Marcelo Romero: “Sería un honor gigantesco ser juez de la Suprema Corte”

Después de 35 años como fiscal, Marcelo Romero dejó los tribunales para probar suerte en la política. Tres años después, asegura que no quiere volver a ocupar un cargo en el Ejecutivo. Habla de su salida del Ministerio de Seguridad, revela qué cree que ocurrió con Loan, cuestiona los vínculos entre política y Justicia y admite cuál sería el único cargo público que hoy aceptaría: integrar la Suprema Corte bonaerense.

Fotografía: Marcos Gómez

“Prohibido pisar el césped”, advierte el cartel clavado en el jardín de los tribunales de La Plata, sobre la avenida 7, entre 56 y 57. Apenas unos metros más adentro, en medio de ese mismo césped que nadie debería pisar, hay un banco de madera.

Durante la sesión de fotos para esta entrevista, Marcelo Romero camina hasta allí y se sienta. La contradicción queda a la vista: para llegar al banco hay que hacer exactamente lo que el cartel prohíbe. “Es como la Justicia”, dispara el ex fiscal.

Unos minutos después, un hombre vestido con un buzo con la bandera argentina pasa por la vereda, reconoce a Romero y le grita: “Es para el currículum”. El comentario -curiosamente- tiene una coincidencia particular con uno de los temas que surgirá durante la charla: aunque el ex fiscal asegura que no quiere volver a ser candidato ni ocupar un cargo en el Poder Ejecutivo, no descarta regresar a la Justicia si alguna vez se presenta la posibilidad de integrar la Suprema Corte de Justicia de la provincia de Buenos Aires.

El vínculo de Romero con los tribunales platenses también aparece reflejado en otro detalle del jardín. Cerca de la bandera argentina, una placa lleva grabado su nombre: “Esta bandera fue donada por el Dr. Marcelo Carlos Romero, Fiscal del Departamento Judicial La Plata. 30 de noviembre de 2021”. Un pequeño testimonio de su paso por un edificio que todavía forma parte de su historia personal y profesional.

Romero comenzó su carrera judicial en 1986, cuando ingresó como practicante al Juzgado Penal N.º 5 de La Plata. Se recibió de abogado en 1993 y cinco años después fue designado fiscal, en coincidencia con la implementación del nuevo sistema procesal penal bonaerense. Participó en el juicio por la desaparición de Miguel Bru, intervino en investigaciones de fuerte repercusión pública y llegó a desempeñarse como fiscal de juicio y de ejecución penal. La causa por el ataque a Carolina Píparo y la muerte de su hijo Isidro fue uno de los expedientes que más lo marcaron.

Después de más de tres décadas en la Justicia, en enero de 2023 decidió retirarse y probar suerte en la política. Patricia Bullrich lo convocó para ser candidato a senador provincial y, tras las elecciones de ese año, se incorporó al Ministerio de Seguridad de la Nación como subsecretario de Investigación Criminal. Desde ese lugar participó en la búsqueda de Loan Danilo Peña, una experiencia que lo devolvió a las investigaciones penales, aunque esta vez desde una función diferente.

Sin embargo, su paso por el Gobierno nacional terminó con una renuncia que, según cuenta, estuvo vinculada con las restricciones que comenzó a encontrar para desarrollar su trabajo y expresarse públicamente.

¿Por qué se desilusionó tan rápido de la política?
Yo fui ingenuo. Creí que era parecido a la Justicia. No sé qué me imaginaba, ¿eh? Y la verdad es que entré en un ambiente de mucha paranoia, donde todo el mundo tiene miedo de que le quites el lugar. Claro, como los cargos son transitorios, no tienen la estabilidad del Poder Judicial, son cargos transitorios y tranquilamente te pueden echar a las 24 horas, y todo el mundo cree que le vas a sacar el lugar.

