El juez de la Cámara Federal Mariano Llorens abre las puertas de su historia personal: su pasión por el arco, las heridas familiares que dejaron las causas de alto impacto, su vocación por ser juez y el inesperado diálogo con Francisco en el Vaticano.
El silbato suena y el juego se detiene, pero para Mariano Llorens, camarista de la Sala I de la Cámara Federal Porteña, la analogía entre el césped y los pasillos de Comodoro Py es una constante que define su vida.
En el histórico Atalaya Polo Club, rodeado de un grupo de amigos que desde 1987 visten la camiseta de “Liverpool” -un equipo con 46 años de trayectoria por el que han pasado más de 500 jugadores-, Llorens recibe a la periodista Lucía Salinas. No viste la toga de juez, sino el buzo de arquero con su apodo, “Huevo”, ploteado en los guantes. Un alias que arrastra desde su infancia escolar por la forma de su cara y que hoy ostenta con el orgullo del que no olvida sus raíces: “Yo vengo del mismo barrio, del mismo club, vengo a los mismos lugares, hago lo mismo, estoy con los mismos amigos», confiesa con la autenticidad de quien mantiene los pies sobre la tierra en uno de los cargos más calientes del Poder Judicial argentino.
A lo largo de una conversación profunda que forma parte de la primera temporada de “Extraoficial”, Llorens desmenuza no sólo los pormenores de su labor en los tribunales federales, sino también su historia familiar cruzada por el peronismo, el radicalismo y la dictadura, su insospechada pasión juvenil por la literatura negra, y los detalles de un encuentro en el Vaticano con el Papa Francisco que comenzó con deseos de confrontación y terminó en una profunda lección de humildad.
La justicia de las áreas: el arquero de la ley
Para Llorens, el fútbol no es un simple pasatiempo de fin de semana; es la matriz donde se forjó su personalidad y su método de trabajo. Su elección del arco no fue una casualidad táctica, sino una lección de supervivencia grupal: “Yo siempre fui arquero porque un mal jugador en realidad. Me hubiera encantado ser un buen jugador, pero entonces, para no dejar de pertenecer, me busqué un lugar”.
Sin embargo, ese lugar que inicialmente parecía de descarte terminó revelando una enorme responsabilidad que Llorens traslada directamente a su rol institucional. Al ser consultado por Salinas sobre si los arqueros pueden definir un partido crucial, el juez no duda: “Sí, claramente. A pesar de que mis compañeros y mis colegas de la cancha no lo entiendan y no lo crean, no nos vean como jugadores, sí podemos ser definitivos en un partido”.
Esa capacidad de ser decisivo desde un rol aparentemente defensivo o solitario conecta de forma directa con la judicatura. En la cancha de Atalaya, Llorens reflexiona sobre la naturaleza intrínseca del fútbol y la compara con el ejercicio del derecho, señalando que jugar de manera impecable no siempre garantiza una victoria, una dura verdad que comparte con las sentencias judiciales: “A veces siento que mi trabajo se parece mucho al fútbol. Hacer bien las cosas no siempre te garantiza el resultado. Uno puede jugar un gran partido y, sin embargo, perder. Hay miles de ejemplos de eso. Y a nosotros nos pasa lo mismo. Alguien siempre puede ser calificado de injusto. Pero el fútbol es, probablemente, el deporte más injusto que existe. Nadie te garantiza que quien hace mejor las cosas vaya a ser el ganador”.
Esta asimilación del rigor y de las reglas del juego le sirve para estructurar sus equipos de trabajo en los tribunales de Comodoro Py, donde lidera un equipo íntimo de diez personas en un universo de unas cincuenta que integran la Sala I.
Llevando el fútbol como un mantra organizativo, Llorens explica: “Una de las cosas que yo he hecho y repito como un mantra, que también aplicó a mí, que me aplicaron a mí mis compañeros: Todos somos valiosos. Lo que pasa es que cada uno es valioso en la medida de sus posibilidades y en el lugar donde puede rendir. No todos juegan de lo mismo. Yo quería jugar de nueve, yo quería jugar afuera de la cancha… ‘No, no, no, ahí no, pero vos rendís acá y acá podés aportarle mucho al grupo’. En el equipo mío de trabajo yo hago exactamente eso… Cada uno es importantísimo, desde el ordenanza más antiguo hasta el juez más nuevo, y al revés”.
