Desde la presidencia de la Comisión de Acusación, una de las áreas más delicadas del Consejo de la Magistratura de la Nación, el consejero Alberto Maques ofrece una mirada sin eufemismos sobre el poder, las tensiones internas y los desafíos estructurales de la Justicia argentina.
Recién salido de una tensa reunión del Plenario del Consejo de la Magistratura de la Nación -donde se decidió avanzar con el proceso de juicio político contra dos jueces-, Alberto Maques recibe a Quorum en su oficina del Comité Ejecutivo de Servicios de Salud del Consejo porteño.
Todavía con el clima caliente de la discusión a cuestas, el consejero no esquiva definiciones. Habla de presiones -“siempre hay”-, del delicado equilibrio que implica acusar a magistrados y de una convicción que atraviesa toda la entrevista: la Justicia debe dejar de mirarse a sí misma y volver a enfocarse en la gente.
Entre anécdotas, frases filosas y una mirada pragmática de la gestión, Maques traza un mapa del poder real dentro del Consejo, cuestiona los modos en que la Corte impulsa cambios y advierte que el traspaso de competencias a la Ciudad no es una opción, sino un proceso inevitable.
¿Cómo es presidir la Comisión de Acusación del Consejo de la Magistratura?
Es un desafío muy importante. Indudablemente, es una responsabilidad muy grande, sobre todo para quien ejerció la profesión como abogado durante tantos años, como es mi caso: casi 40 años. Entonces, estar juzgando a los jueces -y por situaciones que no tienen nada que ver con el contenido de sus fallos- se torna, a veces, difícil. En mi caso, la experiencia que tenía era que, durante varios años y en diferentes etapas, formé parte -y ahora pienso que voy a volver a hacerlo a fin de año o el próximo- del Tribunal de Disciplina del Colegio Público de Abogados. Ahí lo que se juzgaba eran los pares. Pero hay una diferencia: los abogados, cuya sanción máxima es la exclusión de la matrícula, tienen una instancia revisora en la Justicia contencioso administrativa. En cambio, los jueces, si el resultado es -como me ha pasado recientemente- que dos casos fueron al jury de enjuiciamiento, tienen allí una instancia donde se defienden con su abogado y, en función de eso, se ve si se los destituye definitivamente o si, eventualmente, logran reencauzar la situación y salir indemnes del proceso. Por lo cual hay que trabajar con mucho cuidado.
¿Cómo encara ese trabajo en lo cotidiano?
Yo lo que trato de hacer -y es un hábito que tengo desde joven- es actuar con prudencia. No provengo de una familia de abogados ni tenía a quién consultar. Mi mayor cercanía era con el ámbito inmobiliario, donde uno no pasaba de los desalojos, las cartas documento, los boletos de compraventa, los contratos… todo bastante de molde. Acá es distinto. Tenés que tener mucho cuidado en cómo te manejás en las diferentes instancias, porque son muy particulares. Primero citás al juez por lo que se llama el artículo 11. Es como advertirle: decirle “mire, contra usted hay una denuncia por esto, por esto y por esto”. La denuncia puede ser anónima, aunque en el 85% de los casos es específica. El juez responde y, en función de esa respuesta, actúa la comisión. Yo presido la comisión, pero siempre tuve el hábito de trabajar en equipo.
¿Ese trabajo en equipo es una decisión personal o una práctica del órgano?
Es una decisión muy personal. Cuando presidí el Consejo de la Magistratura de la Ciudad, éramos nueve miembros. A pesar de las facultades individuales y extraordinarias que tiene el Presidente, yo consultaba todo. Porque no quería que nadie se sintiera incómodo y, además, porque era una forma inteligente de darle respaldo a mi trabajo. Nadie podía decir “yo no me enteré de esto y lo hiciste vos solo”. Y acá hago lo mismo. Hay un consejero que es el informante, una especie de instructor: es quien recolecta las pruebas y lleva adelante la acusación. Yo mantengo un contacto permanente con él. No digo que trabajemos codo a codo, pero estoy presente. Es más, si hay alguna tarea más dificultosa o engorrosa, no tengo ningún problema en ayudar, en preguntar cómo lo quiere hacer, cómo lo quiere encarar. Que aprenda y lo haga. Yo digo que cuando uno entra a un lugar también tiene que pensar en cómo se sale, porque si no entró en un laberinto. Esto es lo mismo: cuando uno elige a un magistrado, tiene que pensar cuál es la alternativa para que ese magistrado salga si no sirve. Creo que hay dos comisiones que son muy importantes para el Consejo y para la Justicia: la de Selección y la de Acusación. Es como una endoscopía completa: cómo entra y cómo sale.
