El abogado que rompe fronteras, Diego Brian Gosis.

DIEGO BRIAN GOSIS, UN ABOGADO Y TRADUCTOR PÚBLICO RECIBIDO EN LA UBA HACE MÁS DE 20 AÑOS, SE CRIÓ EN EL BARRIO DE ONCE, EN EL MARCO DE UNA FAMILIA JUDÍA MUY UNIDA, PROFESIONAL Y DE CLASE MEDIA. DESDE MUY CHICO APRENDIÓ A HABLAR, LEER Y ESCRIBIR RÁPIDAMENTE, SIEMPRE CON UNA MENTE MUY VELOZ Y EXCÉNTRICA EN RELACIÓN CON SUS SEMEJANTES. SUS PADRES LE CUENTAN QUE EN LA ESCUELA PRIMARIA CORREGÍA LOS ERRORES DE ASTRONOMÍA DE LAS MAESTRAS. ES DUEÑO DE UNA CAPACIDAD EXTRAORDINARIA, QUE LO LLEVÓ A VIENA SIENDO ELEGIDO EN LA MAYOR COMPETENCIA DEL MUNDO SOBRE ARBITRAJE INTERNACIONAL, ALLÁ POR 1999, REPRESENTANDO A LA UBA. ESTO DESATÓ SU INTERÉS Y PASIÓN POR EL TEMA Y ACTUALMENTE LIDERA JUNTO A DOS SOCIOS UNO DE LOS ESTUDIOS MÁS DESTACADO DE MIAMI, GST, QUE DEFIENDEN A DISTINTOS ESTADOS ANTE TRIBUNALES INTERNACIONALES, EN CAUSAS QUE RONDAN LOS MILES DE MILLONES DE DÓLARES. PARTE DE SU ÚLTIMO TRABAJO INCLUYÓ LA REPRESENTACIÓN A PAKISTÁN EN UNA SERIE DE RECLAMOS INICIADOS POR UNA EMPRESA AUSTRALIANA Y ACTUÓ ADEMÁS COMO ÁRBITRO EN UNA DISPUTA ENTRE UNA EMPRESA PORTUGUESA Y OTRA ESTADOUNIDENSE RESPECTO DE UN PROYECTO ENERGÉTICO EN ANGOLA.

¿Qué es el arbitraje internacional? ¿Cómo se presentó en tu vida? ¿Qué te llevó a querer dedicarte a esto? ¿Qué tuviste que ceder para avanzar? Si es que hubo algo que ceder.

El arbitraje internacional es una forma de resolución de controversias en la que las reglas procesales y los “jueces” son elegidos por las partes. Es muy habitual en las grandes disputas comerciales, y la forma principal de resolución de disputas bajo los tratados de protección de inversiones. Con la crisis de 2001, varias docenas de empresas de diversas nacionalidades iniciaron una cantidad inédita de reclamos contra Argentina bajo esos tratados, y hacia 2005, la mitad de los casos en curso en todo el mundo eran casos contra Argentina. Hacia el final de la carrera en la UBA yo había encontrado afiches en la Facultad que convocaban a formar el equipo de la facultad para una competencia de arbitraje internacional en inglés en Viena, Austria –la mayor competencia del mundo sobre arbitraje, que ese año contó con la participación de más de 350 equipos–, y me pareció una oportunidad interesante para involucrarme en esa materia, que era una forma única de práctica internacional en la que los abogados y los árbitros venían de culturas jurídicas distintas. Esa competencia es el mejor ejemplo de cuán internacional es la práctica del arbitraje: 350 equipos de todo el mundo compiten alegando exactamente el mismo caso, y puede ganar un equipo de cualquier continente y tradición jurídica. En 1999 viajé a Viena representando a la UBA y, luego de la competencia, entré a trabajar en el estudio de quien era el entrenador del equipo por esos años, Sergio Le Pera. Su firma era una de las pocas que tenía algunos casos grandes de arbitraje internacional en Argentina en ese momento, y me permitió mantenerme vinculado a esa rama del derecho. Los años que siguieron fueron complicados para todos, pero siempre seguí vinculado a los temas de arbitraje, en lo profesional y también en lo académico, y cuando surgieron los casos contra Argentina derivados de la crisis de 2001, una serie de anécdotas y coincidencias llevaron a que me invitaran a participar de la defensa de Argentina en sus casos internacionales, y desde ese momento me dediqué casi exclusivamente al arbitraje internacional. No creo haber hecho concesiones o sacrificios profesionales para dedicarme al arbitraje, porque de hecho es la forma de actividad jurídica que me resulta más atractiva, y me ha dado un desarrollo profesional impensable en ninguna de las otras áreas a las que me he dedicado en estos más de 20 años. Es cierto que en otras épocas me dediqué mucho a otras ramas de la profesión –fundamentalmente temas transaccionales–, y ese ángulo me ha dado una mirada bastante única que aplico en mi trabajo en materia arbitral, pero no lo vivo como que el arbitraje me hizo sacrificar esa parte de mi actividad profesional. Al revés, diría que ese trabajo previo fue un aporte importantísimo a mi trabajo arbitral, especialmente en materia de valuación de daños, que es una de las áreas específicas en las que me especializo en materia de arbitraje.