¿Cómo se dio su llegada?
La primera experiencia fue la candidatura a senador. Yo me jubilo o me retiro, mejor dicho, el 31 de enero del año 2023. A los dos meses, Patricia Bullrich me convoca a una reunión en Buenos Aires y me pregunta si quería ser intendente, candidato a intendente, siempre hablo de candidaturas, no del puesto, y le dije que no. “¿Querés ser senador?”, insistió ella. “Sí, cómo no”, le dije. Y así fue. Una charla que duró 40 minutos y salió ahí. Te imaginás, con la cancha que tiene ella en la política, hizo un videíto, lo subió a las redes y fui el candidato pese a que muchos se enojaron, obviamente, ¿no? Los que estaban esperando ser ellos, muchos de la militancia y demás.

¿Y cómo fue esa primera experiencia electoral?
Entré, no por la ventana, entré por la claraboya, pero bueno, yo no pedí nada, no dije: “Sacá a fulano, sacá…”. Y ahí competimos en esa interna tan sangrienta entre Bullrich y Horacio Rodríguez Larreta, con Juan Pablo Allan contra Julio Garro en la Intendencia, y el Chuby Leguizamón, que era el candidato a senador de Garro. Bueno, pasó rapidísimo. Cuando me quise acordar, ya estábamos en las elecciones. En las PASO perdimos y quedé tercero en la lista de senadores, obviamente no ingresé.

Después de perder las PASO, ¿cómo surgió la posibilidad en el Ministerio de Seguridad de la Nación?
Cuando Patricia fue designada ministra, le mandé un mensajito: “Felicitaciones, ministra”. Me llamó al instante: “Romero, ¿qué estás haciendo?”. Yo estaba jubiladísimo, comiendo un asado y tomando vino con unos amigos. “¿Podés venir a Buenos Aires?”, me preguntó. Eran como las tres de la tarde. “Ahora no, mañana”, le respondí. “Bueno, mañana te espero en Cerrito y Libertador”. Así que al día siguiente fui. Era el 8 de diciembre de 2023. Patricia no estaba porque se encontraba en el hotel donde estaba Javier Milei, pero me recibió uno de los funcionarios que habían sido designados. “Mirá, Patricia quiere que seas subsecretario de Seguridad de la Nación. ¿Te animás?”. Le dije que sí, por supuesto. Al día siguiente, sábado, volvieron a llamarme: “No vas a ser subsecretario de Seguridad, vas a ser subsecretario de Investigación”. Les respondí: “Está bien, yo voy donde me necesiten”. Y así fue.

Durante su paso por el Ministerio tuvo una participación importante en la búsqueda de Loan. ¿Cómo terminó involucrado en esa investigación?
Cuando pasó lo de Loan, Patricia me llamó y me dijo: “Te quiero conmigo, vamos a viajar seguido para allá”. Cuando llegamos, ella tomó mucho protagonismo y me dijo: “Vos vas a ser el vocero del Ministerio en esta causa. ¿Te animás?”. “Por supuesto”, le respondí. Delante mío llamó a Carlos Cortés, de prensa, y le dijo: “Romero va a ir a los medios, así que arreglá con los productores”. Y dicho y hecho. Me faltó ir a Buenas tardes, mucho gusto porque ya no existía. Si todavía estaba Utilísima, creo que también me convocaban. Iba a todos lados: canales de televisión, radios, diarios. Durante unos 15 días tuve un protagonismo inusitado, sobre todo a partir de la versión que dio Laudelina Peña.

¿Y cómo fue trabajar con la Justicia desde una función completamente diferente a la que había ejercido durante tantos años?
Muy buena, sobre todo en la causa Loan. No quiero ser petulante, pero la jueza me tenía casi como un consejero: me consultaba y después, por supuesto, tomaba sus propias decisiones. A veces discutíamos cuestiones jurídicas porque es una mujer con mucha personalidad, pero siempre hubo mucho respeto. Y para mí fue muy importante porque estaba cumpliendo una función completamente diferente: después de tantos años como fiscal, ahora era auxiliar de la Justicia. Sin embargo, me sentí muy valorado por mis colegas. Ese respeto también lo encontré en las asociaciones profesionales y en la Procuración General. En ese sentido, me llevo el mejor de los recuerdos.