Llorens recuerda que esta filosofía de conducción la heredó de líderes judiciales históricos con los que se formó, como Alberto Piotti o Alejandro De Korvez, quienes “sabían ponerte en el lugar donde mejor rendías” para proteger el trabajo colectivo: “El capitán te pone en el lugar donde vas a rendir para cuidar al equipo primero, y después a uno”.

Del “Séptimo Círculo” al barro de los tribunales
La carrera judicial de Mariano Llorens comenzó mucho antes de que el debate público posara sus ojos sobre él. Entró al Poder Judicial en 1985, recién egresado de la escuela secundaria, en una Argentina marcada por la “efervescencia democrática tremenda” del gobierno de Raúl Alfonsín: “La dictadura acababa de caer, Alfonsín reinaba en cada plaza, se escuchaban los discursos y los festejos. Era una fiesta”. En ese mismo año, inauguró el Ciclo Básico Común (CBC) de la Universidad de Buenos Aires (UBA), formando parte de la primera promoción de graduados que cursó de corrido bajo el nuevo sistema de ingreso irrestricto, egresando en 1989.
Curiosamente, su vocación no provino de una dinastía de jueces o abogados litigantes. Su familia estaba volcada a la función pública y la medicina. Su abuelo paterno fue director del Banco Nación, agregado económico en la embajada argentina en Estados Unidos durante la primera presidencia de Juan Domingo Perón y el primer representante de la Argentina ante el Fondo Monetario Internacional (FMI). Su padre, en tanto, era un médico clínico muy comprometido que falleció prematuramente a los 39 años, cuando Mariano tenía sólo nueve.
Fue precisamente de su padre de quien heredó una biblioteca que definiría su destino: la mítica colección de literatura policial “El Séptimo Círculo”, dirigida por Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares.
“Yo me la devoraba. Me fascinaba de que yo tenía 14, 15 años y consumía novela negra, novela que es del género que a mí me apasiona, que es una deformación profesional también, ¿no? Es sin duda”, cuenta.
Esta temprana fascinación por desentrañar el misterio y buscar la verdad a través del método analítico encendió en él una certeza inusual: desde el principio, Llorens supo que quería ser juez. Nunca ejerció la abogacía en el ámbito privado ni litigó. Cuando lo obligaron a matricularse para poder concursar, lo hizo a regañadientes: “¿Para qué voy a hacer? Yo no voy a ir nunca, no me interesa”.
Incluso estuvo a punto de tomar un rumbo completamente distinto en 1987, cuando realizó una gira de fútbol por los Estados Unidos y recibió una tentadora oferta para quedarse a jugar profesionalmente en un equipo de California, en pleno auge de la comunidad latina tras el campeonato mundial de México 86. Sin embargo, su obsesión por la justicia fue más fuerte: “Decidí volver para trabajar en tribunales… yo quería esto”.
Su recorrido por diferentes fueros y jurisdicciones -San Isidro, San Martín y finalmente la Capital Federal- moldeó su concepción del derecho penal. En San Martín experimentó la llegada de la oralidad penal bajo las reformas de los años noventa, pero fue su paso por la justicia ordinaria de la Capital Federal lo que transformó radicalmente su visión del servicio público.
Allí descubrió lo que él denomina “la justicia de cercanía”, un contraste brutal con el frío Comodoro Py: “La justicia ordinaria fue la que torció definitivamente mi vocación por la justicia de cercanía, por el rostro de la persona que tiene víctima, tiene el victimario, y la víctima tiene una historia, tiene un rostro, y eso a mí me terminó de completar la formación antes de llegar a la cámara. Comodoro Py no tiene mucho de eso, no tiene nada de eso… la víctima es una víctima abstracta: salud pública, la fe pública, el erario público, la administración pública… cosas que le importan a algunos poderosos”.
