LADO B: Bahía Gatti, abriendo puertas

La primera impresión engaña.

Cuando uno lee el currículum de Bahía Gatti imagina a una mujer que siempre tuvo todo claro. Abogada. Licenciada en Relaciones Internacionales. Licenciada en Ciencia Política. Becaria Fulbright. Máster en Columbia University. Experiencia en organismos internacionales, gobierno, educación y tecnología. Una carrera profesional que, a los 27 años, parece haber comprimido varias vidas en una sola.

Pero basta conversar unos minutos con ella para descubrir que detrás de esa hoja impecable no hay una persona obsesionada con coleccionar títulos, sino alguien movido por una curiosidad casi inagotable.

“No tuve un plan perfecto”, dice varias veces durante la charla. “La verdad es que fui haciendo”, agrega.

La frase parece sencilla, pero resume una manera muy particular de mirar el mundo. Mientras otros construyen una carrera siguiendo un mapa, Bahía fue tomando decisiones casi intuitivamente, guiada por una pregunta constante: “¿Y si pruebo?”.

Ese impulso nació mucho antes de Nueva York.

Nació en Córdoba, donde creció junto a sus padres y tres hermanos menores. No hubo una familia de abogados ni de diplomáticos marcándole el camino. Su mamá es ama de casa; su papá estudió Ciencias Económicas, aunque nunca terminó la carrera. En su casa nunca le dijeron qué estudiar ni le exigieron ser la mejor alumna.

“Lo único importante era aprobar. Después, cada uno elegía su camino”, afirma.

Esa libertad terminó siendo uno de los motores de su historia.

Hay una escena que, vista en perspectiva, parece anticipar todo lo que vendría después.

Tenía 14 años cuando sus padres le dieron a elegir entre tres regalos que costaban prácticamente lo mismo: la tradicional fiesta, hacer el clásico viaje a Disney con amigas o viajar sola a Oxford para estudiar inglés durante unas semanas.

Eligió Inglaterra.

“No creo que en ese momento entendiera todo lo que significaba. Pero ahí descubrí un mundo distinto”, reconoce.

No fue solamente el idioma. Fue conocer jóvenes que hablaban naturalmente de intercambios, becas, universidades extranjeras y experiencias internacionales. Hasta entonces, ese universo le resultaba completamente ajeno.

“Volví con la sensación de que había muchas más posibilidades de las que imaginaba”, señala.

Cuando terminó el secundario no dudó en estudiar Relaciones Internacionales. Derecho era apenas una inquietud que seguía rondando, aunque le parecía una carrera que era un poco más estática.

La decisión cambió durante un examen.

Mientras rendía Derecho Constitucional, un profesor escuchó la pasión con la que respondía y, al terminar, le dijo una frase que todavía recuerda.

– Vos tenés que estudiar Derecho.

Ella respondió que quería hacerlo, pero que no podía resignar los veranos, porque los dedicaba a participar en programas de intercambio y Work and Travel en Estados Unidos.

La respuesta del docente la sorprendió. Le consiguió una beca. 

“Creo que fue la primera vez que alguien vio algo en mí antes de que yo misma lo terminara de ver”, asegura.

Así empezó una segunda carrera.

Después llegó una tercera.

Mientras la mayoría de sus compañeros intentaba sobrevivir a una sola carrera universitaria, ella cursaba tres al mismo tiempo. Cuando se le pregunta cómo lo hizo, la respuesta vuelve a ser desarmante: “No estudiaba para acumular títulos. Me gustaba aprender”.

Pero el aula nunca le alcanzó.

Casi al mismo tiempo se incorporó como voluntaria a OAJNU, una organización juvenil vinculada a Naciones Unidas que terminaría cambiando su vida mucho más de lo que imaginaba. Entró pensando que jamás podría ocupar un puesto de liderazgo. Algunos años después dirigía una organización con cientos de voluntarios distribuidos en distintas provincias del país.

“Ahí aprendí más sobre liderazgo que en cualquier materia”, sostiene.

Aquella experiencia también le dejó otra enseñanza.

Las oportunidades aparecen cuando uno hace.

“Hacer cosas” es, probablemente, el consejo que más repite cuando habla con estudiantes. Hacer voluntariado. Aprender idiomas. Presentarse a becas aunque parezcan imposibles. Participar en congresos. Conocer gente. Equivocarse.

“Hasta que no hacés, no descubrís qué te gusta”, afirma.

Su camino tampoco estuvo lleno de éxitos consecutivos. Por el contrario. Habla con absoluta naturalidad de las becas que no consiguió, de las entrevistas que salieron mal y de las veces que terminó llorando después de recibir un rechazo.

Recuerda especialmente una convocatoria de la Fundación Botín, a la que aplicó durante varios años sin éxito.

“En ese momento me dolió muchísimo”, dice. Con el tiempo desarrolló una forma bastante particular de convivir con la frustración.

