Abogado de formación y DJ por vocación, Micky Murray no cambió de vida: la fue reescribiendo. Su recorrido profesional está marcado por decisiones profundas, pausas necesarias y un hilo conductor que atraviesa todo: la vocación de servicio.
“Si algo aprendí es que cuando te conectás con tu esencia -con lo que realmente te hace feliz- no estás obligado a quedarte en el mismo lugar para siempre. La vida se va escribiendo sola y, cuando mirás hacia atrás, como decía Steve Jobs, los puntos se unen perfecto”, resume.
Su historia con la música empezó temprano. Tenía 14 años, corría 1986, y en una reunión “bien ochentosa” se ofreció con un amigo para apretar play. Cassettes, equipo prestado y mucha intuición. De ese gesto casi azaroso nacieron las primeras fiestas del colegio.
Recuerda: “En esa época no cualquiera podía ser DJ: tenías que tener la música. Comprar discos, grabar temas de la radio encerrado en el baño con la pava haciendo ruido de fondo…”.
Mientras tanto, avanzaban el colegio y luego la facultad. En su casa no hubo un mandato rígido, pero sí una consigna clara: “Estudiá lo que quieras, pero recibite”. Hijo de abogado y hermano de abogado, el Derecho era una referencia inevitable. Los test vocacionales apuntaban a las ciencias sociales y, descartadas las ciencias duras, la elección resultó lógica.
Estudió en la Universidad Católica Argentina (UCA), con una formación integral que incluyó filosofía, teología y derecho canónico: “La verdad es que la carrera nunca me costó. Aprendí bastante rápido que el sentido común es fundamental para ejercer el Derecho, y siempre sentí que eso lo tenía incorporado”.
Se especializó en Derecho Comercial y desarrolló su carrera en estudios de primera línea. Trabajó en grandes estudios jurídicos, pasó por la Cámara Comercial, se desempeñó luego como in-house en una empresa internacional y más tarde ingresó a un estudio jurídico internacional, donde se dedicó a inversiones extranjeras, fusiones y adquisiciones (M&A) y financiamiento de proyectos.
“Me tocó el boom de internet: todos los días aparecían proyectos que necesitaban inversión, y yo estaba del lado del inversor o del emprendedor con una startup”, recuerda. “Venía de haber sido DJ, así que dentro del mundo de los abogados sabía distinguir un satélite de un tornillo. Eso me ayudó a entender los tiempos de internet y el mundo tecnológico”.


En cuarto año de la carrera tomó una decisión íntima y determinante: quería ser un padre de familia cristiano. Más allá de definir “qué hacer”, logró algo poco habitual a esa edad: precisar con claridad quién quería ser. En ese marco, entendió que el trabajo nocturno como DJ no resultaba compatible con el proyecto de vida que imaginaba.
“Nací y crecí en una familia enorme. Somos cinco hermanos, mi mamá tiene nueve hermanos y eso significa algo así como cuarenta primos hermanos dando vueltas. Y después me casé con una mujer que también tiene cinco hermanos. No es casual: lo que siempre quise para mis hijos fue justamente eso, una base fuerte de contención y seguridad para salir a la vida”, agrega.
Así, al momento de recibirse, decidió cerrar esa etapa. Regaló su clientela como DJ a amigos cercanos y se dedicó de lleno al ejercicio del Derecho. Fueron casi diez años de trabajo y vínculos que dejó atrás. Algunos de esos amigos -Pedro Sarapura y Rodrigo Yáñez- terminaron fundando Grupo Sarapura, una de las productoras que transformó la industria de los eventos en la Argentina.
“Siempre digo que una parte de mi historia también está, aunque sea un poco, en la historia de esa industria”, reflexiona.
Viajó, tuvo la posibilidad de estudiar en el exterior y, con el tiempo, decidió dejar los grandes estudios para hacerse cargo del estudio jurídico de su padre, de menor escala. Se asoció con un amigo y con el hijo de éste, luego se sumó su hermano, y juntos lograron consolidar una estructura mediana y dinámica: un estudio de perfil boutique, integrado por alrededor de quince abogados, con fuerte especialización en asuntos internacionales.
El proyecto creció y dio buenos resultados. Acompañaron inversiones extranjeras en la etapa posterior a 2001, operaciones inmobiliarias, desarrollos comerciales y también casos singulares, como asociaciones de pescadores y cazadores que adquirían campos destinados a actividades de caza y pesca.
“Pasé de ser abogado de grandes empresas extranjeras a ser abogado de personas extranjeras, pero con estudio propio”, resume.
Como suele decirse, detrás de todo gran hombre hay una gran mujer. Murray lleva 28 años de casado con quien es su compañera y aliada en cada una de sus decisiones personales y profesionales.
“Conocí a mi mujer cuando yo tenía 17 años y ella 15. El día que la vi supe que algo iba a pasar con esa chica. Durante varios años, cada verano pasábamos un mes juntos y luego nos dábamos espacio para que cada uno hiciera su vida, pero siempre con la certeza de que íbamos a terminar juntos. Desde los 22 años no nos separamos más”, recuerda.
Ella es instructora de respiración, certificada en un método irlandés, y health coach. Aunque su recorrido profesional no está vinculado ni al Derecho ni a la música, comparte con Murray una misma vocación: el servicio al otro, el acompañamiento y la búsqueda de bienestar.
“Hay una frase que usamos mucho: ‘No hay arte más noble que llevarle alegría al otro’. Es de The Greatest Showman y sentimos que resume bastante bien la forma en la que elegimos vincularnos con el mundo”, señala.