JUNTOS DESARROLLAMOS UN MODELO DE FIRMA DEDICADO CASI EXCLUSIVAMENTE A DISPUTAS ARBITRALES COMPLEJAS, CONTRIBUYENDO LA EXPERIENCIA QUE CADA UNO YA TRAÍA DE LAS DIVERSAS BATALLAS QUE HABÍAMOS LIBRADO.

¿Cómo fue tu salida de Argentina? ¿Qué se extraña? ¿Qué dificultades tuviste al radicarte en otro país? ¿Cómo ves el país desde lejos?

A fines de 2011 una cantidad de motivos profesionales y económicos me llevaron a la conclusión de que la mejor o única forma de seguir avanzando en el desarrollo de mi práctica era buscar una plataforma fuera de Argentina que permitiera explotar la experiencia que había acumulado. Es muy difícil o casi imposible captar trabajo puramente internacional desde Argentina, y llevarlo adelante desde allí era ya materialmente imposible para ese momento. El tiempo de viaje hasta el aeropuerto, las trabas que de tiempo en tiempo se imponen para acceder a la moneda extranjera, y la larguísima distancia de Buenos Aires a cualquier lugar de Europa o Asia hacían impensable crecer más desde allá. Hasta que 2020 aterrizó a la raza humana durante varios meses, usualmente yo viajaba una o dos veces por semana, a Europa, Asia, o -con un poco más de suerte- a Washington D.C. -donde tenemos otra oficina- o Nueva York. Desde Miami, tardo 15 minutos en llegar al aeropuerto, y si desayuno temprano en mi casa puedo llegar a tener reuniones o un almuerzo en NY o Washington, y a veces he conseguido regresar a casa esa misma noche. Adicionalmente, aunque resulte doloroso aceptarlo, es mucho más fácil captar trabajo internacional desde una firma basada en EE.UU. que desde una firma argentina. Parte de mi trabajo en los últimos meses incluyó representar a Pakistán en una serie de reclamos contractuales y de derecho internacional público iniciados por una empresa australiana, y también actuar como árbitro en una disputa entre una empresa portuguesa y otra estadounidense respecto de un proyecto energético en Angola. Es casi impensable que trabajo de ese tipo sea encomendado a abogados basados en Buenos Aires, y, lamentablemente, es mucho más fácil que ese mismo trabajo le sea encomendado a esos mismos abogados si están basados en EE.UU.

