LADO B: Francisco Quintana, la pasión como forma de vida 

Hay una palabra que Francisco Quintana repite varias veces cuando reconstruye su historia: privilegio. La utiliza para hablar de los lugares que ocupó siendo muy joven, de las responsabilidades que asumió cuando todavía tenía mucho por aprender y de una trayectoria que, a los 43 años, ya lo hizo transitar por los tres poderes del Estado (actualmente es el secretario de Gobierno y Vínculo Ciudadano de la ciudad de Buenos Aires).

Pero cuando la conversación abandona los cargos, los despachos y las instituciones aparece otro Francisco Quintana. O, sencillamente, Fran.  

El que se hizo socio de Boca cuando todavía iba al colegio. El que llegaba a la Bombonera acompañado por amigos y hasta por curas jesuitas. El que conoció a su mujer en el club y hoy convirtió la cancha en un ritual familiar con ella y sus dos hijas. El que habla de la fe, de la parábola de los talentos y de una idea que intenta aplicar a su propia vida: no medirse con el de al lado, sino preguntarse si está haciendo todo lo posible con aquello que le tocó.

En el medio hubo Derecho, política, Justicia y una carrera pública construida a una velocidad poco habitual. Sin embargo, su historia profesional empezó con una decisión bastante menos épica de lo que podría suponerse.

– ¿Por qué decidiste estudiar Derecho?
– Fundamentalmente por un mandato familiar.

Su padre y su madre, Fernando y Graciela, son abogados. Tenían un estudio familiar a apenas dos cuadras del Palacio de Tribunales y Quintana, el mayor de dos hermanos, parecía el candidato natural para continuar ese camino. Él, en cambio, miraba con interés hacia Ciencia Política.

“No lo sentí nunca como una imposición”, aclara.

Finalmente ganó Derecho: “Visto en retrospectiva no solo no me arrepiento, sino que estoy convencido de que fue la decisión correcta”.

Enamorarse después de elegir

Estudió en la Universidad Católica Argentina y allí ocurrió algo que describe como gradual: se enamoró de la carrera. No se limitó a cursar. Creó junto con otros estudiantes una agrupación, fue durante dos mandatos presidente del Centro de Estudiantes de Derecho y comenzó a dar clases incluso antes de recibirse.

Y, casi al mismo tiempo, apareció el otro camino que había imaginado cuando dudaba entre Derecho y Ciencia Política.

En 2003, mientras presidía el Centro de Estudiantes, participó de la organización de un ciclo de charlas con candidatos a gobernar la Ciudad de Buenos Aires. Uno de los invitados fue Mauricio Macri.

Para organizar aquella actividad entró en contacto con la Juventud de Compromiso para el Cambio. Pero Macri no era para él un desconocido. Había algo previo y bastante más emocional: Boca.

“Yo ya tenía evidentemente una opinión favorable en torno a la figura de Mauricio, fundamentalmente alimentada alrededor de Boca”, explica.

Después de aquella charla comenzó a colaborar y a militar. Vendrían luego la Procuración General porteña, la Legislatura y el Consejo de la Magistratura. En 2011 llegó al Parlamento porteño con apenas 27 años y, ocho años después, se fue como vicepresidente primero.

Llegar tan joven a lugares donde debía conducir personas con mucha más experiencia lo obligó, asegura, a aprender rápidamente algo que todavía reivindica: escuchar.

Boca antes de todo

Hay, sin embargo, una pasión que empezó mucho antes que los cargos.

“Boca ocupa un lugar fundamental en mi vida”, resalta.

Su fanatismo no fue heredado con la misma intensidad. Su padre y su abuelo eran hinchas, aunque Quintana los define más como simpatizantes. Él fue otra cosa desde chico. Se hizo socio mientras cursaba el secundario y empezó a ir a la Bombonera por su cuenta.

Hay una imagen de aquellos años que parece salida de otra época: Quintana adolescente camino a la cancha con compañeros del colegio El Salvador y curas jesuitas.

“Yo siento una conexión emocional con Boca desde muy temprana edad”, sostiene.

Durante años, sin embargo, sintió que tenía una cuenta pendiente. No le alcanzaba con ser hincha, socio e ir a la cancha. Quería involucrarse en la vida institucional del club.

En 2011 decidió planteárselo directamente a Macri. La respuesta abrió otra etapa de su vida: “Yo te voy a presentar a quien va a ser el próximo candidato a presidente de Boca para que lo ayudes”.

Era Daniel Angelici.

A partir de entonces comenzó a participar activamente en la vida institucional xeneize. Pero Boca terminaría dándole algo bastante más importante que cualquier cargo: allí conoció a su mujer.

Y esa historia modificó para siempre su manera de vivir el club: “Boca hoy para mí es un plan familiar. Ir a la cancha es un plan con mi mujer y con mis hijas”.

Su mujer comparte el fanatismo. Sus dos hijas también. Aunque, según el padre, no tuvieron demasiada posibilidad de rebelarse.

“No tienen ninguna opción de no ser de Boca”, dice entre risas.

Boca atraviesa así distintas versiones de Quintana. Está el chico que iba a la Bombonera con sus compañeros de colegio, el dirigente que quiso participar de la vida institucional y el padre que hoy repite el ritual con sus hijas.

