Durante casi dos décadas fue jueza civil. En 2022 dejó los tribunales y cambió los expedientes por la ficción. Virginia Simari no abandonó, sin embargo, aquello que había observado durante años: los conflictos, los silencios, los vínculos de poder y todo lo que sucede cuando las puertas se cierran. En La otra historia, su primera novela, vuelve sobre ese territorio desde un lugar diferente: se mete en la intimidad de mujeres que empiezan a preguntarse cuánto de la vida que llevan fue realmente elegido.
Hay profesiones que se dejan atrás y otras que, aun después de abandonarlas, continúan moldeando la manera de mirar. Durante casi 20 años, Virginia Simari observó la vida desde un juzgado. Escuchó versiones enfrentadas, reconstruyó conflictos, leyó expedientes y tuvo que tomar decisiones allí donde otros no habían logrado ponerse de acuerdo.
Hasta que un día decidió correrse de ese lugar. En 2022 dejó la magistratura. Había sido jueza Nacional en lo Civil desde 2003, presidido la Asociación de Mujeres Jueces de Argentina (AMJA) entre 2013 y 2015, desarrollado una extensa tarea docente en la UBA y la Universidad de Palermo y dirigiendo el programa “La Justicia va a la Escuela”.
Pero detrás de la jueza había otra mirada que pedía espacio. Simari comenzó a escribir.
Primero llegaron los cuentos de No digas nada, publicados en 2023. Después, La soga, en 2025. Y ahora, con La otra historia, editada por El cuento de nunca acabar, se anima por primera vez a la novela.
El movimiento podría parecer radical: de dictar sentencias a inventar historias. Pero quizás no haya tanta distancia entre ambos mundos.
Porque si durante años su trabajo consistió en reconstruir qué había sucedido entre las personas, la literatura le permitió detenerse precisamente en aquello que muchas veces un expediente no puede responder: qué sintieron, qué callaron, por qué permanecieron, cuándo dejaron de hacerlo.
La ley necesita llegar a una conclusión. La literatura puede permitirse quedarse en la pregunta.
Lo que nadie cuenta
La otra historia se presentó días atrás en la librería El Pasaje, ante un auditorio colmado. En conversación con la dramaturga, docente, investigadora, narradora y guionista Bea Pustilnik y con su editora, Delia Sisro, Simari fue dejando algunas claves que permiten asomarse al universo de la novela y a las preguntas que atraviesan sus páginas.
El título de la novela ya contiene una advertencia: siempre existe otra historia.
La que no se cuenta en una sobremesa familiar. La que queda escondida detrás de una pareja aparentemente estable. La que una madre nunca explicó. La que una mujer tardó años en reconocer incluso frente al espejo.
Simari construye la novela a partir de una estructura fragmentaria, casi como una mamushka narrativa: una historia abre otra y esa, a su vez, deja ver una nueva capa. Los personajes, los recuerdos y las escenas se van conectando hasta revelar que aquello que parecía cotidiano estaba cargado de significados.
En ese universo aparece Leticia. Es manicura. Y la elección del oficio no parece casual.
Leticia trabaja tomando las manos de otras mujeres. Las toca, las observa, las escucha. Mientras lima uñas y pinta colores, frente a ella circulan confesiones, matrimonios, hijos, frustraciones, secretos y pequeñas derrotas.
Las manos se convierten así en una puerta de entrada a la intimidad. Pero mientras escucha las historias ajenas, Leticia todavía tiene pendiente escuchar la propia.


Animarse
Hay una palabra sencilla que atraviesa toda la novela: animarse. No se trata necesariamente de abandonar todo ni de protagonizar una revolución. En el mundo de Simari, la libertad aparece en movimientos mucho más pequeños.
Decir que no. Viajar. Separarse. Volver a enamorarse. Dejar de explicar una decisión. O simplemente preguntarse si la vida que uno está viviendo es realmente la que eligió.
Leticia empieza a hacerlo de a poco. Primero cambia la mirada. Después llegan las decisiones.
Se separa del “Tano”. Se anima a viajar. Se permite cuestionar demandas que hasta entonces había aceptado casi automáticamente. Y también aparece Alejandro, un amor capaz de desafiar prejuicios y miradas ajenas.
