El juez brasileño Sami Storch, creador del derecho sistémico, visitó la Argentina para participar del Segundo Seminario Internacional de Derecho Sistémico. En diálogo con Quorum, explicó los fundamentos de este enfoque inspirado en las constelaciones familiares, respondió a las críticas y defendió la necesidad de incorporar una mirada más humana y profunda en la resolución de conflictos.
El derecho sistémico despierta adhesiones apasionadas y fuertes cuestionamientos. Para algunos representa una innovación capaz de transformar la forma en que se abordan los conflictos judiciales; para otros, una propuesta difícil de compatibilizar con los paradigmas tradicionales del derecho.
Su creador es el juez brasileño Sami Storch, quien comenzó a desarrollar este enfoque hace más de una década a partir de los aportes de las constelaciones familiares de Bert Hellinger. Desde entonces, su trabajo se expandió por distintos países de América Latina y generó un intenso debate dentro de la comunidad jurídica.
Durante su visita a Buenos Aires para participar del Segundo Seminario Internacional de Derecho Sistémico, Storch conversó con Quorum sobre los fundamentos de esta disciplina, su aplicación en los tribunales, las resistencias que enfrenta y los cambios que, a su juicio, necesita la Justicia contemporánea.
Para empezar por lo básico: ¿qué es el derecho sistémico?
Es una visión sistémica del derecho que incorpora los órdenes naturales que rigen la vida y los vínculos humanos. Propone pasar de una mirada centrada exclusivamente en el proceso judicial a una comprensión más profunda de la realidad esencial de las personas. El conflicto es inevitable, forma parte de la vida, pero puede transformarse en una oportunidad de crecimiento. El objetivo es que quienes atraviesan un conflicto puedan salir de él mejor de lo que estaban antes.
¿Cómo llegó a desarrollar una herramienta tan diferente de las que tradicionalmente se asocian al derecho?
Siempre tuve vocación por la justicia y por contribuir a poner orden donde hay desorden. Pero sentía que algo no funcionaba. Percibía que muchas veces el derecho no lograba la efectividad que buscaba. Cuando conocí las constelaciones familiares de Bert Hellinger encontré una nueva forma de observar los conflictos humanos. Eso me permitió incorporar una mirada más amplia sobre las relaciones y comenzar a desarrollar herramientas que ayudaran a identificar dinámicas profundas que permanecían ocultas detrás de los procesos judiciales. Fue un cambio de paradigma. No se trata solamente de escuchar lo que las personas dicen, sino también de observar aquello que no están viendo o no pueden expresar.
Las constelaciones familiares suelen generar cierta incredulidad. ¿Cómo se traslada esa experiencia al ámbito judicial?
No se trata de creer o no creer. Se trata de observar fenómenos humanos reales. Las personas sufren, repiten patrones, viven conflictos que parecen no tener salida. El derecho sistémico invita a ampliar la mirada. No impone una doctrina ni una ideología. Es una filosofía práctica y fenomenológica: observar qué ocurre cuando las personas se permiten mirar aspectos de su historia que antes permanecían ocultos.
¿Su aplicación es obligatoria dentro de los tribunales?
De ninguna manera. Nunca propuse que se impusiera. Es una herramienta disponible para quienes quieran utilizarla. Nadie puede obligar a una persona a cambiar. Cada uno decide si desea ampliar su mirada y asumir su propia responsabilidad en los conflictos que atraviesa. El derecho sistémico simplemente ofrece una posibilidad.
¿Cómo se trabaja concretamente con esta metodología?
Existen distintas técnicas, muchas de ellas derivadas de las constelaciones familiares. El objetivo es identificar dinámicas ocultas que pueden estar detrás de situaciones de violencia, conflictos familiares o repeticiones de determinados patrones. Bert Hellinger describió tres leyes sistémicas fundamentales: la pertenencia, el orden y el equilibrio. Cuando alguno de esos principios se altera aparecen conflictos que muchas veces se transmiten de generación en generación. Por ejemplo, cuando un hijo ocupa simbólicamente el lugar de un padre o una madre, o cuando determinadas personas son excluidas de la historia familiar. Estas dinámicas suelen tener consecuencias profundas en la vida de las personas.