“Nosotros no somos importantes”: la lección de Soledad Bargna
Si hay una historia que define la ética judicial de Llorens, es la que vivió como secretario de juzgado durante el juicio por el homicidio de Soledad Bargna, la joven asesinada en 2009 en el barrio de Caballito durante un intento de violación perpetrado por un preso que gozaba de salidas transitorias.
Llorens recuerda vívidamente un momento desgarrador del debate oral. Ante la inminente declaración de los médicos forenses, que detallarían con crudeza y mediante imágenes la mecánica de la muerte de la joven, Llorens se acercó al padre de Soledad para sugerirle con delicadeza que se retirara temporalmente a un café cercano para evitarle ese sufrimiento gratuito.
La respuesta del padre lo dejó marcado para siempre: “Él me mira y me dice: ‘Mariano, a mí la verdad me va a sanar no lo que hagan ustedes. Yo quiero saber cómo se defendió mi hija. Gracias, pero yo me voy a quedar en el debate hasta el último momento’. Él se fue a sentar y yo me quedé impactado porque dije: ‘Nosotros no somos nada’. Por eso yo aprendí que nosotros no somos importantes. Solamente el esfuerzo que hagamos para que la gente entienda que nuestra decisión tiene autoridad para alguien y que ayude a sanar semejante dolor… Nuestro trabajo es ese. Nosotros no somos importantes en tanto no podemos transmitir y hacer desde nuestro trabajo un vehículo para que alguien pueda sanar un dolor o resolver un problema en el que siempre hay un ganador y un perdedor, como en un partido de fútbol”.
Esta convicción sobre la profunda humildad que debe regir la magistratura choca de frente con el descrédito social que pesa sobre los tribunales federales, una realidad que al camarista le duele profundamente: “Me duele mucho, trabajo mucho para eso… estoy convencido de que la gran mayoría de nosotros somos gente que trabaja honestamente, con abnegación y siente pasión por esto… algo pasó, ese contrato social se rompió, algo roto hay y nosotros tenemos que trabajar esa lastimadura, ese dolor, para poder sanarlo”.

La grieta familiar: el costo de fallar en Comodoro Py
El ascenso de Mariano Llorens a la Cámara Federal en 2018, durante la presidencia de Mauricio Macri, desató fuertes críticas y suspicacias en sectores políticos que lo acusaban de ser un alfil del oficialismo de turno.
Frente a estos cuestionamientos, Llorens es tajante y recurre a la cronología de sus propios esfuerzos para desarmar el relato: “Yo empecé a concursar desde que se creó el Consejo de la Magistratura… Yo concursé 10 años para el cargo que tengo mucho antes de que Macri soñara con ser presidente de la República… Llegué a esa terna con tres otras ternas más, dos en San Martín y dos en Capital, con lo cual podría haber sido cualquier otra cosa. La ficha cayó ahí porque se alinearon algunos planetas, pero no porque yo lo busqué tanto…”.
Sin embargo, el costo más amargo de su exposición en causas de altísimo voltaje político -como las que involucran a la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner o a ex funcionarios del gobierno de Macri- no se dirimió en las tapas de los diarios, sino en el seno de su propia familia.
Llorens proviene de un hogar donde la política era una conversación cotidiana pero respetuosa. Su padre era un ferviente militante peronista y su madre una apasionada militante radical, cuyos antepasados habían sido compañeros de estudio de Ricardo Balbín en Mendoza. A pesar de que las discusiones conyugales eran encendidas, “jamás se antepuso la relación política a la personal”.
Aquella convivencia pacífica de los años 80 estalló con la llegada de la polarización moderna (“la grieta”), que fracturó su relación con sus propios primos debido a sus resoluciones judiciales: “Lo vemos hoy que pasa y que a mí me ha pasado en algunos momentos con primos míos… Con decisiones que he tomado en la justicia vinculadas con las causas de Cristina Fernández o de algún otro funcionario… Alguno me ha borrado el teléfono, alguno se ha enojado conmigo, alguno me ha insultado… Ha sido muy duro para mí, lo he sufrido mucho durante estos años. Por suerte he tomado distancia y he tratado de poner las cosas en el contexto que corresponden”.