Me imagino que su cabeza de fiscal seguía funcionando. ¿Le dieron ganas de involucrarse directamente en la investigación y tomar decisiones?
Claro. Y a veces me salía de la vaina, ¿no? Porque yo quería. Es más, yo le pedí permiso a Patricia, digo: “Si la doctora me convoca como su instructor, ¿lo autorizás?”. “Sí, por supuesto”, me dijo. Sería lo mejor. Pero bueno, no lo hizo. Tampoco quería ofrecerme si ella sabía que podía hacerlo y no lo hizo. Se manejaba directamente con las fuerzas y yo hacía de enlace, que es la función que tenía; la función ejecutiva es esa, enlazar a todos los oficiales auxiliares de la Justicia y a los magistrados federales. Pero yo me salía de la vaina por estar ahí sentado y estar en la sala de situación de un juzgado.

Con todo lo que pudo conocer desde adentro, ¿qué cree que pasó con Loan?
Creo que fue una extracción violenta. No se sabe el motivo. El chico perder, no se perdió. No sé si lo entregaron, si lo dieron por dinero, si lo llevaron para una adopción falsa en otro país, pero fue una extracción violenta, sin duda. Violenta contra la voluntad, me refiero, ¿no?

¿Tuvo contacto con la familia durante la búsqueda?
Sí, con la familia, con los abogados y con toda la manga de chantas que después fueron detenidos, ¿no? Que estaban ahí revoloteando y se acercaban a mí para acercarse al juzgado. Y la doctora los vio, olió algo, me dijo: “Doctor, mire que esta gente no quiere colaborar, quiere embarrar”. Bueno, listo, lo tenemos en cuenta. Yo no tomaba decisiones sin consultarle a su señoría, por supuesto, como corresponde, ¿no? La tenía al tanto de todo y, por supuesto, la jueza también lo sabía. Le informaba absolutamente todo a Patricia todos los días, varias veces al día.

Durante el caso tuvo mucha exposición mediática. ¿Qué pasó después?
Creo que fue justamente ahí cuando empecé a tener un protagonismo que no gustó demasiado. No a Patricia, porque había sido ella quien me había dado ese rol, sino al resto. Yo notaba cierta incomodidad; incluso algunos se burlaban y decían: “Ah, acá está el famoso fiscal”. Pero yo me reía, no me molestaba. Siempre fui un figuretti y nunca tuve problemas en reconocerlo. Siempre defendí el perfil alto.

¿Llegaron a impedirle que diera entrevistas?
Sí. De golpe dejaron de convocarme a los medios. Un día, incluso, me había invitado un periodista muy conocido y, cuando ya estaba a mitad de camino, me llamaron por teléfono: “Mirá, no estás autorizado. Tenés que pedir permiso porque Presidencia no lo autoriza”. Me pareció una tontería, pero dije: “Bueno, está bien, no lo sabía”. Ya estaba en Avellaneda. Llegué al peaje, di la vuelta y me volví a La Plata. Enojadísimo.

¿Y cómo siguió su relación con el Ministerio a partir de ese momento?
Después me di cuenta de que era un ambiente completamente distinto, donde todo el mundo cree que sos el enemigo y se compite hasta por una taza de café. Además, empezaron a darme cada vez menos tareas. Esa es la verdad. Al final, por ejemplo, participaba de capacitaciones para las fuerzas y mi función era leer una cartilla de una carilla que había preparado el personal. Eso tranquilamente podía hacerlo alguien de Prensa o de Ceremonial. Pensé: “No necesitan a un tipo con mi experiencia para esto. Evidentemente quieren otra cosa”. Con el tiempo entendí que ya no le era útil a la gestión ni al Ministerio y dije: “Bueno, me voy”. Cuando se lo comuniqué a mis superiores, no fue ninguna sorpresa. Era como si estuvieran esperando que me fuera. De hecho, me reemplazaron a los tres minutos y medio.

