Guido Risso: “La clásica democracia representativa es una videocasetera intentando reproducir un mundo en streaming”

El constitucionalista plantea que el sistema político actual será cada vez más incompatible con la complejidad social y el movimiento tecnológico, advierte sobre una “hipertrofia del sufragio” y propone pensar una nueva Constitución que rescate las reglas y valores del constitucionalismo clásico antes de que el cambio se imponga autoritariamente y arrase con el humanismo.

En un contexto mundial atravesado por la crisis de representación que padecen las tradicionales democracias liberales -incluso en los países más desarrollados del norte global- y las transformaciones tecnológicas profundas, el abogado y doctor en Ciencias Jurídicas Guido Risso propone una lectura disruptiva: la democracia representativa, tal como la conocemos, dejará de existir en un futuro cercano dominado por los nativos digitales.

Profesor en la Facultad de Derecho de la UBA, declarado Personalidad Destacada de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y autor de múltiples trabajos en materia constitucional, Risso sostiene que el problema no es de funcionamiento y gestión sino de diseño. “Todo sistema responde a un contexto histórico determinado. Cuando ese contexto cambia, el sistema empieza a mostrar anomalías. Es decir, los sistemas no son inmunes al paso del tiempo”, afirma.

Y agrega una imagen tan gráfica como inquietante: “Es como intentar reproducir un DVD en una vieja videocasetera VHS. El dispositivo ya no puede representar esa nueva realidad aunque funcione perfectamente, porque fue pensado y diseñado para representar un sistema más básico como el VHS”.

“No se trata entonces de pensar una estrategia de reparación de la videocasetera, se trata de asumir simplemente que se desactualizó el dispositivo porque cambió el formato de la configuración social”.

Una democracia fuera de época

Para Risso, el modelo representativo fue concebido a fines del Siglo XIX para una configuración social significativamente más básica en términos culturales y económicos, con pocas clases sociales y a su vez más homogénea hacia el interior de cada clase.

Es decir, la configuración que definía a las sociedades de finales del siglo XIX se establecía binariamente en términos clásicos: trabajo/capital, propietario/proletario, generando un tipo de estratificación sociocultural y un orden económico muy rudimentarios en comparación a la extrema complejidad que presentan las sociedades digitales del siglo XXI.

“Actualmente vivimos en una sociedad hiper-heterogénea, con múltiples identidades, intereses y formas de interacción. Nuestras instituciones de matriz decimonónica no están diseñadas estructuralmente para poder reconocer y gestionar el tipo de complejidad que caracteriza a las sociedades actuales”, explica.

Desde esa perspectiva, descarta la posibilidad de “reparar” el sistema: “Nuestro entramado institucional responde a una temporalidad distinta al presente”.

“No es cuestión de reparar la vieja videocasetera, debemos remplazarla por un nuevo sistema que proyecte el tipo de complejidad actual, asumiendo que incluso el instituto mismo de la representación tradicional por sustitución será probablemente superado por la nueva sociedad digital que se dirige hacia otra forma de interacción social y convivencia y en consecuencia también hacia otro modelo de participación política”.

Guido Risso es abogado y doctor en Ciencias Jurídicas.

La “hipertrofia” del voto

Uno de los puntos más innovadores de su diagnóstico es el concepto de “hipertrofia del sufragio”. Según Risso, el voto ha quedado prácticamente como el único canal formal de vínculo entre ciudadanía y representantes.

“Es muy forzado reducir la extrema complejidad actual a las clásicas categorías representables y menos aun mediante una sola vía y de estructura cerrada como el sufragio”, afirma.

Y añade: “Esta dificultad ha generado lo que denomino ‘la hipertrofia del sufragio’ que tiene que ver con la soledad institucional y la imposibilidad técnica del sufragio de habilitar el dialogo. La soledad institucional hace referencia a que todo aquello que sucede entre elección y elección básicamente carece de algún canal de vinculación formal entre la ciudadanía y sus representantes”

Para Risso la reforma constitucional del año 94 desaprovechó la oportunidad de incorporar alguno de los muchos institutos que existen en el derecho comparado que complementan al sufragio y habilitan el diálogo permanente y el control externo al poder por parte de la ciudadanía, “como el sistema de asambleas, la revocatoria popular de mandatos, el modelo de mandato rotativo, de mandato anual, de instrucciones obligatorias, de mandatos imperativos, referéndums derogatorios”.

