura sanadora, como dicen”, comparte casi al final de la charla. 

A partir de ese texto se encadenaron otros: uno sobre su infancia, otro sobre su juventud y luego los de pura ficción. De ese proceso nació Mucho que contar (2019), su primer libro de cuentos. “Me llevó dos años hacerlo. Fue trabajo, pero lo disfruté. No fue una inspiración divina. Escribir es un oficio, un trabajo que se aprende”.

Después llegó Cuarentena, publicado en plena pandemia. “Fue un ensayo político sobre el ejercicio abusivo del poder durante esos meses”, cuenta. Lo escribió mientras los tribunales estaban cerrados y el país entero parecía detenido en un paréntesis extraño. “Iba anotando las cosas que hacía el Gobierno y que me parecían mal. Cuando junté cuarenta textos, hablé con Delia y dijimos: hagamos un libro ya, antes de que todo termine”.

Hoy lo mira a la distancia y reconoce: “Está bien… a favor del Gobierno, nadie sabía muy bien qué pasaba ni cuáles eran los efectos del virus. Pero creo que se mandaron muchas más de las que yo traté de refutar en ese libro”.

La recepción, dice, fue buena. O lo suficientemente buena para un libro que no tiene por objetivo sumar amigos. “No son libros para ganarse simpatías”, admite, sin dramatizar. “Igual, no iba a ser la primera vez que discutía con ese gobierno”.

La mujer, el barco y la guerra

Su siguiente desafío fue la novela. “Siempre me interesó la narrativa, los personajes, la historia detrás de las personas. La novela surge de un cuento de mi primer libro: Vuelo 642. Lo expandí hasta convertirlo en Bote salvavidas número 6, una historia que transcurre en 1936, durante la Segunda Guerra Mundial. Parte del libro sucede en un barco. Quería que fuera una novela con una línea de tiempo larga, que siguiera la vida de una mujer desde los 18 años hasta su vejez”, explica.

Escribir desde la perspectiva femenina fue otro aprendizaje. “Estoy convencido de que la vida interior de las mujeres es mucho más rica que la de los hombres. Los hombres somos más básicos”, dice sin vueltas.

Esa convicción atraviesa buena parte de su obra, poblada de personajes femeninos fuertes, con historias marcadas por la pérdida, la maternidad, el deseo o la guerra: “Esa mujer, la protagonista, es el personaje que más me gusta de todo lo que escribí. Me obligó a pensar, a ponerme en su piel, a entender lo que siente”.

Los 15 metros de dignidad

Cinco libros después, Sáenz todavía se define como un aprendiz. Su última publicación, 15 metros, reúne cien relatos cortos que nacieron en redes sociales. “Durante 2023 y parte de 2024, todos los viernes subía un relato con el hashtag El cuento de los viernes. Llegué a 70, y cuando los leí juntos me di cuenta de que había un libro ahí. Delia me dijo: ‘Llegá a 100’. Y así fue”.

El título viene de un texto de Arturo Pérez-Reverte, su autor preferido: “Dice que hay personas que, aun sabiendo que las van a fusilar, salen corriendo. Saben que el balazo va a llegar igual, pero durante 15 metros hay dignidad, hay amor, hay esperanza. Me pareció una metáfora espectacular. El mundo se divide entre los que corren o no esos 15 metros”.

El fiscal Saenz en la presentación de 15 metros.

Entre micrófonos y cuentos

En paralelo, su costado radial creció. En septiembre de 2020 debutó Haceme el Cuento, el programa que conduce junto a Sisro. “Es un espacio cultural. Cada semana elegimos un tema -amor, pareja, vínculos, cosas de la vida- y lo abrimos al público en redes para que la gente opine. Tiene secciones fijas: Esto no es cuento, donde comentamos la realidad; Esto sí es cuento, donde Delia lee textos; y cerramos con recomendaciones de libros y series”.

El programa, que se transmite por streaming, tiene su propio ritual de video semanal en Instagram. “Antes de cada emisión hacemos un video corto con nuestras opiniones sobre el tema de la semana. Es como una invitación a pensar juntos”.

La radio, dice, le permite otro tipo de libertad. “Puedo decir cosas que pienso sin el corset del expediente. Es un espacio de aire, un punto de fuga”.

El lado A y el lado B

“Mi trabajo es muy duro”, reconoce. “Vivo entre casos de homicidios, violaciones, robos violentos. Escribir es mi válvula. Me permite sacar cosas que quiero decir, cosas que no podría expresar de otra manera”.

Cuando le pregunto si la literatura cambió su forma de ser fiscal, responde sin dudar: “Sí, un poco sí. Trato de escribir de modo que se entienda, que alguien que no sea abogado pueda leer lo que hacemos. Y tengo otra mirada respecto de las víctimas. Trato de ponerme en su lugar, de entender de otra forma. Es otra mirada, más humana”.

Después matiza, porque su lado B también es esa tensión interna: “Como fiscal no soy nada sensible, en realidad. Tengo que admitirlo”. Se ríe apenas cuando le digo que no es lo mismo ser riguroso que ser insensible. “Soy muy riguroso, sí. Pero me considero una persona sensible. El trabajo es otra cosa: uno se encuentra con cosas bastante feas”.

Y entonces vuelve a las víctimas, como si ahí estuviera el nudo. “Hay gente que la pasa muy mal durante mucho tiempo, como en los abusos intrafamiliares o la violencia doméstica. No es un hecho aislado; es un período, un desgaste. Yo trato de ponerme en su lugar, de entenderlo de otra forma”.

Entre expediente y cuento, entre sentencia y metáfora, aprendió a moverse en los dos mundos sin romperse. La distancia profesional le permite hacer su trabajo; la escritura le devuelve la emoción. Y en ese vaivén -seco, honesto, inevitable- encontró su propia forma de mirar.

El próximo capítulo

¿Y qué viene después? “Tengo una novela a medio hacer desde hace cinco años. Los personajes están, pero la historia no. Delia dice que la deje ahí, que en algún momento se va a ordenar. A veces pasa algo que te destraba. Por ahora la dejo reposar”.

No parece tener apuro. Ni en los tribunales ni frente a la hoja en blanco.

Tal vez porque sabe que cada historia -como cada caso- necesita su tiempo, su verdad y su propio modo de ser contada.

“Tardé más de 50 años en empezar a escribir -dice al final-, pero fue lo mejor que me pasó. Es mi válvula. Mi manera de correr esos 15 metros”.

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