¿Pudo hablar de su salida con Patricia Bullrich?
Sí, lo hablé con Patricia, pero para ese momento ella ya estaba afuera del Ministerio y había asumido Alejandra Monteoliva. La nueva ministra había ratificado a todos los funcionarios designados por Patricia. Nosotros nos pusimos a su disposición y le dijimos que, por supuesto, tenía todo el derecho de hacer los cambios que considerara necesarios. Ella decidió mantenernos y me dijo que quería que siguiera formando parte de su equipo. “Perfecto, ministra, a sus órdenes”, le respondí.

¿Qué fue lo que terminó de convencerlo para irse de la función pública?
Hubo una frase que terminó de hacerme tomar la decisión. Yo estaba recaliente porque venía ad honorem desde La Plata, no les generaba ningún problema, no quería ser secretario, ministro ni gobernador. No quería ser nada. Simplemente venía a sumar y, sin embargo, se enojaban porque iba a un streaming o daba una entrevista. Me hicieron una nota en Letra P y también molestó. Un día se lo estaba contando a unos amigos, que no tienen nada que ver con la política, y uno me dijo la frase que terminó siendo decisiva: “¿Sabés lo que pasa? Así es la política”. Me lo dijo para que entendiera que tenía que adaptarme. Y ahí pensé: “Perfecto. Si así es la política, yo no soy quién para cambiarla. No la voy a cambiar yo. ¿Quién soy? Conmigo no cuenten”. Y me fui. Esa fue la frase que me hizo tomar la decisión: “Así es la política”. Listo. Perfecto. Chau.

¿Se arrepiente de haber dejado la Justicia para meterse en política?
No, no me arrepiento. Yo tenía el berretín -para usar un término de lunfardo- de la política. Quería saber qué era vivir esa experiencia y, además, me habían tentado varias veces. Necesitaba probarlo. Y lo probé.

Después de esa experiencia, ¿extraña el trabajo de fiscal?
Sí, si fuera posible, volvería. Sé que es una etapa terminada, pero si me preguntás: “¿Volverías hoy a ser fiscal? ¿Te harías cargo de una fiscalía?”. Sí, claro que sí. ¿Si extraño? Sí, extraño mucho.

¿Siempre quiso ser fiscal o alguna vez pensó en convertirse en juez?
Siempre, siempre. Cuando era joven y estaba en la facultad quería ser juez, pero entré a Tribunales, conocí el trabajo del fiscal y dije: “Listo, esto es lo mío”. Por eso siempre digo que fui un privilegiado: terminé haciendo lo que amo. Para mí, un juez tiene que tener un equilibrio diferente al resto. Y yo era un desequilibrado, un rebelde sin causa. Me decían: “No tenés que hablar con los medios”, y yo hablaba con los medios. “No tenés que mostrarte tanto con la Policía”, y yo me mostraba con la Policía. Me sentía muy cómodo siendo fiscal, siendo parte de la investigación. Y hoy volvería a serlo.

¿Qué casos fueron los que más lo marcaron durante sus años como fiscal en La Plata?
Diría que tres. El primero, el caso Bru, por mi juventud, por mi inexperiencia como fiscal, fue a los pocos meses, yo diría menos de medio año. Estaba sentado en el estrado, con el caso Bru, impactante para todos nosotros. Después, el triple crimen de la planta transmisora, que fue una negativa, fue una gran derrota para mí, para mi equipo, para la fiscalía. No nos dejaron avanzar, nos recusaron, nos denunciaron, nos sacaron el expediente y después la causa que sí me marcó y que ahí fue un triunfo procesal fue la causa Píparo, tanto la investigación como el juicio. Me tocó actuar en las dos instancias, en la investigación y en el juicio.