Llegó al Consejo hace poco tiempo como parte de un acuerdo. Fue un acuerdo que algunos pensaban que por ahí no se iba a cumplir.
Voy a aclarar esto: yo no tenía dudas de que se iba a cumplir. Más allá de lo que puedan decir o afirmar, yo reemplacé a Miguel Piedecasas, que es un eximio jurista, un abogado importante, un hombre de peso que incluso, con la composición anterior del Consejo, llegó a presidirlo. Es una persona respetable; ideológica y políticamente pensamos parecido -no igual, pero abrevamos en las mismas aguas-. No tenía dudas de que Miguel iba a cumplir. No fue tampoco una cosa a rajatabla: en un período de cuatro años, los dos años se cumplen a los 24 meses. No fue a los 24, no sé si fue a los 25 o a los 26. Por ahí no era la forma más cómoda para mí -me hubiera gustado que me llamaran en noviembre y no un 23 de diciembre-, pero eso no pone en duda ni la honorabilidad ni el cumplimiento de Miguel. A veces hay circunstancias que exceden las voluntades personales: cuestiones de gestión, compromisos jurídicos o políticos que hacen que los tiempos no calcen como un cumpleaños.



¿Y cómo fue ese desembarco en el Consejo?
Yo llegué de esa manera, sí, convencido. Convencido de una campaña que se ganaba -y ganamos-, convencido de que se podía hacer una buena tarea. Quizás lo que no tenía en cuenta era que el trabajo era muy diferente. Una cosa es presidir el Consejo de la Magistratura de la Ciudad durante cuatro años y otra esto. Además, yo tengo un antecedente que no es ni bueno ni malo, es una realidad: fui convencional constituyente, uno de los 60 que hicimos la Constitución de la Ciudad. Una gran Constitución. Algunos me cargaban y decían que era la “Constitución de la felicidad”. Y a veces es un poco así. Es como cuando se decía “la democracia se cura, se come, se educa”. No podés decir que no, pero cuando vas a la realidad sabés que los zapatos a veces te quedan grandes, chicos o te aprietan.
¿Cómo influyó esa experiencia en su forma de gestionar?
Participé en todos los proyectos de orden jurídico: la formación del Poder Judicial, el Consejo, todo. Y sin embargo, quienes me conocían me decían que tenía que apuntar al Poder Judicial. No sé si me equivoqué, yo digo que no. Porque soy un bicho extraño: a mí me gusta gestionar. Si me sentás en un escritorio todo el día, aunque tenga la firma más importante del país, sufro. Entonces creo que no hubiera sido un buen juez, hubiera sido un juez medio particular. Pero sí me gustaba participar en todo lo que hacía a la gestión de la Ciudad. Así fue que fui a Puerto Madero como Vicepresidente, estuve casi 12 años en el CEAMSE. Cuando llegué al Consejo de la Magistratura de la Ciudad era un mundo no desconocido en lo jurídico, pero sí en lo que es la “familia judicial”.
¿Qué diferencias encontró ahí?
La principal diferencia es la composición. El Consejo de la Ciudad tiene nueve miembros: tres jueces, tres de la Legislatura y tres abogados. No hay representación del Poder Ejecutivo. Eso no quiere decir que no haya vínculo, porque los poderes se relacionan necesariamente. Yo discutía paritarias con cuatro gremios y tenía que ir a Hacienda a ver cuánta plata había. Tenía que ir a pedir como un sindicalista más. Recuerdo una anécdota: el Secretario de Hacienda me mostraba números en la computadora y me explicaba todo. Y yo le dije: “Mirá, cerrá ese bicho maldito con el que convencés al Jefe de Gobierno todos los días, porque yo lo único que necesito es plata, no explicaciones”. Me ofrecía un 2% y le dije: “Ese 2% ya lo saben todos hace tres meses. Si me vas a dar eso, llamá al SAME para que esté en la puerta del Consejo, porque me van a tirar del noveno piso”. Se mataba de risa. Terminamos acordando un poco más y retroactivo, porque lo que necesitaba era que la cosa funcionara. Porque el paro judicial no es un problema administrativo ni una molestia para los jueces: es un problema para la gente. Para el que tiene que hacer una denuncia, desde el caso más chico hasta el más grande.
Viene del ejercicio profesional. ¿Eso cambia la mirada?
Totalmente. El que trabaja en la Justicia sabe que a fin de mes cobra. Los abogados no sabemos eso. No sabemos si vamos a juntar para pagar el alquiler o los impuestos. No quiere decir que en la Justicia no se trabaje o no se gane legítimamente, pero es un ámbito distinto. Yo tenía que sintonizar mi frecuencia con eso. Recuerdo que cuando estaba por asumir, en una asamblea judicial, me decían: “Vas a Disney”. Y yo, mirando el caos que había, les dije: “¿A qué hora llega Mickey?”. Era cuestión de hablar con la gente, entender necesidades. Cada uno tiene su rol.