Empezó a calcular las probabilidades matemáticas de cada convocatoria: “Cuando entendía que aceptaban al uno por ciento de los postulantes, dejaba de tomar el rechazo como algo personal”.

Paradójicamente, ni siquiera haber llegado a Columbia logró silenciar sus dudas.

“El síndrome del impostor sigue estando”. Lo dice sin dramatismo.

Como quien aprendió que la inseguridad no desaparece con los diplomas. “Todos los días siento que soy la menos preparada del lugar donde estoy”, manifiesta.

Sin embargo, hoy interpreta esa sensación de otra manera: “Si estoy rodeada de personas mejores que yo, significa que estoy aprendiendo”.

Quizás el proyecto que mejor sintetiza quién es no está en su currículum, sino en TikTok.

La cuenta nació casi por casualidad cuando se mudó a Estados Unidos. La distancia le quitó la vergüenza de exponerse y le permitió hacer algo que venía postergando: contar cómo había construido ese camino que, para muchos, parecía inalcanzable.

“Me di cuenta de que había un montón de información que para mí era obvia, porque llevaba años buscándola, pero que la mayoría de la gente no conocía”, señala.

Empezó compartiendo videos sobre becas internacionales, intercambios, programas de estudio y oportunidades de formación. Después llegaron los consejos para preparar entrevistas, escribir ensayos de postulación, mejorar el inglés o simplemente animarse a aplicar aunque las posibilidades parecieran mínimas.

“No quería mostrar mi vida en Nueva York. Quería mostrar que esos caminos existen y que cualquiera puede intentarlo”, amplia.

Aunque muchos podrían pensar que detrás de esa comunidad hay una influencer, Bahía no se siente cómoda con esa etiqueta. Dice que TikTok e Instagram cumplen funciones completamente distintas en su vida. En TikTok encontró un espacio para enseñar, compartir información útil y democratizar el acceso a oportunidades que ella misma tuvo que descubrir sola. Instagram, en cambio, sigue siendo un lugar mucho más personal, donde aparecen los amigos, los viajes y la vida cotidiana. “Siempre digo que parezco Hannah Montana”, bromea. “En TikTok está mi versión más educativa y en Instagram la persona común, la que sale con amigos o disfruta de un fin de semana”.

Esa diferencia también responde a una necesidad de equilibrio. Reconoce que crear contenido lleva muchas horas y que quienes viven de las redes lo hacen prácticamente a tiempo completo. Ella, en cambio, no quiere que su identidad quede reducida a eso. Hoy trabaja en proyectos vinculados con educación e innovación, y procura que las redes ocupen un lugar importante, pero no excluyente. “Me gusta compartir lo que aprendí, pero también necesito tener una vida fuera de la pantalla. El desafío es encontrar ese balance”, admite.

Con el tiempo, la comunidad empezó a crecer. Cada semana recibe mensajes de estudiantes de distintas provincias argentinas que le piden orientación. Ella les responde personalmente. Corrige ensayos, escucha simulacros de entrevistas por audio y comparte la experiencia que fue acumulando a fuerza de prueba y error.

“Lo hago porque alguien alguna vez hizo eso conmigo. Hubo personas que me ayudaron sin conocerme y siento que esa es una cadena que vale la pena continuar”, explica.

Las mayores satisfacciones, asegura, no llegan cuando un video suma miles de reproducciones, sino meses después, cuando alguno de esos jóvenes vuelve a escribirle para contarle que consiguió la beca, que fue aceptado en una universidad o que, simplemente, se animó a presentar una postulación que antes creía imposible.

“No hay nada más lindo que recibir un mensaje diciendo: ‘Quedé’. Ahí siento que todo el tiempo que dediqué realmente valió la pena”, afirma orgullosa.

Esa experiencia también terminó de revelarle cuál es el hilo conductor de toda su trayectoria. Aunque pasó por el sector público, organismos internacionales, consultoras y proyectos de innovación, siempre volvió al mismo lugar: la educación.

“Creo que, en el fondo, todo lo que hice tiene que ver con abrir oportunidades para otros”, sostiene.

Por eso, cuando imagina el futuro, no habla de escalar posiciones en una empresa ni de acumular títulos. Sueña con crear una organización propia que acerque becas, herramientas y oportunidades a jóvenes, especialmente a quienes crecieron lejos de los grandes centros urbanos y muchas veces ni siquiera saben que esos caminos existen.

“Si algo aprendí en estos años es que el talento está en todos lados. Lo que no siempre está distribuido de la misma manera es el acceso a la información”, añade.

Antes de despedirse vuelve, casi sin darse cuenta, a la misma idea con la que empezó toda la conversación.

“Nunca imaginé que iba a llegar hasta acá”. Hace una pausa. “Lo único que hice fue seguir siendo curiosa”.

Y quizás sea esa la verdadera explicación de una historia que, vista desde afuera, parece extraordinaria: no hubo una obsesión por el éxito, sino una curiosidad tan grande que terminó llevándola mucho más lejos de lo que alguna vez imaginó.

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