¿Qué recuerda de su participación en esa causa?
La muerte de Isidro fue considerada un homicidio calificado, después al Tribunal de Casación le pareció que no y bajó las penas, pero se trabajó muy bien. Trabajamos muy bien con un grupo de gente muy seria. Hubo una gran discusión médica con el tema de desde qué momento Isidro, el hijo de Carolina, tenía vida propia, si era un niño por nacer o ya era un niño nacido, pese a que tuvo problemas de salud desde el minuto cero, ¿no?, de su existencia. Fue una causa donde uno pudo, en mi caso, vivir muy de cerca, no quiero ser irrespetuoso con Carolina, que a partir de ahí nació una amistad, porque el dolor que sufrió ella y su familia no puede sufrirlo nadie más que ellos. No, pero estuvimos muy cerca de ese dolor y lo pudimos palpar, no sufrir como ellos porque es imposible, pero pudimos palparlo y eso era una suerte de combustible, ¿no?, para seguir trabajando y para llegar a la verdad.

¿Qué le dejaron esas investigaciones sobre la responsabilidad que tiene un fiscal frente a las víctimas y también frente a los acusados?
Cuando te das cuenta de que a veces el sistema quiere encontrar un culpable, ahí llegás a la conclusión de que el fiscal quiere encontrar al culpable, no quiere encontrar a cualquiera para la estadística, quiere hacer justicia, quiere colaborar. Si bien la justicia la hacen los jueces, uno quiere colaborar llevando la prueba lo más pura posible y sin trampas.

¿Recuerda alguna causa en la que haya sido especialmente importante ganarse la confianza de una víctima?
Tuve muchos casos intrincados. Por ejemplo, ¿se acuerda del caso Martínez Poch? Me acuerdo de que un día vino el padre de la víctima, desesperado. Tenía un puesto de frutos secos en la feria de la calle 38 y lo conocía todo el mundo. Me miró y me dijo: “Doctor, yo en usted confío”. Cuando alguien te dice eso, sentís una carga enorme. Mucho más cuando tenés enfrente a un padre, con los ojos llenos de lágrimas, que te dice: “Yo en usted confío. Por favor, quiero recuperar a mi hija”.

¿Cómo fue aquella investigación?
Llegamos al lugar con la Policía, tocamos timbre y ya estaban preparados para tirar abajo la puerta. Pero abrió ella. Le dijimos: “Hay una denuncia de su padre que dice que está secuestrada”. Y respondió: “No, de ninguna manera. Yo estoy acá por mi voluntad, es mi pareja”. No tenía ningún impedimento físico para irse, pero yo pensé: “Esta chica está sometida psíquicamente”. Entonces les dije a las mujeres del equipo: “Hablen ustedes con ella. Nosotros nos vamos afuera”. Al rato vino una secretaria y me dijo: “Doctor, hay que sacarla de acá. ¿Nos autoriza a llevarla a la DDI?”. Le dije que sí. Dejamos una custodia en la casa y nos llevamos a la chica. A partir de ahí hablaron solamente mujeres con ella. Poco a poco empezó a aflojar, hasta que finalmente se quebró y contó todo. Si esa causa no se trabajaba de esa manera, con experiencia y cierto tacto, podía quedar impune. Si ella seguía bloqueada, corríamos el riesgo de perder pruebas y elementos importantes para la investigación.

¿Hubo alguna causa importante de La Plata en la que no participó y le hubiese gustado intervenir?
Sí. El caso Barreda, sin ninguna duda. Me hubiese encantado investigarlo y, sobre todo, haberlo entrevistado. También el caso Nisman. Cuando veía cómo trabajaban en el departamento de Le Parc, me quedaba impactado. Me hubiese gustado estar ahí, no necesariamente como fiscal a cargo, sino integrando el equipo de investigación.

Durante su carrera como fiscal también tuvo varios conflictos con la Procuración por su exposición pública. ¿Cómo era su relación con la procuradora María del Carmen Falbo?
No tengo un solo mal recuerdo de Falbo, la verdad. Cuando pienso en los conflictos que tuvimos, me río. Pobre, le habían hecho creer que tenía autoridad para hacerme callar y yo la desafiaba justamente en eso. Por supuesto que la obedecía porque era mi superior, salvo cuando me decía: “Vos no podés aparecer en los medios”. “Ah, bueno”, le contestaba. Y al día siguiente salía hasta en la revista Billiken.