Aunque durante muchos años la música quedó en pausa en términos profesionales, una serie de cumpleaños de 40 de amigos volvió a ponerla en escena. La invitación se repetía con una frase casi inevitable: “Che, vos que eras DJ cuando éramos chicos, ¿me ponés música en mi cumpleaños?”.
Para entonces, el escenario había cambiado. La música ya era digital, existían softwares como Virtual DJ y plataformas online, y había quedado atrás la logística de cargar cajas de discos. “Desde mi estudio jurídico empecé a mirar esa tecnología, a probar, a jugar, a actualizar mi música”, cuenta.
Al principio lo hacía casi por amor al arte. No cobraba: era una forma de canalizar algo que llevaba dentro y que lo conectaba con la felicidad. Hasta que su mujer puso en palabras una evidencia: “Si te vas a ir todos los fines de semana, por lo menos cobrá”. Tenía razón.
Una fiesta llevó a la otra. Diez eventos al año, luego 20, después 30. Cada celebración traía dos o tres más. Y, poco a poco, esa alegría que Murray experimentaba detrás de la consola comenzó a contrastar con sensaciones que ya no encontraba todos los días en el estudio jurídico.
El punto de inflexión llegó en marzo de 2017. En pleno centro porteño, con más de 40 grados de calor, vestido de traje y atrapado en un tránsito inmóvil, se hizo una pregunta tan simple como definitiva: qué estaba haciendo realmente con su vida. Ese fue su verdadero aha moment. El instante en el que entendió con claridad que esa rutina y ese modo de vida ya no lo representaban.
La decisión terminó de tomar forma tras un retiro espiritual de “mitad de la vida”. Allí pudo ver con nitidez que su camino, en esa etapa, tenía que ver con el dar: “Poner mi vida al servicio de los demás de una manera más coherente con lo que me hacía feliz”.
Al regresar de ese retiro, comenzó a enfocar cada vez más energía en la música y, junto a su mujer, tomaron otra decisión profunda: convertirse en familia de tránsito. Desde hace más de diez años están inscriptos en la Provincia de Buenos Aires y trabajan con el Hogar Nazaret de San Isidro. Por su casa ya pasaron más de diez chicos, casi todos muy pequeños, algunos recién nacidos. En algunos casos los acompañaron durante períodos prolongados; en otros, cumplieron el rol de familia de apoyo cuando las familias de tránsito necesitaban descansar o viajar.
Se trata de un proyecto familiar, no solo de pareja, en el que todos están comprometidos. El cambio no fue una huida impulsiva, sino una decisión reflexionada y conversada. Esta vez, Murray sabía que no quería volver a “regalar” años de carrera, como había hecho en su momento con la música.
El cambio no fue impulsivo. Habló con su padre y con sus socios. Propuso seguir como director independiente en algunas compañías y dejar el día a día del estudio. “La reacción fue muy buena. Me dijeron que hiciera lo que me hacía feliz”, reconoce.
En la música, el crecimiento fue exponencial. Se asoció con Diego Herrero y fundaron Murray Blacksmith, una productora que llegó a realizar unas 750 fiestas al año. Más tarde vendió la parte vinculada a los salones y se quedó con la marca, las fiestas y un nuevo formato: Party Express, la fiesta que viaja a la casa del cliente.
Hoy también comparte una empresa de DJs con sus hijos. El menor, de 16, ya hizo sus primeras fiestas: “Y la vida tiene un sentido del humor especial: a los 20 creía que ser DJ no era compatible con ser padre de familia cristiano. Treinta años después trabajo con mis hijos en un ámbito que celebra la vida”.


No abandonó del todo el Derecho. Sigue integrando directorios de compañías extranjeras y asume roles como director profesional cuando lo convocan.
“Comprobé que cuando uno hace lo que lo hace feliz y pone el foco en dar, la vida se ordena. Si tuviera que encontrar un hilo conductor entre el abogado y el DJ, diría que es la vocación de servicio. Siempre sentí que mi trabajo -antes desde el Derecho, hoy desde la música- tiene que ver con ponerme al servicio de otro: de su problema, de su proyecto, de su alegría. Del ejercicio del Derecho, lo que más me gustaba era ayudar a encontrar soluciones prácticas a problemas concretos. Lo que menos, en cambio, era esa sensación de vacío cuando todo mi trabajo consistía en estructurar y dar forma a proyectos ajenos. Había algo propio que quedaba pendiente”, sostiene.
No reniega de ninguna etapa. El Derecho le formó la cabeza. La música le llena el alma. No descarta volver a priorizar la abogacía en otra etapa: “Y la vida, que tiene un sentido del humor especial, hizo esto: a los 20 yo creía que ser DJ y trabajar de noche no era compatible con ser un padre de familia cristiano. Treinta años después, ese padre de familia cristiano trabaja con sus hijos, acompañándolos en su primer empleo, en un ámbito que se basa justamente en celebrar la vida”.
Para Murray, la música es ante todo un instrumento de conexión. “Yo lo llamo ‘la infinita rentabilidad de dar’: si hacés foco en el dar, la vida te devuelve sola”.
Su próximo proyecto es simple y, al mismo tiempo, enorme: seguir trabajando con sus hijos mientras ellos así lo deseen. Y, más adelante, quizá un emprendimiento junto a su mujer, tal vez en el campo.
Distintas etapas. Distintas mutaciones.
Un mismo eje: dar.