¿Cómo fue ese proceso de adaptación concreta?
Yo venía del otro lado del mostrador. Pedí el listado de jueces de turno en la feria y fui uno por uno a verlos. Les llamó la atención, pero a mí me sirvió para aprender y resolver conflictos. Si querés conocer una actividad y hacer las cosas con responsabilidad, tenés que comprometerte con el laburo. Nadie nació sabiendo. Si no hacés nada, no te equivocás, pero sos una ameba. Si te comprometés, te vas a equivocar, pero también vas a aprender y mejorar.
¿Con qué escenario se encontró en Acusación?
Había temas complicados, sobre todo en Rosario, con situaciones vinculadas al narcotráfico. Momentos complejos. Y también hubo un acuerdo con el doctor Luis Juez: un año presidió él, otro yo. Me dijo que necesitaba el primer año porque después se iba a dedicar a la campaña para gobernador de Córdoba. Me pareció razonable, entendí también las señales del resto del Consejo y acompañé. Estoy conforme. De hecho, en los casos que enviamos al jury trabajé muy bien tanto con él como con otros consejeros con mucha experiencia, como Álvaro González.
¿Cómo se define en ese rol?
A mí me apasiona. Y a veces esa pasión, si se desborda, me juega en contra con el temperamento. Soy educado, respetuoso, pero un poco mecha corta. Entonces hay que contar hasta cien. La experiencia es buena. Y yo creo que la Comisión de Acusación es, si no la más importante, una de las más trascendentes.
¿Y hay presiones?
Sí, siempre tenés presiones. Además, convengamos que la familia judicial es la familia judicial. En toda familia hay tíos que quieren más, otros que quieren menos; hay hermanos que te llaman para que vayas al cumpleaños del tío y otros que te dicen que no vayas. Entonces sí, presiones hay. Pero ahí también entra la prudencia, la inteligencia o, fundamentalmente, la capacidad que tenga cada uno para no sentir esas presiones. Cuando vos las naturalizás, te das cuenta de que, para que las cosas salgan bien, las tenés que hacer de acuerdo a tu estilo, a tus creencias y a tus convicciones. Es como en el automovilismo -que a mí me gusta-: cuando salís a la pista en la primera vuelta, tenés nervios como si fuera la primera vez. Pero es hasta que calentás las cubiertas; después es virar y acelerar. Y el trabajo en Acusación es así: hay presiones, tenés que estudiar bastante, porque ningún caso se parece a otro. Las acusaciones tienen que ser fundadas. Hoy cualquiera con una computadora y Wi-Fi te hace una denuncia, y también cualquiera con un poco de poder puede abusar de ese poder. Entonces tenés que estar en el centro de la escena para poder evaluar y, de esa manera, sostener la presión.
Vamos al tema del reglamento. La Corte presentó un proyecto para modificar el sistema de selección de jueces.
Sí pero quienes defendieron y circularizaron el proyecto son los doctores Carlos Rosenkrantz y Ricardo Lorenzetti. Yo creo que siempre es malo ir a los extremos. La reunión en la Corte fue multitudinaria, y eso me llamó la atención. Ahora, quienes están en ese estrado lo están por algo: son personas muy capaces. No se llega a la Corte por casualidad. Pero pienso es que la forma en que se hizo fue apresurada. La Corte no tiene facultades para dictar un reglamento, sí para sugerir pautas o un modelo. Eso está perfecto. Tampoco está mal que lo haya impulsado, pero me parece que se podría haber hecho de otra manera. Me hubiera parecido más lógico que primero nos citaran a nosotros y nos dijeran: “Muchachos, queremos avanzar con esto, vean si pueden trabajarlo”. Más directo. Muchos lo tomaron como una imposición. Quizás no te lo dicen explícitamente, pero se vivió así. Ese día me quedó una imagen medio extraña. Cuando terminó la exposición, se armaron dos filas: una hacia el estrado, como en un casamiento, donde desfilaban jueces para saludar a los ministros; y otra hacia el hall. Yo me fui directo al hall. Y lo primero que hice fue saludar a colegas, gente con la que tengo relación. Son esos gestos que también dicen algo de cómo se viven estos procesos.


Estamos a 30 años de la Constitución y la ciudad de Buenos Aires todavía no tiene plena autonomía. ¿Cómo recuerda esa etapa?