La transformación no ocurre de un día para otro.
Y allí posiblemente esté uno de los puntos más interesantes de la novela: Simari no construye una heroína que rompe cadenas de manera épica, sino una mujer que empieza a reconocerlas.
Cuando cuidar también puede ser controlar
Uno de los vínculos más incómodos de La otra historia es el que Leticia mantiene con Robert.
Al comienzo, algunas de sus actitudes pueden confundirse con protección. Está presente. Se preocupa. Quiere cuidarla.
Hasta que ese cuidado comienza a exigir algo a cambio: obediencia. Una frase sintetiza brutalmente esa lógica: “Yo quería una de casa”.
En apenas cinco palabras aparece todo un modelo de relación.
La mujer querida mientras permanezca dentro del lugar que otro imaginó para ella.
La tensión alcanza uno de sus momentos más fuertes durante el cumpleaños de Leticia. Frente a Lucrecia, Cacho y sus hijos, Robert pone en duda su percepción y la presenta como una mujer desbordada, mientras alrededor aparece una justificación conocida: ella es “tenida como una reina”.
Pero ¿qué ocurre cuando aquello que desde afuera parece cuidado se vive desde adentro como asfixia?
Simari trabaja sobre esa frontera incómoda. La del vínculo en el que no necesariamente hay barrotes visibles, pero sí una progresiva pérdida de autonomía.
Y el lector empieza inevitablemente a tomar partido. A esa altura ya existe, aunque nadie lo haya convocado formalmente, un “Team Leticia”.


Una madre, unos canelones y todo lo que se hereda
Pero quizá el vínculo más complejo de la novela no sea amoroso.
Es el que une a Leticia con Tita, su madre. Porque Tita no es simplemente la mujer que intenta imponerle a su hija una determinada forma de vivir. También es alguien que hizo exactamente aquello que ahora espera de ella.
“Me había casado para tener hijos. Eso era lo que correspondía”. La frase permite comprender al personaje sin absolverlo. Tita reproduce un mandato porque antes fue moldeada por él.
Y allí aparece una de las preguntas más interesantes de La otra historia: ¿cuántas veces una generación transmite a la siguiente las mismas reglas que alguna vez la hicieron infeliz?
Simari encuentra una manera doméstica y profundamente argentina de representar ese vínculo: la comida.
Los canelones de carne y ricota que prepara Tita condensan cariño, pertenencia, memoria y también deuda.
Leticia los ama. Y, de algún modo, también los padece.
Porque algunas formas del amor familiar vienen acompañadas de expectativas difíciles de separar del afecto.
La muerte de Tita, después de caer por las escaleras un Día de la Madre, termina cerrando ese círculo de una manera cargada de simbolismo. Una mujer que intentaba volar y otra que, aferrada a sus propias certezas, buscaba mantenerla cerca.
No hay villanas perfectas. Tampoco víctimas puras.
Hay mujeres atravesadas por épocas diferentes y por una pregunta que cambia de generación en generación: qué significa vivir como se supone que hay que vivir.
Lo que queda cuando una jueza deja de juzgar
Si bien ella no se da por aludida, se podría decir que hay un hilo que conecta los tres libros de Virginia Simari.
En No digas nada estaba el silencio. En La soga, la opresión. En La otra historia, finalmente, aparece la posibilidad de construir una versión propia.
No parece casual que una mujer que pasó buena parte de su vida profesional escuchando versiones contrapuestas haya terminado escribiendo una novela sobre quién tiene derecho a contar una historia.
En los tribunales, las versiones necesitan pruebas. En las familias, muchas veces sobreviven simplemente porque alguien las repitió durante años.
La literatura le permite a Simari entrar precisamente allí: en ese territorio donde no existen peritos, testigos ni documentos capaces de determinar qué ocurrió realmente dentro de un vínculo.
Quizás por eso su paso de la Justicia a las letras resulte menos abrupto de lo que parece.
Durante casi 20 años tuvo que mirar conflictos y decidir. Ahora puede mirarlos sin necesidad de resolverlos.
Y acaso allí esté la continuidad entre sus dos mundos: descubrir que detrás de cada sentencia, de cada familia y de cada vida aparentemente ordenada siempre existe otra historia.
