Almudena Bernabéu: “La jurisdicción universal encuentra en Argentina una oportunidad: no repetir errores es la clave”

Con base constitucional y causas en marcha, Argentina emerge como un nuevo escenario para la jurisdicción universal. En diálogo con Quorum, la abogada española Almudena Bernabéu, fundadora de Guernica 37, explica de qué se trata este proyecto de litigio estratégico internacional y advierte: el desafío es no repetir los errores que en otros países terminaron debilitando esta herramienta.

Almudena Bernabéu no habla de jurisdicción universal como una bandera abstracta, sino como un método: cuando la justicia “en casa” no llega, hay que saber dónde empujar, con qué herramientas y con qué límites. Abogada española formada en el derecho continental, entrenada luego en el litigio del common law y curtida en causas de lesa humanidad, construyó una trayectoria que conecta foros, tiempos y lenguajes jurídicos distintos: usar tribunales extranjeros para destrabar impunidades locales y, cuando se puede, lograr que la justicia regrese al país donde ocurrió el horror.

Bernabéu intervino en algunas de las causas más emblemáticas contra la impunidad a nivel global: desde la masacre de los jesuitas en El Salvador y el genocidio maya en Guatemala, hasta el asesinato de Víctor Jara en Chile y las investigaciones por crímenes de lesa humanidad en Siria y Nicaragua.

Durante su reciente visita a nuestro país, en el marco del Simposio “Jurisdicción universal y derecho penal internacional” en la Facultad de Derecho de la UBA, Bernabéu mantuvo una extensa conversación con Quorum en la cual recorre el origen íntimo de su vocación -“la defensora de los imposibles”-, el salto accidental hacia lo internacional, el aprendizaje de la inmigración y el trabajo “a mordiscos” en una disciplina que se estaba inventando. Pero el corazón de la entrevista está en el presente: la advertencia sobre el “oportunismo” que puede arruinar una oportunidad histórica y el llamado a “tender puentes” para que Argentina no quede sola ante el desafío de investigar crímenes que trascienden fronteras.

¿Cuándo decidiste estudiar Derecho?

La verdad es que no lo sé: te diría que siempre. Empezó muy temprano. De hecho, hay un chiste familiar, porque mis abuelos -mi abuelo en particular, el padre de mi madre- venían de un mundo sin educación formal. Ir a la universidad era, para ellos, una locura: algo caro e inaccesible. Sin embargo, era la España de los años posteriores a la dictadura, donde el estudio académico universitario se popularizó por fin, en el sentido de que se abarató y se volvió accesible a todos los sectores. Mi abuelo repetía: “Si eres abogada, yo te pago la matrícula”. Mi padre todavía dice que le debe dinero por eso. Yo tenía cuatro o cinco años y creo que ahí nace la vocación. Una de las razones era inconsciente: la asunción del papel de mujer y la búsqueda de profesiones que me pusieran, lo más rápido posible, en un plano de igualdad con los hombres. En ese sentido, estudiar para ser abogada era en mi mente infantil, la vía. Después hay otra dimensión más compleja. Desde muy pequeña conocí la exclusión. En un colegio religioso para niñas donde se habían tradicionalmente agrupado niñas de las élites, en una España áspera, de postdictadura, empezaron a integrarse niñas de clase baja y media baja como yo. Aunque todas llevábamos uniforme, encontrábamos maneras de diferenciarnos y de excluir. Y yo recuerdo esa violencia, esa exclusión expresada de mil maneras, cotidiana contra esas niñas estigmatizadas, por ser gordas, por ser menos guapas, por ser gitanas… Yo era más versátil, por personalidad y carácter, creo, me encontraba cómoda más o menos con los dos grupos. podía estar en ambos lados. Pienso que eso me convirtió en la persona que debía defender a los excluidos, a quienes yo percibía como más débiles, y para bien o para mal, ese sentimiento me ha acompañado toda la vida.

¿Por qué te volcaste al Derecho Internacional?