“En definitiva, debido a la inexistencia de otras opciones de vinculación entre representantes y representados, el sufragio se ha convertido en el único puente de comunicación formal y en consecuencia ha terminado sobrecargado de funciones y expectativas”, explica el profesor de la Universidad de Buenos Aires.

Pero el análisis de Risso no se detiene en esta soledad y sobrecarga que pesa sobre el sufragio, pone sobre la mesa otro aspecto constitutivo del instituto: “El sufragio es un mecanismo cerrado, que reduce la complejidad social a un ‘sí o no’. No habilita el diálogo ni los matices”.

Esa simplificación, advierte, no es neutra: “Termina reproduciendo una lógica binaria similar a la estructura psíquica del fanático: pues justamente el fanatismo es el estado mental caracterizado por una estructura cerrada que no admite matices ni dialogo y por ello funciona solo desde la adhesión o el rechazo total hacia una idea”.

“El fanático observa desde la perspectiva bidimensional del ‘todo o nada’, del ‘si o no’, del ‘adhiero o rechazo’, es decir, comparte la misma estructura del sufragio”, agrega.

El quiebre generacional

El diagnóstico se vuelve más contundente cuando incorpora la mirada de las nuevas generaciones. Para los llamados “centennials”, sostiene Risso, el sistema político tradicional aparece como algo ajeno, incluso engañoso.

“Lo ven como un joystick desenchufado: un mecanismo que no les responde”, describe.

Y amplía: “Acostumbrados a interactuar en tiempo real a través de plataformas digitales, estos jóvenes no conciben la idea de delegar su voz en un representante para inmediatamente después desaparecer y prácticamente ser silenciados por dos años. Quieren el joystick conectado durante todo el juego, no que se lo apaguen y enciendan cada cuatro años”.

“Las redes sociales ya son, para ellos, una forma de vivir, un canal directo de participación en todos los aspectos de la vida. No tiene sentido que la política siga funcionando con una lógica del siglo XIX”, sostiene.

El riesgo del “neo-autoritarismo”

En este escenario, Risso introduce una advertencia fuerte: si el sistema no se actualiza, las nuevas generaciones podrían percibir a la clásica democracia representativa como una forma de autoritarismo.

“Si este desfasaje persiste, aquello que hasta nuestra generación se consideró un avance histórico empezará a ser visto como un obstáculo deliberado por la próxima generación”, explica.

Y profundiza: “Así como en otras épocas existió el autoritarismo del monarca, en el futuro muy probablemente se hablará del ‘autoritarismo del sufragio’”.

La clave, según su planteo, está en que el sistema actual no solo limita la participación, sino que diluye la identidad política individual dentro de un cuerpo electoral abstracto.

“El ciudadano pierde capacidad real de incidencia y control. Su poder se vuelve casi insignificante y para los nativos digitales esto será observado como un obstáculo”, advierte.

Hacia una nueva estatalidad

Frente a este panorama, Risso no propone una reforma incremental sino un cambio de paradigma. Su idea de “auto-representación” apunta a un modelo donde la ciudadanía participe de manera más directa, articulando lo analógico con lo digital como etapa de transición hacia un sistema final que fusionará lo digital con lo biológico.

“El cambio va a ocurrir, por que no podemos detener la historia. La pregunta es si lo anticipamos y logramos encauzarlo dentro de las reglas y garantías que heredamos del constitucionalismo clásico y el humanismo, o si lo dejamos librado a la irrupción desordenada de la historia y a la llegada de un posible autoritarismo digital basado en la manipulación masiva de las emociones mediante los algoritmos”, plantea.

En ese sentido, sostiene que el debate debe darse ahora: “Necesitamos ya mismo pensar una nueva Constitución Nacional que contemple estas transformaciones y que contenga los valores que promueve y defiende, por ejemplo, el preámbulo de nuestra Constitución Nacional”.

Un debate incómodo, pero inevitable

Las ideas de Guido Risso incomodan porque cuestionan uno de los pilares centrales de la organización política moderna. Pero también interpelan un fenómeno que ya está en marcha: el desajuste entre instituciones analógicas de matriz decimonónica y una sociedad profundamente digitalizada.

Su diagnóstico no es optimista, pero sí urgente: la democracia representativa no está en crisis por errores de gestión, sino simplemente porque fue diseñada desde y para un mundo que ya no existe.

Y como toda tecnología, tarde o temprano será remplazada. La incógnita es cómo -y a qué costo- se producirá ese remplazo.

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