Fue una experiencia maravillosa, única, de las mejores que tuve en mi vida. Por la edad en la que me tocó, por todo. Era todo nuevo, todo lindo… y, además, era gratis. Por eso fui constituyente. Yo era dirigente de la UCR, Secretario General del partido en la Capital, muy ligado a Fernando De la Rúa. Cuando se largó como candidato, me dijo que necesitaba a alguien en mi zona -San Telmo- para hacer una buena elección, aunque fuera perdiendo por poco. Yo le dije: “Conmigo cuente si quiere ganar por poco”. Cosas de la juventud. Me acuerdo que lo primero que hice fue volver a casa y decirle a mi mujer: “Flaca, vamos a vender el auto”. Hacía tres o cuatro meses le había regalado un Fiat 128 usado. Lo vendí para hacer afiches y alquilar el Teatro Margarita Xirgu para un acto. Tenía de vecino a Tomás Eloy Martínez, que no pensaba como yo, pero me ayudaba, me daba ideas. Me acuerdo que me dijo: “Si alquilaste el teatro, yo voy y te lo lleno”. Y me dio consejos muy concretos: la luz, el discurso, los temas. Ahí cometí el primer error de mi vida: dije que no venía por trabajo sino por un puesto de lucha. Y bueno… tuve diez años sólo de lucha.
¿Cómo fue el trabajo dentro de la Convención?
Intenso. Estudiaba como loco. Fueron unos 90 días muy fuertes. Terminé siendo vicepresidente del bloque. La comisión redactora era clave, porque ahí se definía la letra final de la Constitución. Nos juntábamos los sábados de 8 de la mañana a 2 de la tarde, y durante la semana eran los debates. Aprendí muchísimo. Fue una experiencia única. Y creo que la Constitución, con todos los defectos que pueda tener, si después de 30 años nadie le tocó ni una coma, es porque algo funciona. Además, tiene algo muy valioso: es fácil de leer. No es una Constitución críptica. Tiene ideas aspiracionales -y por eso algunos llamaban “la Constitución de la felicidad”- pero también tiene mucha lógica.
¿Había debate real o posiciones más cerradas?
Había de todo. Discusiones fuertes. Me acuerdo de una discusión de dos horas porque yo quería instalar consultorios odontológicos en la Villa 31 y otro convencional quería poner DirecTV gratis. Yo le decía: “Tenés pibes que nunca fueron al odontólogo y vos querés televisión”. Bueno, de esas discusiones hubo muchas. Pero eso era lo bueno: se debatía en serio. Y además se hablaba con todos. Desde sindicatos hasta cámaras empresarias. Nadie se encerraba en su oficina a decidir. Eso hizo que salieran buenas cosas.
¿Qué le dejó esa experiencia para lo que vino después?
Muchísimo. Me sirvió cuando fui al Consejo de la Magistratura de la Ciudad. Me dio respaldo, me dio experiencia. No me considero un gran constitucionalista ni mucho menos. En este país cualquiera que se compra una Constitución ya se dice constitucionalista… lo digo en broma, pero algo de verdad hay. Después vino la experiencia del Consejo, que también fue muy enriquecedora. Los primeros meses sufrí como un perro, pero después entendí que había que disfrutar la gestión.



¿Por qué considera que todavía no se concretó el traspaso de competencias a la Ciudad?
Falta decisión política. Hay que avanzar, como se hizo en su momento con algunas materias. La justicia laboral, por ejemplo, está colapsada. Tenés edificios con riesgo estructural por la cantidad de expedientes, demoras absurdas, gente esperando años. Es una locura. El traspaso no es sólo mover expedientes: tiene que venir con recursos, con infraestructura. Y la Ciudad tiene mejor infraestructura, eso es así. Pero hace falta voluntad política real. Sentarse Nación y Ciudad, armar un plan serio y ejecutarlo. No parches.
¿El sistema actual perjudica a la gente?
Totalmente. El que se queda sin trabajo, el que tiene un conflicto, no puede esperar meses o años. La Justicia tiene que funcionar. Y para eso hay que ordenar, invertir y decidir.
¿El traspaso es inevitable?
Sí, es una manda constitucional. Está en la Constitución Nacional del 94 y en la de la Ciudad del 96. Va a pasar. El problema es si lo hacés ordenadamente o si te explota en la cara. Porque puede pasar que un día se decida de golpe y ahí sí… va a ser un caos. Pero bien hecho, el traspaso mejora todo: ahorra tiempo, dinero, organiza el sistema.
¿Qué falta entonces?
Decisión. Y entender que la Justicia no es de los jueces, ni de los fiscales, ni de los abogados. Es de la gente. Nosotros somos parte de la solución, no del problema. Pero hay que asumirlo y actuar en consecuencia. Porque al final del día, en el medio de todo este sistema, está la gente. Y eso no es un discurso: es la realidad.