¿Y qué pasaba con las sanciones que recibía?
Nada, eran llamados de atención y apercibimientos. Cuando me notificaban por cédula escrita, yo las pegaba en la mesa de entrada. Bien de rebelde.

¿Las coleccionaba?
Claro, estaba repleto. Y entonces una vez vino un abogado y me dijo: “Yo te banco, pero sacá eso porque perdés seriedad, qué sé yo”. Y tenía razón. Entonces las saqué y las guardé en una carpeta. No pasó nada, pero si yo hubiese querido ascender, presentarme a examen, esas sanciones me hubiesen perjudicado. Porque entre dos tipos, o entre un hombre y una mujer, dos candidatos, que uno no tenga sanciones y otro tenga veinte, aunque sea por lo mínimo, y bueno, elegís al otro, es lógico. No sé la cantidad que tenía, pero tenía un montón.

Ahora que está afuera del Poder Judicial, ¿cómo ve el funcionamiento de la Justicia?
La Justicia es demasiado acomodaticia con los tiempos. Creo que debería ejercer más su autoridad. El problema es que tanto las designaciones como los ascensos están demasiado politizados. Cuando se hizo la reforma constitucional de 1994 y se crearon los consejos de la magistratura, uno de los argumentos era sacar la política de las designaciones judiciales. Pero no solamente no se eliminó, sino que la rosca se multiplicó: hay rosca en los colegios de abogados, en las asociaciones de magistrados, en la academia, en la política propiamente dicha y después vienen el Poder Ejecutivo y el Senado. En definitiva, tenés distintos estamentos de negociación política para llegar a ser magistrado y también para ascender dentro de la Justicia.

¿Cree que esa relación con la política también repercute en las investigaciones judiciales?
Tiene una explicación, aunque no digo que esté bien: la Justicia está sometida, en alguna medida, a la autoridad de la política. Y eso no es casual, el sistema fue diseñado así. Creo que esa relación termina dando una mala imagen, sobre todo en las causas de corrupción, porque son casos que afectan especialmente la confianza de toda la sociedad. Fijate lo que ocurre muchas veces: las investigaciones avanzan cuando el gobierno del mismo signo político de los investigados ya no está en el poder.

Después de su experiencia en el Gobierno nacional, ¿descarta volver a ocupar un cargo político?
Eso lo puedo decir de manera contundente: no quiero volver a ser candidato a un cargo electivo ni funcionario del Poder Ejecutivo.

Entonces, ¿dónde se imagina en los próximos años?
Me veo en la docencia, aunque ya no tanto en la facultad sino en el posgrado, dando cursos. Me veo en el mundo académico y poniendo mi experiencia a disposición de quien quiera escucharme. Porque, salvo los abogados de élite -y yo no soy uno de ellos-, los abogados sabemos más o menos lo mismo. Lo que yo sí tengo son muchos años de experiencia. Fijate que en pocos minutos recorrimos buena parte de la historia judicial platense. Son 35 años en la Justicia y casi tres en la política. Es mucho tiempo y mucho aprendizaje. Si a alguien le interesa ese bagaje, estoy a disposición.

Pero antes dijo que, cuando era joven, quería ser juez y que después descubrió que ser fiscal era lo suyo porque era “un desequilibrado, un rebelde sin causa”. ¿Hoy se imagina como juez?
Sí. Si me preguntás si aceptaría ser juez de la Corte, me encantaría. ¿Procurador de la Corte? También. Sé que estoy muy lejos de esas posibilidades.

¿Y si apareciera concretamente la posibilidad de integrar la Suprema Corte bonaerense?
Diría que sí. Sería un honor gigantesco. Sé que es muy difícil, que hay muchísimos candidatos, autocandidatos y autocandidateados, pero sería el broche de oro para mi carrera.

Noticias relacionadas

Suscribite a nuestro newsletter

Para estar actualizado de las últimas noticias, informes especiales y recibir las ediciones digitales antes que nadie!

Últimas noticias