Eso fue accidental. Hubo dos experiencias que marcaron la dimensión internacional de mi ejercicio profesional, y la primera es boba, pero fue decisiva. Cuando estaba terminando mis estudios de derecho, conocí a un norteamericano y nos ennoviamos. Yo soy muy formal con los papeles y cuando decidimos vivir juntos en España, me preocupaba su estatus inmigratorio. Comencé a indagar los recursos legales disponibles. Estamos hablando de 1994, cuando España se convertía, por primera vez, en un país receptor de migración. Yo, ingenua, pregunté cómo ayudar a “un gringo” alto, rubio y educado a conseguir papeles. Me mandaron a una oficina de extranjería, en concreto al Centro De Inmigración para Trabajadores Migrantes instalado y gestionado por el sindicato Comisiones Obreras. Era una España sin legislación real en esa materia, apenas una ley precaria de 1985. Ahí vi algo que nunca había visto, colas interminables, familias, niños, mujeres, todos en largas filas esperando algo. Su expresión, en esa espera, te rompía el corazón. Yo sentí por primera vez en mi vida profesional, o en la que tendrá y desarrollaría muchos años después, angustia: ¿de dónde viene esta gente?, ¿qué les pasa? ¿Qué necesitan? ¿Qué esperan? Allí, en el CITMI, un abogado, Paco Solans -aún hoy amigo mío- me explicó que sin leyes que permitieran la legalización de los extranjeros de forma plena, habían encontrado una vía, solicitar una regularización, es decir, no iban a legalizar a los inmigrantes como ciudadanos, pero se los registraba para incluirlos en una vía rápida que los regularizaba y por lo tanto los dotaba de la habilidad de trabajar y aún más importante, de acceder a importantes beneficios sociales ya instalados en España desde la transición democrática: la educación y la salud pública. Lo que en mi opinión es lo que la gente necesita para vivir con dignidad. Sin entender bien la importancia ni el alcance, aquello me emocionó. Se inventó esa ficción jurídica -la regularización- y unas 150.000 personas pudieron trabajar legalmente. No podían salir del país, no eran residentes formales, pero pudieron vivir. Cuando lo entendí, se me pusieron los pelos de punta. Y pregunté: “¿Necesitáis ayuda?”. Trabajaba en una firma privada, pero desde ese día salía de madrugada y, por la noche, iba al sindicato como voluntaria. Llegaba a casa a medianoche, feliz. Ahí encontré la felicidad. Y ahí ya no hubo vuelta atrás.

¿Y la segunda anécdota?

Yo no tenía una inclinación particular por el Derecho internacional público; en realidad, ni siquiera sabía conceptualizar del todo. En la España universitaria de los años noventa no se estudiaban los derechos humanos, la asignatura simplemente no hacía parte del currículum ni del plan de estudios, arrastraba inercias de otra época. Mi formación no me había dado aún una sensibilidad clara hacia el Derecho internacional de los derechos humanos. Y ocurre algo decisivo, en 1998 se produce la detención de Augusto Pinochet en Londres. Yo intuía que era un hecho histórico, un motivo de celebración, entendía que Pinochet instala una dictadura en Chile y que esta era responsable de la tortura, asesinato y desaparición forzada de miles de personas, aunque todavía no comprendía sus implicaciones con profundidad. Lo que sentí, más que entusiasmo, fue una especie de deber, debía leer, informarme y entender por qué aquello era tan importante. Así lo hice y ahí entendí la gravedad y las implicaciones de la violencia ejercida desde el Estado, algo que había ocurrido en España pero que la reconstrucción de mi país y la fundación de una democracia por primera vez en el siglo, me habían ocultado. Entendí y me interesé por los diferentes procesos por los que estaban pasando tantos países en la región latinoamericana, por la que siempre tuve especial predilección, romántica e histórica: Argentina, Perú, Ecuador, Colombia, más tarde El Salvador, y Guatemala, empecé a leer sobre una incipiente materia conocida como justicia transicional, igualmente, concebida en la región, la violencia estatal, la arquitectura de la impunidad. Y, una vez que entré en ese mundo, ya nunca más salí. Con el tiempo entendí también algo más, el tipo de abogada que soy también nace de haber coincidido con un momento histórico excepcional. El Estatuto de Roma, las negociaciones, la creación de la Corte Penal Internacional, todo se estaba gestando y surge el derecho penal como cuerpo normativo, con principios, doctrina, así que fue contemporánea de su creación y eso fue una oportunidad enorme. Tuve la suerte, o estaba predestinada, para arrancar joven, con 23 años, en esa marea. Somos una generación que se formó ‘a mordiscos’, aprendiendo mientras el terreno se inventaba.

Claro, la situación histórica ayudó, sin ninguna duda. Pero también hay que tener una sensibilidad especial porque no cualquiera emprende este camino, más allá de una determinada coyuntura que lo facilite… 