¿Por eso sostiene que algunas situaciones de violencia o abandono se repiten?
Exactamente. Muchas veces vemos personas que repiten aquello mismo que sufrieron. Un ejemplo frecuente es el de quienes no tuvieron reconocimiento paterno y luego tampoco reconocen a sus propios hijos. Son patrones que operan más allá de la voluntad consciente. Si no se observan esas dinámicas profundas, existe una tendencia a repetirlas.
El lema del seminario fue “El poder pacificador del derecho”. ¿Qué significa?
Significa que el derecho puede ser una herramienta para restaurar la paz y no solamente para administrar conflictos. Muchas veces lo que llamamos justicia es, en realidad, una búsqueda de compensación o incluso de venganza. El derecho sistémico busca identificar cuándo una persona está atrapada en esa dinámica y ayudarla a encontrar una solución que restablezca el equilibrio y permita avanzar. Una justicia que genera paz evita nuevas injusticias y nuevas cadenas de resentimiento.
¿Cómo observa el desarrollo del derecho sistémico en la Argentina?
Veo mucho interés. Algo similar ocurrió en Brasil cuando comenzamos hace más de quince años. Muchas personas sienten que esta mirada devuelve sentido al ejercicio del derecho. También existen resistencias, porque cualquier cambio profundo cuestiona estructuras establecidas. Pero quienes experimentan resultados concretos suelen querer profundizar en estas herramientas.
Justamente, una de las críticas más difundidas sostiene que el derecho sistémico fue prohibido en Brasil. ¿Qué hay de cierto en eso?
No es cierto. Hubo intentos legislativos y proyectos impulsados por algunos sectores para restringir el uso de las constelaciones familiares en determinados ámbitos, pero ninguno prosperó. No existe ninguna prohibición vigente ni en el Poder Judicial ni a nivel legislativo. Lo que sí existe es un debate intenso y resistencias de distintos grupos que cuestionan esta metodología.
¿A qué atribuye esas resistencias?
A distintos factores. Toda innovación genera reacciones. Hay sectores que consideran que determinados conflictos deben abordarse exclusivamente desde perspectivas tradicionales. También existen intereses profesionales e institucionales que pueden sentirse cuestionados cuando aparece una nueva herramienta. Pero eso es parte de cualquier proceso de transformación.
Después de tantos años de trabajo, ¿hay algún caso que lo haya marcado especialmente?
Recuerdo una pareja que acumulaba 23 procesos judiciales derivados de su separación: divorcio, alimentos, cuidado de los hijos, denuncias cruzadas y conflictos patrimoniales. Después de participar en una constelación realizada en el ámbito judicial, dos meses más tarde acudieron a una audiencia completamente distinta. Llegaron dialogando, lograron acuerdos y comenzaron a cerrar todos esos procesos. Lo más importante fue que recuperaron una relación respetuosa como padres. Los hijos dejaron de quedar atrapados en el conflicto. Ese caso me impactó mucho.
¿Cuál cree que es la clave de esos resultados?
Que las personas dejan de esconderse detrás de las narrativas jurídicas y se conectan con aquello que realmente les duele. Los procesos judiciales muchas veces permiten evitar ciertos dolores profundos. El derecho sistémico invita a mirar esa realidad esencial. Cuando una persona logra hacerlo, muchas veces deja de necesitar el conflicto para sostener su posición. Entonces puede aparecer algo nuevo.
Si pudiera cambiar una sola cosa del sistema judicial latinoamericano, ¿qué cambiaría?
Le daría más espacio al alma humana. El derecho necesita seguir siendo técnico, pero también necesita reconocer que detrás de cada expediente hay personas, emociones y vínculos. Estamos atravesando una época de cambios profundos. La inteligencia artificial resolverá muchas tareas, pero no puede reemplazar la comprensión de los sentimientos ni la calidad de las relaciones humanas. Siempre recuerdo una frase inspirada en El Principito: “Lo esencial es invisible a los autos”. Creo que hoy la ciencia jurídica necesita aprender a mirar precisamente eso: aquello esencial que no aparece en los expedientes, pero que muchas veces explica el verdadero origen de los conflictos.