El “expediente extraoficial”: Bergoglio y la redención vaticana
El bloque más íntimo y revelador de la entrevista se produce cuando Lucía Salinas le entrega a Llorens un “expediente extraoficial”, un sobre cerrado que contiene una fotografía del 14 de febrero de 2024. La imagen retrata al juez junto al Papa Francisco en el Vaticano, un encuentro que arrastra un trasfondo histórico familiar asombroso y una reconciliación personal profunda.
La vinculación de la familia Llorens con Jorge Mario Bergoglio se remonta a la juventud del pontífice. El padre de Llorens y Bergoglio fueron compañeros de colegio en la Inmaculada Concepción de Santa Fe. Años más tarde, durante los oscuros años de la última dictadura militar, cuando Bergoglio era el provincial de los jesuitas en Argentina, desempeñó un rol activo y silencioso para proteger a los primos del juez cuyos padres habían sido secuestrados, manteniéndolos a resguardo junto a la jueza de menores Alicia Oliveira. Por ello, Llorens califica de “disparate” las acusaciones que en su momento tildaron al Papa de colaboracionista de la dictadura.
Sin embargo, a pesar de este lazo familiar, Mariano Llorens se distanció fuertemente de la figura de Bergoglio tras su consagración papal. El motivo de su enojo fue una entrevista en la que el pontífice avaló públicamente la tesis del lawfare (la supuesta guerra jurídica utilizada para perseguir a líderes populares en América Latina), una postura que el camarista consideró un ataque directo e injusto a la labor de los magistrados argentinos: “Me enojé… Me pareció un disparate y le dije a un amigo de él que me estaba intentando hacer el encuentro que de ninguna manera quería tener ningún contacto con él”.
El destino, no obstante, tenía otros planes. Tiempo después, mientras Llorens se preparaba para viajar a Italia a cursar una maestría organizada por la Universidad de Bolonia, recibió una sorpresiva invitación: el Papa quería recibirlo en una audiencia privada en la biblioteca del Palacio Apostólico el 16 de febrero de 2024.
Llorens viajó a Roma decidido a sostener su postura firme y crítica. Iba con una mentalidad combativa: “Yo esperaba confrontar y vomitar todo lo que tenía que decirle porque fui chipeado para ello. Dije: ‘Vas a tener 15 minutos y no te van a dar más bola’”.
Pero la realidad del encuentro desarmó por completo su coraza defensiva. La charla se extendió por 40 minutos -un tiempo excepcionalmente largo para el protocolo papal-. Al ingresar, Llorens se presentó: “Hola, ¿cómo le va? Soy fulano de tal… estoy trabajando en un lugar especial”. La respuesta del Papa fue inmediata y directa: “Yo ya sé quién sos y ya sé de qué trabajas”.
A partir de allí se desarrolló una conversación profunda sobre lo espiritual, lo político y lo personal, en la que Francisco le brindó valiosos consejos para su delicada tarea judicial. La transformación de Llorens al salir de la biblioteca apostólica fue absoluta: “Me arrepentí de todas las críticas que le había hecho… Salí de ahí, Lucía, te digo, me sentí un idiota. Dije: ‘¿Cómo se me había ocurrido que este hombre puede ser algo como nosotros? Es otra cosa, digamos. Están, está dos o tres escalones más arriba de cualquier otra cosa que uno pueda pensar’”.
El juez detrás de los tres palos
Al final del día, Mariano Llorens regresa a la cancha del Atalaya Polo Club. Sabe que las críticas, las recusaciones, las presiones del poder y las tensiones familiares seguirán esperándolo en su despacho de Comodoro Py. Pero también sabe que en la cancha de Liverpool y bajo los tres palos, las reglas son claras y el equipo se cuida entre sí.
Con los guantes de arquero bien puestos y la camiseta de la justicia como estandarte, el juez se despide reivindicando su vocación, la que eligió desde que leía novelas negras en la biblioteca paterna: “A mí la verdad me gusta esto. Yo trabajo de esto, no veo otra cosa… no pretendo otra cosa en mi vida laboral que estar donde estoy… ser juez. Esa es mi camiseta”.