Creo que lo mío fue rendirme a lo inevitable… Vivía en un edificio antiguo, en un barrio antiguo, con esa España de pisos sin ascensor donde los últimos niveles eran de los jóvenes. Tenía dos vecinos, uno era artista y el otro era un espíritu indomable, ambos estaban haciendo el doctorado. Nos juntábamos a tomar vino, a conversar, a discutir. Y yo tenía la necesidad, el deber, quizá un poco ingenuo, de ser la brújula política del grupo. Ellos estaban informados, pero no tenían ese pulso específico. Yo leía prensa sin parar. Era una locura emocionante. No había internet como hoy, leía revistas, me suscribí a un par de revistas políticas de Latinoamérica, en Colombia y México y a Le Monde Diplomatique, sin estrategia, pero sin pausa. Encontraba la manera de seguir el caso Pinochet, qué estaba pasando en España, cómo se movía Baltasar Garzón, que ocurría en Londres, cómo temblaba Chile, cómo respondía el gobierno, cómo se reordenaba el debate público. Y ahí aparece algo que sigue siendo verdad para mí, quise convertirme en esa persona, en esa abogada, por amor. Me enamore de la posibilidad de hacer uso de las leyes para cambiar las condiciones negativas de la vida de las personas, para revertir realidades de injusticia que se han vuelto estructurales. Me di cuenta, con una reacción emocional, por qué quería con tanta fuerza ser abogada desde pequeña. Intuitivamente sentí que eso iba a acompañarme toda la vida. Después vinieron muchas reinvenciones, pero el principio fue ese.

Estudiaste y trabajaste en España, después te fuiste a Estados Unidos. ¿Cómo surgió esa situación?

Por el novio gringo (risas). La vida te pone piedritas y también te pone pistas, y yo tiendo a seguir esas pistas. Él era un norteamericano, aunque más español que yo. Nos casamos y vivimos en España pero llegó un momento en que decidimos que lo mejor era regresar a Estados Unidos, era un tema de oportunidades laborales y sin conocer – al menos yo- la realidad en EEUU, decidimos emigrar. Emigrar, sean cuales sean las circunstancias, es durísimo. Llegué a San Francisco en 1999 con un inglés muy limitado. Sin embargo, encontré trabajo en tres meses, mi experiencia en inmigración en España fue un diferencial para empezar mi vida profesional en Estados Unidos. Yo desconocía dos cosas. La primera: que en el Área de la Bahía el Movimiento de Solidaridad -con argentinos y chilenos como pioneros desde los años setenta- estaba profundamente articulado. Hay organizaciones de la sociedad civil, comisiones dentro de la alcaldía de San Francisco, redes enteras dedicadas a esa solidaridad amplia, primero con los exiliados de Chile, luego Argentina, y más tarde Centroamérica. La segunda, cuando yo llego, existía una amnistía migratoria cuya lógica se parecía a la ‘regularización’ que yo había conocido en España. Yo entendía políticamente lo que implicaba: cuanta más gente aplicara, más posibilidades había de que la medida se sostuviera y tuviera impacto real. Volví a emocionarme y me metí de lleno en procurar que el mayor número de centroamericanos se registrara. Trabajamos a destajo, pero logramos desde el despacho en el que trabajaba un número récord de solicitudes y de legalizaciones.

¿Volviste a Europa en algún momento?

Nunca volví a Europa a vivir, pero de su origen, nadie se va del todo. Y el trabajo, como siempre, me permitió volver de muchas maneras. Quedé muy vinculada a la comunidad salvadoreña, y en ese momento empezó a reactivarse en Estados Unidos el uso de acciones civiles federales bajo el ‘Alien Tort Statute’. Entonces descubrí algo especialmente degradante: grupos que se camuflaban dentro de comunidades exiliadas e inmigrantes, obtenían beneficios migratorios y se quedaban en Estados Unidos. Y a través de estas acciones civiles se los exponía y se los demandaba. En 1998 o 1999 se creó como piloto una organización de ‘public interest law’ sostenida por fundaciones. Yo me ofrecí como voluntaria. Y fue un amigo, psicólogo salvadoreño quien me dijo: “Acercate a esta organización, vincúlate con ellos porque no tienen del todo claro lo que están haciendo, como atender a las víctimas y las implicaciones de estos casos”. Allí llegué, allí me formé, y allí trabajé 16 años. Desde allí y el trabajo en esas acciones civiles por violaciones de derechos humanos logré conectarme con los abogados que en España llevaban casos de jurisdicción universal, aquellos que habían iniciado las causas de Argentina y claro… Aquellos que habían conseguido que se detuviera a Augusto Pinochet en Londres…aquello que tanto celebré, sobre lo que tanto leí, y que cambió mi vida. Este fue uno de los muchos círculos concéntricos por los que discurre mi vida y que une los puntos de esta línea torcida que es mi vida. Y ahí me quedé, para siempre, prendida de la justicia universal y de lo que los tribunales nacionales pueden hacer.

Llegamos al gran tema, la jurisdicción universal. ¿Qué significa este principio y por qué es tan importante?