Y está también el hincha. Ese que asegura que nunca dejó de estar.

Cómo ganarle al ídolo

Hoy Quintana vive una dualidad. Por un lado, sigue los partidos como cualquier hincha: va a la Bombonera cada vez que Boca juega de local, alienta y acompaña al equipo.

Por otro, está involucrado en la política del club y trabaja en la construcción de una propuesta opositora para las próximas elecciones. No oculta que quiere ocupar un lugar importante.

“Yo quiero, primero, trabajar en construir ese equipo y segundo, en términos ya no colectivos sino individuales, aspiro a ser parte protagónica de ese equipo”, plantea.

Quintana sostiene que Boca está lejos de lo que supo ser y cuestiona tanto el presente deportivo como el institucional. Pero, sobre todo, insiste en una idea: “Boca para volver a ser lo que alguna vez fue necesita de un equipo y no de una persona”.

Hasta que aparece la pregunta inevitable: ¿Y cómo se hace para ganarle a un ídolo?

Quintana sabe perfectamente de quién se está hablando: Juan Román Riquelme.

Para responder establece una frontera que considera fundamental: una cosa es el futbolista que construyó su condición de ídolo dentro de la cancha y otra el dirigente que hoy conduce Boca.

“Lo que estamos votando, o lo que vamos a votar el año que viene, es quiénes están más y mejor preparados para conducir Boca. No elegimos idolatría, elegimos gestión”, afirma.

Para Quintana, competir electoralmente contra Riquelme exige separar esas dos dimensiones: “Cuando nosotros vemos a Riquelme hoy, en tiempo presente, no vemos al ídolo de pantalones cortos, sino al directivo de pantalones largos”.

Y entonces va un paso más allá: “Ese directivo no le hace honor al ídolo. Hoy ese directivo, de alguna manera, se está comiendo al ídolo”.

No cuestiona al Riquelme futbolista. Por el contrario, su argumento parte de preservar ese recuerdo. Lo que pone en discusión es su gestión como presidente y la posibilidad de que el peso de aquella idolatría condicione la evaluación de su presente.

Incluso propone una paradoja: ponerle un límite electoral podría ser, desde su perspectiva, una manera de proteger al ídolo de las consecuencias de su etapa como dirigente.

Es uno de los pocos momentos de la conversación en los que Fran cede completamente el lugar al dirigente.

Pero incluso entonces vuelve al punto de partida: “Al final del día Boca no es una obligación. Es una pasión. Es algo que uno hace con gusto y desde la convicción”.

Los talentos

La otra parte de su vida corre por carriles diferentes. A los 43 años, Quintana ya pasó por los tres poderes del Estado porteño. Volvió al Ejecutivo como Secretario de Justicia, dentro del Ministerio que encabeza Gabino Tapia, particularmente entusiasmado con dos procesos que considera históricos para la autonomía porteña: la implementación del fuero laboral y la construcción de un sistema penitenciario propio. Pero recientemente fue nombrado por Jorge Macri como Secretario de Gobierno y Vínculo Ciudadano de la ciudad de Buenos Aires.

Cuando presidía el Consejo de la Magistratura porteño.

Hacia el final de la conversación aparece una pregunta más personal. ¿Por qué, después de tantos años transitando lugares donde las relaciones suelen dejar heridos, parece haber sido uno de los pocos en haber salido ileso?

Hace una pausa antes de contestar.

Entonces habla de Dios: “Yo me considero una persona muy creyente”.

La fe forma parte de una historia que viene desde chico: colegio jesuita, universidad católica y una formación religiosa que todavía conserva.

Hay particularmente una parábola bíblica a la que vuelve con frecuencia: la parábola de los talentos. Cada persona recibe determinados talentos y debe decidir qué hace con ellos: guardarlos, desperdiciarlos o intentar multiplicarlos.

“Trato de focalizarme en ir por la vida tratando de ser la mejor versión de mí mismo. Tratando de darle el mejor uso posible a los talentos que tengo”, asegura.

Eso también implica una decisión sobre cómo medirse: “Seré bueno en algunas cosas y seré muy malo en otras. Pero el punto para mí no es mirarme en el espejo del de al lado”.

No le interesa vivir pendiente de quién llegó más lejos, quién tiene más o a quién le va mejor.

“Mis parámetros al final del día soy yo mismo”, resalta.

Quizás ahí aparezca la explicación más completa de Francisco Quintana.

El hombre que empezó Derecho porque sus padres imaginaban para él un futuro de abogado; que terminó encontrando allí una vocación propia; que llegó muy joven a lugares donde tuvo que aprender rápido; que conoció a su mujer gracias a la institución que lo apasiona y que hoy lleva a sus hijas a la misma cancha a la que alguna vez iba con compañeros y curas jesuitas.

Una vida en la que se mezclaron el Derecho, la política, la Justicia, la fe y Boca.

Y si hay algo que parece unir mundos tan distintos es, precisamente, la palabra que Quintana utiliza para explicar por qué sigue involucrándose en aquello que le importa aun cuando no tenga ninguna obligación de hacerlo: pasión.

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