Un exhaustivo informe regional revela que los discursos antisemitas en internet se han estabilizado muy por encima de las cifras previas al 7 de octubre de 2023. Ante plataformas desbordadas y un odio que muta para evadir filtros, la Justicia explora nuevas herramientas penales y restaurativas para proteger la convivencia democrática.
El 7 de octubre de 2023 marcó un antes y un después en el ecosistema digital. Lo que comenzó como una explosión de mensajes de odio en redes sociales tras los ataques terroristas de Hamas terminó convirtiéndose en una nueva normalidad algorítmica. Lejos de retroceder con el paso del tiempo, los discursos antisemitas continúan circulando con intensidad en internet y encuentran nuevas formas de expandirse, adaptarse y evitar los mecanismos de control.
Esa es una de las principales conclusiones del Informe Anual sobre Antisemitismo en Internet 2025, elaborado por el Observatorio Web y el Congreso Judío Latinoamericano (CJL), que analizó más de 118 millones de publicaciones en plataformas digitales de habla hispana. El estudio concluye que gran parte de estos discursos se ha naturalizado como parte del paisaje cotidiano de las redes sociales.
Los datos son contundentes. La red social X (antes Twitter) concentra el mayor porcentaje de contenidos clasificados como antisemitas, con un 20,68%, seguida por los comentarios en portales digitales (15,16%) y Facebook (14,98%).
La transformación del odio
Uno de los hallazgos más inquietantes del informe es que el antisemitismo contemporáneo ya no suele manifestarse mediante expresiones explícitas o referencias directas al odio racial. Por el contrario, adopta formas más sofisticadas que dificultan su detección.
La negación del Holocausto, históricamente uno de los ejes del antisemitismo tradicional, representa hoy apenas una porción marginal de las publicaciones relevadas. En su lugar proliferan mensajes que se presentan como ironías, críticas geopolíticas o piezas de desinformación que terminan reproduciendo estereotipos y prejuicios antijudíos.
Una de las estrategias más frecuentes consiste en reemplazar la palabra “judío” por términos como “sionista” o “sionismo”. Según el informe, esta sustitución no es casual: busca eludir los sistemas automáticos de moderación implementados por plataformas como Meta o TikTok, permitiendo que contenidos hostiles circulen bajo la apariencia de activismo político o debate ideológico.
El desafío judicial de perseguir el odio en la era digital
La expansión de estos discursos plantea interrogantes complejos para el sistema judicial. ¿Cómo identificar una conducta delictiva en un entorno donde predominan el anonimato, la viralización instantánea y los mensajes codificados? ¿Dónde termina la libertad de expresión y comienza la incitación al odio?
El informe incorpora la mirada de la fiscal Andrea Scanga, titular de la Fiscalía especializada en Discriminación del Ministerio Público Fiscal de la ciudad de Buenos Aires, quien sostiene que el antisemitismo y las distintas formas de discriminación no pueden ser entendidos como episodios aislados, sino como mecanismos persistentes de organización social que generan jerarquías y exclusiones.
La repercusión del conflicto en Medio Oriente tuvo un correlato directo en los tribunales porteños. Durante el semestre posterior al ataque del 7 de octubre, el Ministerio Público Fiscal registró un incremento del 89% en las denuncias vinculadas con antisemitismo. Los casos abarcaron desde expresiones de odio en redes sociales hasta agresiones físicas y actos de vandalismo con simbología nazi.
Scanga advierte que la Justicia no puede analizar estos fenómenos únicamente desde categorías tradicionales. El discurso discriminatorio suele circular mediante símbolos, códigos o referencias indirectas que requieren nuevas herramientas interpretativas para ser identificadas y contextualizadas.

Las herramientas que adopta la Justicia
Entre los instrumentos que comienzan a ganar protagonismo aparece el denominado Test de Rabat, desarrollado en el ámbito de las Naciones Unidas para evaluar cuándo una expresión puede constituir incitación al odio.
El análisis contempla seis variables: el contexto social en el que se emite el mensaje, la posición o influencia de quien lo difunde, la intención perseguida, el contenido específico de la publicación, el alcance logrado mediante algoritmos y la probabilidad real de generar daños físicos o institucionales. Este enfoque permite una evaluación más precisa de fenómenos comunicacionales cada vez más complejos.
Otro avance significativo fue la adopción formal, por parte del Ministerio Público Fiscal porteño, de la definición de antisemitismo elaborada por la Alianza Internacional para el Recuerdo del Holocausto (IHRA), a través de la Resolución FG 75/2024. La herramienta busca brindar criterios interpretativos que permitan distinguir entre una crítica legítima a las políticas del Estado de Israel y manifestaciones que constituyen discursos discriminatorios o deshumanizantes.
Más allá del castigo
El informe también pone el foco en una tendencia creciente dentro de la política criminal contemporánea: la incorporación de mecanismos de justicia restaurativa para abordar casos de discriminación.
Según Scanga, las respuestas exclusivamente punitivas suelen resultar insuficientes para modificar conductas arraigadas. Por esa razón, cada vez con mayor frecuencia se implementan soluciones basadas en probation, mediaciones penales, capacitaciones obligatorias y tareas comunitarias orientadas a que el agresor comprenda el impacto de sus acciones sobre grupos históricamente perseguidos.
El objetivo no es únicamente sancionar, sino también reducir la reincidencia y promover procesos de reparación social capaces de reconstruir vínculos dañados por el discurso de odio.
Un indicador del deterioro democrático
Más allá de sus efectos sobre la comunidad judía, el informe plantea una advertencia de alcance más amplio. El antisemitismo aparece como un síntoma de fenómenos sociales más profundos vinculados con la desinformación, la polarización y la erosión de los consensos democráticos.
El monitoreo realizado durante 2025 muestra cómo las redes sociales funcionan muchas veces como verdaderas “mangueras de falsedades”, capaces de amplificar narrativas que fragmentan el tejido social y debilitan la confianza pública.
En ese contexto, el Congreso Judío Latinoamericano sostiene que el antisemitismo dejó de ser un problema circunscripto a una comunidad específica para convertirse en un indicador del deterioro de la convivencia democrática. La respuesta, concluye el informe, exige una combinación de persecución penal eficaz, herramientas preventivas y una mayor responsabilidad de las plataformas tecnológicas, cuya arquitectura sigue favoreciendo la circulación de contenidos polarizantes por encima de la seguridad pública.