Dejé en Buenos Aires a mis padres, hermanos, sobrinos y medio millón de amigos y recuerdos. Extraño eso, y también la posibilidad de colaborar más cercanamente con el trabajo de la Facultad de Derecho de la UBA en la formación de sus equipos de arbitraje, cuestión a la que me volqué con gran pasión desde hace 15 años, y a la que sigo colaborando desde la distancia en todo lo que puedo. Miami es, en el mejor sentido posible, una extensión de Latinoamérica, y –para los argentinos– de Argentina misma. Conozco muchos más argentinos en Miami que naturales de Miami misma, y hay casi un cuarto de millón de argentinos viviendo aquí, sin contar a los que visitan a lo largo del año. Mi hija, de dos años y medio, habla con un inescondible acento porteño, y descubrió hace solo algunos meses que hay gente aquí que a veces habla otro idioma, así que es muy fácil acostumbrarse a la vida en esta latitud y longitud. La ciudad creció muchísimo en un lapso relativamente corto. El prejuicio de que aquí hay solo turistas en ojotas no sólo no tiene sentido, sino que no se refiere a Miami, sino a la ciudad de al lado, Miami Beach. Hay una gran oferta cultural aquí en todas las ramas del arte, y –por ejemplo– una vez al año se realiza aquí una de las ferias de artes plásticas más importantes del mundo. Si a eso le sumamos la posibilidad de encontrar, arreglar y manejar todo el año vehículos -autos, y motos, en mi caso, pero también lanchas y aviones para los que disfrutan otras formas de gastar combustible- de cualquier período de los últimos 100 años, es fácil encontrarse aquí muy a gusto. Sigo muy cercanamente las noticias de Argentina, todos los días, y me apena mucho ver que los problemas de siempre siguen sin resolverse, aunque tomé conciencia hace rato de que una parte del rezongo cotidiano es un elemento fundacional del ser argentino, y es inevitable, pero justifica las largas charlas de café y las fantásticas sobremesas que acá es tan difícil conseguir.

¿Cómo ves al mundo? A medida que la globalización avanza y la tecnología cada vez nos permite estar más conectados, las personas deciden separarse más y la solidaridad se va perdiendo, ¿qué sentís que está pasando en la sociedad respecto a esto?

No sé si estoy de acuerdo en que la gente se separa más a pesar de la tecnología. Un poco por estar a la distancia y otro poco porque nos pasamos los últimos 6 meses viviendo por internet, la mayor parte de mi contacto cotidiano con el mundo es por WhatsApp, Zoom, y en menor medida por mail o teléfono, pero hablo y veo tan frecuentemente a mis socios en Miami y DC como a mis amigos en Argentina o Europa. Creo que si el Covid-19 se hubiera disparado en 1999 y no en 2020 habría sido todo mucho más terrible, y la soledad habría sido insuperable. Por supuesto que esto solo se aplica a los grupos que, por edad y situación económica y de formación tienen posibilidad de seguir trabajando y comunicándose por estos medios, y que hay cientos de millones de personas –incluidos millones de argentinos, pero también millones de estadounidenses, ingleses y rusos– que quedaron fuera de esta burbuja digital de comfort, y están pasando el peor año desde la segunda posguerra mundial. Creo también que los medios modernos de comunicación nos permiten formas de solidaridad que antes no existían, y que es nuestra responsabilidad usarlos para esos fines, y no solo para ver videos de gatitos en TikTok.

Sos una persona que sale del concepto de “abogado formal” ¿Sentís que la imagen tradicional de los abogados oprime?