Si tuviéramos que formular una máxima sobre el Derecho, una aspiración dogmática todavía pendiente es que su aplicación sea efectiva. Todo el mundo quisiera que la justicia se hiciera en casa, pronta, de manera ponderada. Esto, sin embargo, no ocurre en muchas ocasiones. En ese contexto, la jurisdicción universal es un instrumento necesario cuando la justicia no puede, o no quiere, promoverse donde debiera. Lo ideal es que estos casos terminen devolviendo la justicia al lugar donde los abusos ocurrieron. Yo he tenido suerte: el caso del genocidio en Guatemala, por ejemplo, ayudó a abrir camino y transformó a esa sociedad. Y ahora Argentina aparece con un rol internacional bellísimo: la música sigue sonando, renovada, vigente. Y siento que le toca el turno a Argentina.

¿Qué pasa en España? Porque España fue pionera y todo parece indicar que la reforma del 2014 no la benefició en lo absoluto.

España vivió una mezcla de audacia y presión. Hubo valentía y creatividad, el fiscal Carlos Castresana el juez Baltasar Garzón, abogados extraordinarios como Joan Garces, Manuel Olle, Carlos Slepoy, Enrique de Santiago y tantos otros, abrieron un camino al mundo. Pero después se impuso una lógica peligrosa: confundir oportunidad con oportunismo y contribuir a un discurso de desgaste político de los tribunales que hasta hoy creo que es falso y peligroso. Se construyó un discurso de ‘saturación’ que era falso; se mezclaron intereses políticos con argumentos jurídicos, y la opinión pública fue absorbida por ese marco. Sumado a presiones externas -en particular de Estados Unidos- y tensiones geopolíticas, el modelo empezó a desarmarse. Además, España derivó hacia una legitimación pasiva, solo atender casos con víctimas españolas. Eso fue deshonesto y excluyo a muchas personas. A partir de ahí, la Fiscalía española buscó desactivar la jurisdicción universal. Con errores propios, presiones políticas y fatiga institucional, se terminó desmontando una herramienta que había hecho historia.

¿Qué ves qué está pasando en Argentina?

Argentina es una oportunidad real para la justicia por crímenes internacionales, para combatir la impunidad a través de la jurisdicción universal, esta tiene anclaje constitucional (art. 118) y bastantes causas abiertas. Pero empieza a aparecer una euforia internacional, muchos casos, dispares y difíciles de investigar y procesar. Se presentan casos contra jefes de Estado en funciones, por ejemplo donde aparecen grandes retos inmunidades y por imposibilidad de ejecución. El juez queda con casos imposibles; aparece fatiga judicial. Por eso es vital y vamos a trabajar desde el Centro Guernica 37 para acompañar, reforzar, echar una mano en definitiva a los operadores de justicia en Argentina y entre todos mejorar el cómo en realidad pueden avanzarse estas causas, que se requiere. Nosotros no tenemos una agenda ni mucho menos casos, lo que deseamos es poner los últimos 25 años, con aciertos y con errores, al servicio del esfuerzo que se sigue ahora en Argentina, en ese acceso vital a la justicia para las víctimas no repita el desgaste español, y que jueces y fiscales no se sientan solos.

¿Qué es Guernica 37?

Guernica 37 nace en 2017, como un proyecto legal que invierte la lógica para lograr una rendición de cuentas efectiva en nuestros países que instale equidad y justicia. No nacimos para hacer algo diferente en la lucha contra la impunidad y la búsqueda de justicia estructural, nacimos para intentar hacerlo mejor. Por eso digo que invertimos la lógica, creímos que antes que llegar con un informe, una opinión formal, un caso etc.…había que tomarle el puso a las sociedades y a las comunidades que pretendíamos impactar, que quieren y que necesitan, que vale en su contexto y que no, y como un arrancar un esfuerzo progresivo hacia una exigencia de responsabilidades (sociales, civiles, penales, culturales) y de transformaciones podría tener lugar. Decidimos invertirle tiempo y esfuerzo al proceso, y no solo al resultado. Montamos una estructura híbrida con nuestra organización sin ánimo de lucro, el centro Guernica 37 en Estados Unidos y con presencia y equipo también en Londres, Madrid, México y muy pronto en Bogotá.

¿Cómo se sostiene en el tiempo?

Se sostiene con apoyo filantrópico, personas -donantes individuales- quienes creen en nuestra labor y capacidad de impactar positivamente estas transformaciones, la fundación británica Oak, la fundación Ford etc. Requiere cultivo de relaciones, transparencia y participación honesta, es duro en ocasiones, pero también emocionante. Mi mensaje en Argentina es simple: tender puentes y acortar distancias. Argentina no debería sentirse sola. Hay formas de trabajar juntos y de hacerlo mejor, aprendiendo de errores previos.

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