Muchas veces me ha pasado que al aterrizar en cualquier país –desde Uzbekistán a Argentina misma–, en migraciones me pidan una tarjeta para probar que soy abogado. Creo que hay una imagen preconcebida del abogado que es difícil de encontrar cuando el “letrado” viene volando hace 8 o 20 horas, trae cara de haberse vestido anteayer y haber elegido un jogging, zapatillas de colores, una remera de dibujos animados japoneses, y no se preocupa por esconder quizás uno o doce tatuajes. Estoy convencido de que nuestra responsabilidad y respeto a la confianza que los clientes, juzgadores y también las contrapartes a las que nos enfrentamos ponen en nuestra conducta y protocolos son imprescindibles dentro de la sala de audiencias –o frente a la pantalla, ahora que todo sucede por videoconferencia–, pero son igualmente prescindibles fuera de ellas. Los abogados más jóvenes que trabajan conmigo han tenido siempre la misma libertad que ejerzo para vestirse cuando no es necesario cumplir con ningún protocolo especial, y la misma rígida etiqueta cuando la credibilidad de nuestra posición y la de nuestros clientes puede verse afectada por la elección estética con que nos presentamos a un evento procesal o profesional. Creo que es una cuestión de sentido común.

¿Qué te apasiona? ¿Qué te inspira? ¿Por dónde pasa la creatividad en tu vida?

En lo profesional, me resulta apasionante e inspirador poder trabajar en una rama del derecho en la que los principales actores y doctrinarios están todavía en su mayoría activos, y uno tiene el privilegio o el desafío de trabajar con o contra ellos todavía. Es como si un abogado civilista pudiera todavía presentar o refutar un informe experto de Gayo, Von Ihering o Kelsen, o tenerlo de abogado de la contraparte. Esto es todavía más acentuado por el hecho de que las disputas en que trabajamos representan usualmente los casos más relevantes de los Estados con los que nos vinculamos, y tienen grandes repercusiones en materia de sus políticas públicas. En lo personal, pierdo horas y días intentando descifrar y usar herramientas mecánicas de tiempos pasados –generalmente motores de combustión interna, pero también piezas de ingeniería más pequeñas–, y buscando las mejores historias de aventuras de aire, tierra y mar que pueda compartir con mi hija pequeña.

¿Cómo nace GST? ¿Quiénes son sus principales clientes? ¿Cuán importante es para vos tener un One Million Milles?

GST es un proyecto que surgió cuando conseguimos reunir en una misma organización profesional a un pequeño grupo de amigos que veníamos dedicándonos al arbitraje desde hacía muchos años. El socio que dirige la oficina de Washington D.C., Ignacio Torterola, es un amigo de hace muchos años con quien trabajábamos juntos en la defensa de Argentina hace dos décadas, y con el socio que dirige la oficina de Miami, Quinn Smith, trabajábamos juntos en algunos casos y diversos emprendimientos académicos antes de venirme a vivir a Miami. Juntos desarrollamos un modelo de firma dedicado casi exclusivamente a disputas arbitrales complejas, contribuyendo la experiencia que cada uno ya traía de las diversas batallas que habíamos librado, y fundamentalmente apoyándonos en una filosofía de vida y de trabajo comunes. Nuestros clientes principales son Estados o entidades estatales, y algunas empresas internacionales que, por su actividad, están expuestos a arbitrajes de gran complejidad. El monto promedio reclamado en los casos en que trabajamos es de varios cientos de millones de dólares, y hemos trabajado en varios casos de miles o decenas de miles de millones de dólares en juego. A lo largo de nuestra historia individual o colectiva hemos representado a Argentina, Bolivia, Ecuador, Guatemala, Pakistán, Venezuela y entidades estatales de varios de esos Estados, y a algunas docenas de grandes empresas, y también hemos asesorado a diversos Estados en materia de negociación de tratados internacionales y disputas. Varios de nosotros hemos representado como delegados a diversos estados en la negociación de instrumentos internacionales en UNCITRAL -el órgano de la ONU dedicado al derecho comercial internacional y el arbitraje)- y tenemos también un gran compromiso con la labor académica y profesional de las principales instituciones arbitrales del mundo. Contrariamente a lo que se ve en algunas películas, el único beneficio de tener “one million miles” es que te regalan un juego de etiquetas para el equipaje…pero si realmente viajás esa cantidad -y yo voy cerca del hito de los dos millones de millas en la aerolínea que más utilizo- lo más probable es que no despaches equipaje casi nunca, así que eso es de limitada utilidad.

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